Córdoba en 1823. La reacción y el decenio: apuntes y recuerdos (Francisco de Borja Pavón)

De Cordobapedia
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Apuntes leidos por Francisco de Borja Pavón en la Academia cordobesa en las sesiones de 18 y 26 de agosto de 1871. Artículo inicial y segunda parte.


I

Recuerdos vagos e imágenes confusas, mas bien que documentos y datos seguros, percepciones infantiles, posteriormente ofuscadas, por el trascurso del tiempo, nos representan el periodo segundo del Gobierno constitucional de España, reinante desde 1820 a 1823. Todo anunciaba a principios de este último y memorable año la estruendosa abolición del sistema constitucional, que la mayoría del vecindario de Córdoba nunca aceptó con extraordinario cariño.

Los voluntarios Nacionales, cuyo batallón no pasó de setecientas plazas, ni sobresalió en disciplina e instrucción habían abusado por medio de sus fracciones más juveniles y ardientes, y de sus mas exaltados individuos, de la paciencia de gentes pacíficas o apegadas al régimen y costumbres antiguas. De continuo las molestaban con cantares nocturnos que más que exhalaciones de entusiasmo pueril salían de ciertos labios y llegaban a ciertos oídos en son de insulto. La época había sido fecunda en himnos patrióticos y musicales no, siempre inocentes y generosos, pues que a las invocaciones de Riego y de la libertad constitucional) a las invectivas contra Condes y Marqueses, y contra los rusos y el tiempo de Mari-castaña, se mezclaban zahiriendo y denostando a los absolutistas, y a su coronado Gefe, el fúnebre entierro de los serviles y el trágala irritante. Uniéronse, a veces a los meros acentos de regocijo y de fiebre política, denuestos y palizas en su número e importancia leve anuncio de las que habían de seguir en épocas posteriores, cambiadas las personas de actores y pacientes por dilatada serie de años.

Los opuestos a la nueva imposición de ideas y sentimientos no eran mas atentados y prudentes en su resistencia. Los adictos a la organización y usos de la antigua España por educación e interés, anhelaban y esperaban próxima una reacción sin .disimular su gozo y sus gestiones. Cansados estaban de pueriles alardes militares, de discursos, de periódicos, de sociedades secretas, de procesiones y banquetes cívicos, de insignias moradas y verdes en camisas y sombreros, de jactancias de masonismo y comunería, de papeles infamantes, de peroratas populares al aire libre o en tertulias patrióticas, de alardes de filosofismo descreído, de conventos amenazados o destruidos, de rentas eclesiásticas menoscabadas, y de tributos nuevos que abominaban hasta en su forma y en su nombre. No era uno solo el círculo o reunión social donde en contraste con las logias y los castillos, se saboreaban tales esperanzas, se maldecían los acontecimientos presentes y se aguardaban con ansia, preparándose, los futuros.

Súpose concurrían a éstas reuniones en tal cual edificio público o en hogares privados algunos militares resentidos por su postergación, eclesiásticos amenazados o heridos en su reposo y bienestar, y aun particulares que habían sufrido insultos, prisión en rehenes o destierros, en turbulencias anteriores. A influjo de ellos o por su propio instinto, no mostraban las clases inferiores del pueblo mayor adhesión al sistema constitucional, por mas que se recomendase y enseñaran en las escuelas, y en la cátedra de los templos cristianos Antes bien parecían acechar impacientes el momento de labrar y de festejar su ruina. Ya en dos de Abril de aquel año el ordinario pretesto de inquietudes populares, la carestía del pan, que llegó a venderse al precio no común, sino al más elevado de diez y ocho cuartos, había dado ocasión a un pequeño motín, apaciguado en breve por oportunas providencias gubernativas, que aseguraban el público abastecimiento, pero que como sorda marejada aparecía triste signo de más tremenda tempestad

Dos días después (el 4 de Abril) entraba en Córdoba el Monarca Fernando VII con la familia real bajo la custodia del General Copons, acompañado por una corta división militar al al mando de D. José Villacampa. A fuer de prisionero y a merced de sus enemigos, ni él demostraba grande alegría ni el pueblo a quien visitaba de paso por primera vez hacía ostentación de aquel regocijo y espansión ruidosa que en ocasiones tales había expresado a los padres o abuelos del mismo Rey. Alojado estuvo en el Palacio episcopal que evacuó al intento el Obispo don Pedro Antonio Trevilla, albergándose provisionalmente en el vecino Seminario. Las demostraciones y obsequios generales fueron escasos, si es que a las aclamaciones al Rey, no se agregaba el dictado de constitucional con una espresión y recalcamiento intencionado, o se declamaban, a su presencia, versos de sentido y significación demagógica. Alguna vez se vió al humillado Rey asomarse a uno de los balcones de la fachada del Norte, y contestar con espresivas inclinaciones a la muchedumbre apiñada a sus pies que deseaba verle con viva y curiosa espectación. También en la mañana de su partida lograron muchas personas besar su mano y la de su buena esposa la reina Doña Amalia de Sajonia, en la escalera del Palacio y al descender de su alojamiento. Hemos oído referir que en la noche precedente se vió al Rey acudir a un postigo del mismo Palacio en trage humilde y a guisa de disfraz, intentando, al parecer, evadirse. Pero ante la consigna del centinela, un Nacional que le atajó el paso, por estar de antemano prevenido, espresándole su deber con trémula voz, pero respetuosa entereza, no insistió el atribulado monarca [1]. A su entrada en Córdoba por la Puerta Nueva parece que no faltó quien hiciese llegar a sus oídos algunos de los dicterios insultantes con que se le motejaba a costa de las facciones pronunciadas de su rostro.

También hemos oído afirmar, que habiendo ido a visitar la Catedral acompañado de su hermano el Infante don Francisco de Paula, de uno de los Ministros, de los Generales Copons, Villacampa y de otras personas de la servidumbre, examinó en lo interior del templo sus más famosas singularidades, y entre ellas la peregrina y rica Custodia. Enseguida salió a ver el Patio de los Naranjos. Multitud de curiosos llenaba los terrados y balaustradas de la torre, en la cual se divisaban algunos Nacionales de Madrid: cuando un Muera ese Narizotas, pronunciado por una voz imprudente y sonora desde una de las más bajas azoteas hirió los oídos del escarnecido soberano, haciéndole retirarse al punto mohíno y silencioso.

Por los mismos días, nuestra población se vió visitada al paso por supremos funcionarios, Consejeros y Diputados a Cortes, entre quienes brillaban altas notabilidades del Estado, las Ciencias y las Letras, como parte de la regia comitiva, presta a deshacerse y a muchos de los cuales esperaban años de ostracismo, proscripciones y prolongadas desventuras. Los dos meses que siguieron, de verdadera agonía para el sistema constitucional, fueron de agitación violenta para el país; alentadas las esperanzas de los unos, y creciendo la temerosa inquietud de los otros con la espectativa de la catástrofe que se aproximaba.

II

En los primeros días de Junio era más inequívoco anuncio de la recia tormenta el hecho de resistirse el bajo pueblo a dedicarse a sus tareas agrícolas agrupadas de continuo en voluntaria huelga las gentes de tal laya y sin querer abandonar la ciudad. Llegó el día diez del referido mes y el tumulto estalló terrible y destructor, dando principio a un carnaval político, en que aclamándose los santos nombres de Religión y Rey, el desorden de la demagogia más desenfrenada llegó a mostrar cierta organización y aparente disciplina.

Por muchos días reinó la turbulencia y la venganza. Las inquietas turbas, tomando por guía al Coronel D. Antonio Salinas de Orellana, que desterrado en Córdoba, estaba indicado como uno de los más ardorosos caudillos de las reuniones clandestinas y de los descontentos, decoráronle con el título de Gobernador, y le llevaron a las Casas Capitulares donde se formó una Junta compuesta del mismo Salinas, del Obispo y algunos Veinticuatros y Regidores y Alcaldes constitucionales, que procedieron a reinstalar el Ayuntamiento de 1820 anterior a la jura del Código que a la sazón se desgarraba.

En la noche del lunes, nueve de junio, el prudente Gefe Político D. Luis del Aguila había promovido la instalación de esta junta para sostener el orden material, a la que asistió el Provisor y Curas Párrocos, temeroso aquél de que al salir los pocos nacionales que marchaban a Cádiz, estallase la insurrección. Por su parte, estos militares improvisados se preocupaban poco de tal pensamiento, y hubo de ellos quienes pasasen la misma noche cantando el trágala y sus canciones favoritas, como picante obsequio de despedida a los que quedaban y aun a otros que se disponían a escapar.

Conforme a la prescripción y uso, campeando enclavada en el testero de la fachada norte de la plaza mayor o Corredera, sobre el centro del gran balcón del edificio que fué Cárcel pública, la lápida en que estaba inscrito el letrero de Plaza de la Constitución: lápida que consistía en una gran tabla apaisada de mármol negro, cercada de rayos dorados; fué el primer impulso de la amotinada muchedumbre, arrancar y destruir aquel símbolo aborrecido que representaba un orden de cosas, en legislación y costumbres, que en aquel punto terminaba.

Se arrancó en efecto la simbólica losa que había sustituido en nuestros pueblos al árbol de la libertad consagrado en la nación vecina durante su agitación revolucionaria. La impaciente prisa con que se llevó a cabo la operación material estuvo a riesgo de ser funesta para sus ejecutores. Hombres furiosos, mujeres desalmadas, entre quienes es fama se mezclaron damas que blasonaban de costumbres devotas y de cuna distinguida, rapaces y gritadores, unieron en clamor de victoria y alborozo, sus baldones y maldiciones al acto de arrastrar, pisotear y escupir hecho pedazos, aquel signo material, cual cadáver inánime de la libertad difunta[2].

Mas en medio de aquella atronadora orgía, en la que, fuerza es confesarlo, tomaban parte sinceramente y con espontaneidad las masas populares, ahora por tan distintos sentimientos y principios conmovidas, no todos los actores se dieron por contentos con desahogos tan inocentes. Diseminadas las turbas emprendieron otro género de desmanes. Acudiendo en numeroso tropel a las casas del rico comerciante D. Benito Pariza, y a la inmediata de D. Ignacio Quintana, situadas en la plaza de las Cañas, próxima a la Mayor, fueron tomadas por asalto, escalados los balcones, forzadas las puertas, violentadas sus cajas y las gabetas de tiendas y escritorios, y despojadas en un momento las anaquelerías y estantes de numerosas piezas de telas variadas de lienzos y sedas, que a poco después se veían hasta en los barrios extremos, como legítima presa de guerra, bajo el brazo de rústicos patanes, y de iracundas harpías, que no mujeres, vanagloriándose de su triunfo y su botín.

Es de notar que los libros y apuntes fueron arrebatados con cierta elección; y que entre la despiadada plebe se encrudecían aquellos individuos que por haber recibido en la casa ropas y beneficios, a cuenta, tenían por más insoportable la deuda de su agradecimiento. Otras varias casas fueron acometidas, y si ya prevenidas para el saqueo no lo sufrieron sino en objetos de poca importancia, en su mayor parte, como prendas de uniforme de nacional, gorras y sombreros blancos, tenidos por insignias de fracmasones, y por tales quemadas en holocausto; no por eso dejaron de recibir tales casas muy rudos embates, y aun tiros y balazos por puertas y ventanas. Arreció el movimiento y furia de la plebe hacia el barrio de Santa Marina y sus confinantes.

Dirigiéndose ya a la persecución de las personas, fué uno de los primeros con quienes hubo de saciarse, D. Miguel de Luque, regidor que fuera en el trienio proscrito. Sus temores y recelos habíanle llevado a ocultarse en aquella Iglesia Parroquial. Allí fué donde buscándole con avidez curiosa la muchedumbre desenfrenada le encontró al fin acurrucado y oculto detrás del retablo del altar mayor. Sacósele de allí con la más espantosa vocería y frases amenazadoras, sin respeto al recinto consagrado, por parte de quienes victoreaban a la Religión.

Bajo la bóveda del antiguo templo llegó a resonar la explosión de las escopetas: y entre los vivas y los mueras de aquellos labios blasfemos, no bastando la voz, conturbada y trémula del respetable Párroco D. Miguel Cañuelo a imponer silencio, compostura y orden, tuvo que tomar en sus manos el depósito de la Santa forma y solo a la presencia del ultrajado Sacramento logró restablecer la calma y evacuar la profanada Iglesia.

Abatido y exánime salió el preso en poder de la turba, luchando ésta de continuo, por aporrearle y herirle, y apenas y con dificultad fué salvado por algunas personas respetables, a las que su posición y opiniones políticas aseguraban tal cual consideración, al continuar aquél su marcha a la cárcel, a donde los llamados negros empezaron a ser conducidos. La prisión de Luque abrió la senda de las numerosas que en aquel y los siguientes días se hicieron. Cogidos los atribulados liberales en los escondites más íntimos de sus casas, en zahurdas y desvanes, aun con el polvo y telarañas de sus antros oscuros, casi desnudos algunos de ellos, eran sacados a luz, cazados cual liebres por atraillado perros, y entregados a la ira y venganza, de las bárbaras cuadrillas.

Los infelices con el rostro pálido por el terror y la sangre helada en las venas, eran conducidos con aquella escolta de feroces campesinos, en la que se alzaban a veces brazos armados de palos y navajas sobre la cabeza o asestando al pecho de los perseguidos, a quienes en esta parodia que los en apariencia vengadores de la religión de Jesús, hacían de su inmortal padecimiento, apenas podían librar de sus tiros, fustibus et armis, las pocas personas que con su presencia respetable y su voz templada inculcaban la caridad y la moderación con el vencido.

El Reverendo Obispo D. Pedro Trevilla se vió en la necesidad de lanzarse a las calles a predicar mansedumbre y perdón. Los Curas Párrocos y no pocos Sacerdotes secundaron con fruto sus esfuerzos. Tal cual persona de distinción, como el Marqués de Villaseca D. Fernando Cabrera, acérrimo pero honrado realista, cooperaba al efecto mismo. No así algunas señoras de la alta clase nobiliaria a quienes la general creencia y la confesión misma de los amotinados señalaban como factoras de venganza y como repartidoras de su infame salario.

Ello es que los proletarios labriegos habían abandonado las hoces que demandaban las mieses del campo, y muchos menestrales las herramientas que pedía su ejercicio, para formar en las filas desordenadas de la vagamunda y grotesca milicia, a la que se dió el nombre de partid de la porra, como a sus reclutas el de porristas o porreros. Era una porra en efecto el arma favorita y como el pendón y emblema de aquellos restauradores. Simples y obedientes comparsas, los más, se veían también entre ellos, bandidos afamados en los montes y encrucijadas de los caminos públicos, cual el apodado Manta al hombro, ya sustraídos a la persecución de la ley e impunes, refugiados ahora a la ciudad por el aliciente del saqueo.

También personas de mayor cultura aparente, y hasta algún fraile se vió alternar con los armados grupos, ciñendo el sombrero con la blanca cinta, en que contrastando con la verde de otros tiempos y el lema de Constitución o muerte se leía ya: Por la Religión y el Rey, morir es ley.

El retrato del Monarca se paseó en triunfo por muchas calles, en cuya ocasión se oyó gritar a impúdicas mugeres: Viva Fernando y vamos robando, con estólida franqueza. Debían hacerse las prisiones sin auto previo, con extremada facilidad y por meras indicaciones de pertenecer las personas a la proscrita bandería.

La sombra de gobierno existente era inhábil y flaca para restablecer el orden en el caso de que, de veras lo quisiese o lo intentase. Para los tachados de amigos del sistema del gobierno abolido, o que fueron nacionales, para sus familias desdichadas, no había seguridad ni instante de reposo. Su hogar podía violarse a la hora menos pensada. Las del sueño eran de consternación y zozobra. Los gefes de las turbas penetraban en todas las casas, señaladas tal vez de antemano con una N fatídica, y escudriñaban los rincones revisando hasta los muebles más recónditos. Si la índole del pueblo no le hacía propender de continuo al exterminio y a la efusión de sangre, no por eso dejó de excitársele imitando a veces su encono y su dureza, o de cebarse, otras, en sus víctimas, el odio de los particulares. Tal fué el asesinato en la persona de Nicolás García, llamado el rubio hacia la Zapatería o calle de San Pablo, bajo los hábitos mismos de un Sacerdote (Fr. Juan Serrano, Mercenario) que luchó por ampararle. Fué acometido por cierto Javier de Burgos, cuyos pesares y muerte imprevista y trágica, años adelante, confirmó que la Justicia providencial corrije la impunidad que a veces aparece a salvo de las visicitudes humanas.

En los días primeros de la reacción que se va aquí refiriendo, cerca de mil personas tuvieron que sufrir la prisión por fuerza o de grado, puesto que muchas se anticipaban al deseo de las turbas, por esquivar tan cortés acompañamiento, yendo por sí solas a guarecerse bajo la custodia de las guardias en la Cárcel, el Hospicio o Regina, o la Calahorra o como por vulgar corrupción se dice Carrahola, que se habitaron al efecto.

Preferían el encierro y eventuales accidentes que lógicamente les amenazaban a la escolta y séquito de porristas y sicarios. Las turbas hacinaban a los presos en tales lugares. Salinas, que años adelante, se dió trazas para llegar a ser Subdelegado de Fomento con Isabel Segunda, este benigno Salinas los iba soltando por una onza, dos, o más o menos, según la suma que de cada uno podía obtener, para las urgencias del servicio. Se excitaba a las turbas que amagaron a invadir las prisiones y a ensangrentarse en las víctimas. Frecuentemente se les aterraba a las puertas con mueras y alaridos amenazadores.

Los realistas redoblaban las guardias entonces, y más moderados que los porreros, por quienes en son de injuria y por su templanza eran motejados de camaristas, venían a ser el único baluarte del orden. Una noche los presos del Hospicio se vieron tan asustados que desempedrando los patios se prepararon a la defensa con los guijarros del pavimento. «En Córdoba, ha escrito D. E. Chao en sus adiciones al P. Mariana, se añadió el escarnio del atropello, pues se complacieron en arrojar a muchos... (de los presos) en un pilón de agua, en medio de una inmensa gritería». Los nacionales de Madrid a su vuelta de Cádiz temían sobremanera pisar esta población y daban rodeos para evitarla [3]

III

En el mismo día diez de Junio, acercándose a Córdoba los franceses del ejército restaurador que mandaba el Duque de Angulema, salieron a cumplimentar al Gefe de la Vanguardia hasta la villa del Carpio en nombre del cuerpo municipal los Señores D. Juan de Dios Aguayo, D. Nicolás Barbero, y tal vez alguno más.[4]

La presencia del ejército francés apaciguó un tanto el desenfreno popular, por más que su estancia fuese rápida y transitoria: siendo cierto que muchos oficiales y soldados sirviendo a un Monarca y a un Gobierno más ilustrado, simpatizaban con los principios liberales que quizá pensaron en dirigir y templar más que en abolir del todo. Los tres meses primeros que siguieron a estos días de reacción, dieron muchas horas de amargura a los caídos. Escondidos siempre, el que no pudo ausentarse, vigiladas las casas a toda hora, sufriendo el más humillante espionage; para los que por fuerza tenían que salir a luz y presentarse en público, había seguridad de recibir malos tratamientos, insultos y escarnio, si los míseros negros[5] eran constreñidos a ello, u olvidados de la prudencia al buscar impacientes ventilación y ejercicio. Recurrían muchos en su reclusión forzada a industrias sedentarias, como la de hacer zapatos, que les servía de entretenimiento, y aun de recurso a los más indigentes.

Calles había, como la de la Zapatería, por donde era imposible a los tildados transitar, sin que el rumor y golpeo de martillos en las puertas, el guacheo y ultrajes lanzados a los proscritos o algunos proyectiles de peso material no les condenasen a una carrera de indecible sufrimiento y martirio. Por su parte el Gobernador Salinas imponía a otros exacciones sin cuento, no perdonando vejaciones y tropelías, siendo algunas docenas de pares de zapatos la forma y tipo favorito de sus tributos ordinarios. No solo perdieron sus destinos los empleados, sino que los menestrales y artesanos no encontraban trabajo ni protección.

Guardábase toda para los voluntarios, que a gran prisa se alistaban en la Milicia realista, cuya organización tomaron con empeño el Corregidor Alfaro, y los Gefes locales del partido. El Gobierno constitucional agonizaba hacia la Isla gaditana. Casi al mismo tiempo que las iras populares hacían en Córdoba su explosión primero, reventaba en Sevilla el Etna revolucionario, suspendiendo las cortes, y arrastrando prisionero al Monarca español al último confín de nuestra Península y de Europa. Siguiose una rápida campaña, en la cual cada uno de los fáciles triunfos del Príncipe y Generalísimo francés Luis Antonio de Artois, Duque de Angulema se festejaba en esta ciudad con repiques, iluminaciones, plebeyos cánticos de la pitita y el sereno, con mueras e imprecaciones y pedradas a las puertas de los negros, y con toda suerte de excesos demagógicos y tropelías que agravaban la situación de los oprimidos. La toma de los Callos del Trocadero, la del Castillo de Santi Petri, la libertad en fin del Rey Fernando VII correspondían en esta población a movimientos de la muchedumbre.

Así y con un Te-deum se celebró en Córdoba el 17 de septiembre la derrota y prisión del General Rafael del Riego. Desesperado éste, el tan aclamado héroe de las Cabezas, patrono autor e ídolo de la revolución de 1820, ciego y mal aconsejado, sin saber que partido tomar, marchó con alguna tropa de la división de Zayas, el 3 de Setiembre, desde Málaga, donde había cometido algunos desatinos y violencias. Yendo por entre Granada y Loja llegó el diez del citado mes a la villa de Priego, de esta provincia de Córdoba:

«Las tropas de Ballesteros, ha escrito el Marqués de Miraflores, tomaron posición y muy pronto se rompió el fuego de guerrillas. Acudió a ellas aquel General, cuando Riego haciendo cesar el fuego, y gritando Viva la Unión se dirigió a él con quien marchó al pueblo. Aquí le ofreció el mando de todas las fuerzas, estrechándole a obrar contra los franceses; mas no consintiéndolo Ballesteros sorprendió su guardia, y le puso preso en su propia casa. No tardó en cundir la noticia, y acercándose el General Balauzat con sus tropas, intimó a Riego dejase a aquél en libertad, y se retirase con las suyas. Así lo ejecutó éste...»

Siguiendo Riego su incierta dirección, batido, dispersas sus tropas, después de sufrir una sorpresa en Jódar, fué cogido en Arquillos, y llevado a la corte a sufrir horrendo suplicio. Doce días después, el 23 de Junio, llegada la noticia de la libertad del Monarca, la bulliciosa alegría del pueblo trocóse en una demostración tumultuaria, contra D. José Alfaro, Corregidor, a las voces de "muera Canuto y viva el Rey absoluto". Llamábanle así por alusión a lo flaco y tenue de su catadura, y pedían fuese reemplazado por D. Antonio Salinas, o algún otro.

El Marqués de Villaseca ayudado de realistas restableció la autoridad y calmó el motín. Los perseguidos atribuían muchas de estas excitaciones populares a la influencia de clérigos y frailes, y de Próceres y Señores del país, ardientemente hostiles a toda innovación política. Se atizaba en los púlpitos el fuego de la venganza y la discordia, y con las frecuentes procesiones y fiestas religiosas, se demostraba querer, no sólo desagraviar sino alistar en cierto modo en la grey triunfante, a los Caudillos célebres, objeto predilecto de la devoción común.

El 4 de Julio se llevó a San Pedro en Procesión General la imagen de San Rafael, y al siguiente día a la Catedral con el Arca de los Santos Mártires y Nuestra Señora de la Fuensanta, y permaneció allí por ocho días, durante los cuales se hicieron rogativas por la libertad del Rey. La imagen misma de San Rafael se llevó muchas noches en procesión, casi durante un mes, de templo en templo, y de unos a otros Conventos de Monjas, a guisa de Cautivo en redención; sacando en cada visita nuevas preseas de adornos y de flores. No hay que decir, como en tal algazara, con las devotas preces se mezclaban vítores políticos a los poderes triunfantes, e imprecaciones sangrientas contra los caídos, con profusión de campaneos y luminarias.[6]

Entre los varios eclesiásticos que en sus ardorosos sermones sostenían la actitud de intolerancia y malevolencia con respecto a los constitucionales, hay que nombrar a Fr. Luis de San José, (Molina de apellido) Trinitario descalzo, a quien el vulgo llamaba el Padre bonito, y el Corística de los Padres de Gracia; y que arrebataba, como ninguno a la sazón, al pueblo, inflamando su aversión contra los reformadores. Aun por muchos meses se prolongó esta sobreexcitación, procedente del púlpito. Hizo gran ruido, el día de Santiago de 1824, un sermón de D. Fernando Gerónimo Hermoso, Prior de la Vereda, que había militado en las bandas de Cataluña, en favor del absolutismo; menguado de estatura, ridículo, destemplado, energúmeno, de voz atiplada y gritadora, encausado después por incontinencia, fué ocasión de escándalo y dió pie a las burletas satíricas de cierto valiente y desenfadado poeta. El mencionado Prior exageró los agravios pasados, se esforzó en enardecer los ánimos, tronó contra los clérigos y religiosos que habían perorado en la tertulia patriótica, que era lo mismo que señalarles con el dedo, por ser tan contados: aludió a Obispos existentes, jausinistas, y así como en otra ocasión imitó, en un símil oratorio, el ladrido de los perros con perfecta onomatopeya, haciendo el guá gua; coronó sus esfuerzos, esta vez, estampando el sudor de su frente en el poste inmediato, a la cátedra evangélica, por testigo en el tribunal de Dios: cosa que solo a un sucio y dementado fanático de esta especie pudo ocurrir jamás.

IV

Con dotes innegables de doctrina y talento, D. Manuel Giménez Hoyo, Diputado de las Cortes de Cádiz, sostenedor de lo antiguo, defensor acérrimo de diezmos e inmunidades eclesiásticas, firme, lógico y tenaz hablando y escribiendo para sostener sus ideas, fué el encargado en el sermón predicado en la Catedral en 3 de Noviembre de 1823 en función de Gracias y desagravios por la Restauración del Rey. En este Discurso que se imprimió, propúsose, aquel eclesiástico, respetable por su carácter, ciencia y costumbres, resumir la reseña de los males contra la Religión, el Estado y el trono, y contra la sociedad, de que inculpaba a la Constitución y a sus partidarios.

«Sus hijos más amados, decía, sus defensores más acérrimos y los más entusiastas proclamadores de sus bondades, eran por lo común hombres sin Religión y sin piedad, hombres sin creencia y sin costumbres; y que acaso bastaba ser liberal, para pertenecer a alguna de esas sectas fanáticas, enemigas de Dios y de sus altares».

Más adelante continuaba:

«Un pueblo engreído en los derechos imprescriptibles de su soberanía para darse o quitarse a su arbitrio la forma de gobierno que se le antoje: un pueblo que se cree independiente y libre para resistir a la autoridad pública, cuando no manda según la expresión de su voluntad: y un pueblo orgulloso que aspira siempre a mandar, y que jamás se acomoda con el yugo que le sujeta, no es más que una selva de indomables tigres, dispuestos siempre a acometerse, que se disputan con ferocidad la presa que han cogido, y que no reconocen otra ley ni otro derecho que el del más fuerte. Sin embargo, este es el pueblo que inventó la filosofía, y este ha sido el pueblo que nos ha formado la Constitución...Esa soberanía popular, esa libertad civil, esa igualdad de derechos, y esa multitud de máximas de independencia y vanidad que ha canonizado ese Código indefinible, anunciadas a la ambición y orgullo natural del hombre no han podido tener otro resultado».

Aludía a los desastres e infortunios pasados. Después aconsejando respeto a un Monarca, «cuya autoridad viene de Dios y no está apoyada en esas teorías o farándulas constitucionales»; aconsejaba la afección decidida a un Rey,

«a un señor, a un padre, que solo aspira a nuestra felicidad. Podrá, si, errar como hombre, podrá no corresponder por la humana fragilidad a los deseos de los pueblos, pero esta es desgracia inseparable de todos los gobiernos de los hombres, y que a nadie autoriza para atropellar la magestad del trono; ni para faltarle al amor, al respeto y a la sumisión que le es debida: Regem honorificate».

Al epilogar su oración, dijo:

«Debemos por último arrancar de raíz, las semillas impuras de esa libertad licenciosa, con que se quiere pensar y hablar de todo a título de ilustración, mejor diré, de pedantería: reprimiendo la inconsideración de la juventud, rectificando las escuelas de instrucción pública, corrigiendo los abusos o resabios de nuestros domésticos o hijos, y sofocando con mano fuerte ese germen de inquietud, y de novelería que nos ha inoculado la Constitución».

Con entonación distinta y usando de más terso y elegante estilo el Maestro dominico Fr. Juan de Dios Pastor predicó el sermón de la bendición de banderas del segundo batallón y escuadrón de Realistas cordobeses que tuvo lugar en la Iglesia extramuros del Carmen Calzado el Domingo 17 de Octubre de 1824. Con no menor convicción y aliento formó el proceso al Gobierno precedente y puso de realce a sus amigos, trazando un cuadro horrible de la revolución y de la impiedad. Entrando en consideraciones históricas dedujo el espíritu de anarquía, de la descomposición del Imperio romano, del protestantismo de Lutero, y de la sanción de ciertos principios en los tratados de Westfalia. Los Príncipes, dijo:

«Consagraron por la primera vez el dogma ateo de la soberanía religiosa' y política del hombre, y con ella el principio de todas las revoluciones y el germen de todas las desgracias que afligen a la Sociedad... Se fomentaron esas sociedades secretas, tan temibles por sus misterios, como execrables por sus principios; medio el más poderoso para trastornar imperios, y pensamiento el más profundo del genio de la destrucción».

Habló de su introducción en los Gabinetes, Consejos y Tribunales: hizo triste mención de Rousseau, Baile y Voltaire.

«Igualdad y libertad: proseguía; palabras seductoras y alhagiierias, que desde las cavernas masónicas resonaban por todos los ángulos del mundo, eran la disolución del orden político: igualdad es la abolición de todo poder; libertad de la estinción de toda virtud... en las costumbres públicas se introducía una especie de anarquía moral, que preparaba la política, y los filósofos que se habían colocado en rededor de los tronos los tenían minados para hundirlos...»

Discurriendo sobre la Revolución francesa, dijo que sus escenas de horror sirvieron a los revolucionarios de la España, que trabajaban en silencio, para dirigir sus planes y acelerar su obra; porque es constante que el ateo, destruyendo al hombre moral, se queda sin sentimientos y se trasforma en un monstruo a quien le complacen las desgracias. A la democracia española aludió en estos términos:

«El océano en sus grandes conmociones arroja a la superficie la inmundicia que ocultaba en su fondo, y los sacudimientos políticos sacan de su centro las heces más impuras de la sociedad, para que figuren entre la turbación y el desorden...»
«Sí; entonces visteis abandonadas las leyes de nuestros padres, fruto de la experiencia y sabiduría de los siglos, para substituirles la legislación de las pasiones y las teorías de la muerte: visteis abolido el culto sagrado del poder que Tertuliano con su lenguaje enérgico llama la Religión de la segunda magestad, para sucederle ese espíritu de aborrecimiento, cuyo fin es la destrucción; visteis al pudor fugitivo, la virtud acobardada, y la fidelidad oculta; en el ínterin que la inmoralidad se pasea en triunfo, los vicios brotan, la licencia se aplaude, y el crimen se recompensa: visteis el hacha revolucionaria con imprevisión brutal y actividad sangrienta destruir las distinciones sociales, que son los grandes músculos del cuerpo político, y dirigir sus golpes lo mismo al soberbio alcázar de los Reyes que a la humilde choza del aldeano pacífico».

Avanzando en esta negra descripción, añadía:

«Finalmente hemos visto con asombro difundirse por la España desde la mitad del siglo pasado las doctrinas más subversivas del altar y el trono; las más depresivas de la tiara y la diadema, y formar un conjunto estremecedor semejantes a esas aguas estancadas, que dejan un fango pútrido en el terreno que las recibe, de donde se exhala un olor de muerte; pues de este modo corrompido el espíritu de la nación por el veneno de las nuevas doctrinas, ha producido ese disgusto soberbio de todo lo que es, para no ver si no lo que debe ser; ese olvido funesto de las ciencias morales y la preferencia que se concede a la Historia natural y ciencias físicas, síntoma desconsolador en un siglo que pretende establecer el culto de los sentidos: ese vil egoísmo: esos gritos hipócritas de reforma; esa indiferencia estúpida, y ese espíritu tristemente razonador', que juzgándolo todo, lo descompone».

Júzguese el efecto que estos juicios emanados de la autoridad sacerdotal y literaria, con el prestigio del razonamiento y de la elocuencia producirían en la prevenida muchedumbre, sin contradicción de tribuna ni de prensa que limitase lo absoluto de las opiniones, que midiese la justicia de su aplicación, o buscase su contraste en el extremo peligroso y funesto de las contrarias. Y aún parecía poco, todo, al bando dominante para afianzar su reposo y su imperio. Planteada la democrática institución de la Milicia realista, aquel sobrepujo al caído en la poca escrupulosidad con que se apresuró a entregar las armas, y con ellas la seguridad y sosiego de los ciudadanos y familias más respetables, a los hombres más abyectos y groseros, a quienes difícilmente contenían en ocasiones críticas los de mejores circunstancias, condición y espíritu, en los cuales los primeros reflejaban, de por fuerza, la ignominia de su conducta.

Por entonces dió esto ocasión, a una pluma festiva, ya anteriormente aludida, para echar en cara a las huestes demagógicas, servidoras de un Rey absoluto, la ridiculez de su constitución original. La manifestación, que ya se indicó haberse hecho contra el Corregidor D. José Alfaro, en cuyo lugar deseaban se pusiese el Conde de Villanueva Marques de Villaseca, D. Federico Bernuy o el Conde viudo de Gubia; terminó con que aquél dimitiese el cargo pretestando falta de salud, sustituyéndole provisionalmente el Alcalde Mayor primero, D. Rafael Alcalde. Restablecido Fernando VII en su libertad y en la plenitud de su poder, lo que se supo por un correo extraordinario en dos de Octubre, al regresar después a la Corte en triunfal marcha, y recogiendo ovaciones por todas partes, no había de ser Córdoba, realista como pocas poblaciones, la que menos se esmerase en deponer a sus plantas las ofrendas de su lealtad y amor.

Tradujéronse en obsequios esplendentes, de los que, a no ir unidos al triunfo de un partido animado por rencorosa saña, y al sufrimiento de otro apasionado, que espiaba duramente sus errores; quedaran recuerdos gratos e imperecederos, como de una solemnidad de las más populares. Después de la celebración del Te-Deum, el mismo día 3 por la libertad del Rey, se repitió otra función de gracias por igual suceso el día 15, con asistencia de una Comisión del Ayuntamiento de Granada. El de nuestra Capital recibió el Último citado día al Duque de Angulema y fué a saludar también en su hospedaje casa del M. de Villaseca, al Príncipe de Carignan, heredero del trono de Saboya, y cuyo nieto, en nombre de opuestos principios ocupa hoy el de España.

Artículo original citado por Pavón

Con fecha 25 de Octubre se remitía a la «Gaceta de Madrid» la noticia de la llegada de la comitiva regia, en los términos siguientes:

«A las cinco y media de esta tarde han entrado en esta ciudad los Reyes nuestros señores, y los señores Infantes, después de haber recibido en La Carlota como en todas partes, los testimonios del más acendrado amor y lealtad de aquellos honrados colonos y de los muchos forasteros que habían acudido a participar de esta dicha. A media legua de Córdoba se empezaba a encontrar un inmenso gentío, que llegaba hasta la ciudad, ocupando el camino real y los campos vecinos, sin poder sin embargo moverse, de modo que a pesar de su voluntad no podían hacer paso a los carruajes, que por esta razón han tardado mucho tiempo en llegar a la población. Cubrían la carrera tropas francesas y españolas, y voluntarios realistas ricamente vestidos, no sólo los de Córdoba, sino los de otros pueblos vecinos.
Al arribo de las reales personas entraron los Reyes nuestros señores, en un magnífico carro triunfal, tirado por los voluntarios realistas [7], quienes los condujeron a su real alojamiento que era el palacio episcopal. Allí lo esperaban los Excelentísimos Señores primer Secretario de Estado, Embajador de Su Majestad Crístianísima y Capitán General de Castilla la Nueva y otras muchas personas de la primera distinción. El Ayuntamiento les había ya presentado las llaves de la ciudad a su entrada con los homenages de su lealtad. Es imposible explicar el gozo y el enagenamiento de este pueblo a la vista de sus Reyes y de la Real Familia: casi no concluían una aclamación por empezar otra, dejando ver que la imaginación corría más que la lengua».

Al siguiente día 26 decían:

«Anoche estuvo la ciudad graciosamente iluminada y continúa esta noche. Por la mañana asistieron los Reyes nuestros Señores y los Señores Infantes al solemne Te-Deum que se cantó en la solemne Iglesia Catedral con la magnificencia, aparato y devoción que es propio de tan respetable Cuerpo. En seguida tuvieron SS. MM. y AA. besamanos que ha sido numerosísimo y lucido; y después desfilaron las tropas francesas, españolas y los voluntarios realistas delante de las augustas personas. Esta tarde ha asistido el Rey con todos los Señores Infantes a la corrida de toros que en su obsequio ha dispuesto la ciudad. Son muchas las diputaciones de Ayuntamientos, tribunales y Cabildos eclesiásticos y otros cuerpos d e diferentes pueblos, que continuamente se presentan a tributar a Su Majestad los homenages de su profundo respeto y constante lealtad».

En esta misma Gaceta, al lado de esta reseña de parabienes y alborozo se daba cuenta del dictamen fiscal recaído en la causa de D. Rafael del Riego, vista en la sala segunda de Alcaldes de la Real casa y Corte, en la que el abogado de la ley le reputaba acreedor, por cualquiera de sus crímenes, a la pena más terrible, y juzgándole solo por el atentado de haber votado la traslación del Rey a Cádiz, y de despojarle violentamente de su autoridad, pedía pena del último suplicio, confiscación de bienes, y que aquel se ejecutase en el de horca, con la cualidad de desmembrar el cadáver, colocar su cabeza en el pueblo de las Cabezas de San Juan, donde dió el primer grito de sedición: un cuarto en la ciudad de Sevilla, otro en la Isla de León, otro en la ciudad de Málaga y el restante en la corte: principales puntos en que excitó la rebelión.[8]

V

De las demostraciones de júbilo con que se festejó en Córdoba el regreso del Monarca libre, a la vez que políticamente dejaba de serio la nación española, nos parecen dignos de recogerse algunos datos, interesantes a nuestra historia local. El cuatro de Octubre salió una Diputación del Cabildo Eclesiástico, otra del Ayuntamiento y dos de la Milicia Realista de Infantería y Caballería, las cuales dirigiéndose a los Puertos, iban con el objeto de presentar sus homenages a las personas augustas donde las encontrasen. La parte restante del Municipio diose desde luego a preparar a los Reyes el más obsequioso recibimiento, que el vecindario secundó con general solicitud aunque a impulso de causas diversas.

Las diputaciones del Cabildo civil y eclesiástico con una compañía de la Milicia realista se dirigieron a La Carlota, y llegados los Monarcas el día 25 a aquel punto, vinieron los mismos realistas acompañando al regio carruage, en medio de la inmensa muchedumbre que poblaba el camino. A un cuarto de legua de Córdoba salió el Ayuntamiento con magníficos trenes para ofrecer a los Reyes las llaves simbólicas de la población. Hablase preparado una vistosa carroza triunfal, color de amaranto y filete de oro, en que el terciopelo, el raso, galones y fluegues, flores de lis y piedras, lazos y flores, se habían procurado reunir en graciosa combinación.

En ella entraron los viajeros augustos, y treinta y dos realistas con cordones de seda y bandas galoneadas de plata se disputaron la honra de tirar del carruaje, gracia que de antemano distribuyó la suerte[9]

Entonces y después no faltó fundamento al mimen satírico para ridiculizar la forma de este exajerado homenaje, que tal vez excede en servilismo, al de los humildes vasallos y adictos a los sátrapas de oriente, paseados en andas, y llevados sobre sus hombros entre perfumes, conciertos musicales y deslumbrante aparato. La jovialidad de alguno de los interesados, tan característica del país, no dejó de blasonar, en son de zumba, de esta honra suprema de haber sido como acémilas de S. M. y animadas potencias de arrastre y tiro, si bien este tributo de obsequio no fué tan exclusivo y peculiar de Córdoba que no se repitiese en otras poblaciones.

En la nuestra se distinguieron por entonces los agraciados con llevar sobre el unifornie, unos prolongados cordones blancos, signo, sin duda, de un candor afectuoso, y el Ayuntamiento recibió en 3 de Febrero de 1824 una Real Orden, firmada el 25 del mes anterior por el Duque del Infantado, eximiendo del pago por el uso de la Flor de Lis a 37 voluntarios Realistas a quienes había condecorado el Duque de Angulema, a su regreso de Cádiz por sus especiales servicios. Continuando la narración del recibimento, diremos que la tropa en dos bandas, a un lado la francesa de infantería y caballería, y a otro la española en que figuraban los Guardias de este nombre, los provinciales de Córdoba y Bujalance, Realistas de la Capital y su provincia, Carabineros y otros cuerpos cubrían todo el camino.

Ostentaba el puente del Guadalquivir multitud de gallardetes blancos y rojos. La torre de la Carrahola su frente vestida de arcos de murta y flores, y en la entrada columnatas dóricas y estrados para orquestas marciales, así como a la grandiosa Puerta del mismo nombre la exornaban otros dos arcos soberbios de orden toscano. Entre aclamaciones ruidosas y seriales de tierno regocijo entraron los Reyes en el Palacio episcopal, preparado para su aposentamiento, y colgado y adornado todo con los muebles más preciosos, que pudieran recojerse, como ricos lechos, pianos y tocadores de plata. Los Reyes se asomaron a uno de los balcones, inmediatamente, presenciaron el desfile de las tropas, y saludaron al inmenso gentío, que desde entonces no faltó en la plaza, durante las cuatro noches y tres días que residió en Córdoba la corte.

Ya se indicó haber asistido a las once del Domingo 26 al Te Deum cantado en la Catedral por su distinguida capilla de Música. Al regreso de las Personas Reales presenciaron nuevamente el desfile de las tropas, y recibieron, en besamanos general, a todas las autoridades, corporaciones y personas distinguidas.

Por la tarde, asistieron a la primera de tres corridas de toros que había dispuesto el Ayuntamiento en la Plaza de la Corredera. El balcón de la fachada principal se había decorado al efecto, con damascos y fluegues de oro, haciéndose los convenientes compartimientos, dándosele entrada y subida independiente por medio de una rampa suave, y entregándoseles a los altos huéspedes los programas de la función en paños de raso blanco y rojo.

Concluida la corrida de noche se iluminaron instantáneamente con cera los cuatrocientos cincuenta y seis balcones de la Plaza. Después, sirvióse a los Reyes un refresco de dulces y helados con lujoso servicio de argentería, y un ramillete de jaspes, bronces y flores de Italia.

Ocurrió en las fiestas de toros algún incidente que merece anotarse, y que si bien omitido en documentos y narraciones, lo hemos recogido de la tradición oral y de algunos de los Realistas, testigos y actores en aquellas escenas. La plaza se había dispuesto de manera, que un gran trecho de andamiada, en el lado de las ventanas de Doña Jacinta, se destinó a los voluntarios realistas, y otro en el costado del frente a los franceses de la guarnición.

En el primer día, entraban ellos, y queriendo ocupar más sitio, con la orgullosa petulancia de soldados triunfantes, empezaron a echar a empellones a los Realistas, con modales altivos y arrogancia insolente. Ofendidos los últimos, en el día de la segunda corrida, especialmente los granaderos que con los cazadores eran los únicamente uniformados, a la sazón, hubieron de devolver rudamente el agravio.

Hacían, en una gran sección, el servicio que, en ocasiones, tocaba a los alabarderos, de esperar formados, y apretadas las armas al toro, delante de los balcones de la familia real. El lado de las ventanas de Doña facilita, en los tendidos, se destinó esta tarde a la guarnición francesa, desarmada, fuera de un cuerpo de honor que asistía al improvisado Circo. Los curiosos llevaban únicamente machete. Bien pronto, varios realistas, deseosos de vengar el ultraje anterior, o porque éste se reprodujo, trabáronse en lucha personal con los invasores extranjeros. Siete de éstos murieron, y dos salieron heridos en breves instantes. (Se dijo ser un tal Tejera, muy afamado por aquellos días, uno de los principales actores de la venganza). Los cadáveres que cayeron junto a la valla, eran quitados de en medio, y recogidos e introducidos por las guaridas. La consternación fué grande y universal, despoblándose momentáneamente una gran parte de la plaza.

Aun pudo haberse enrojecido el Circo con más sangre humana, si la disciplina militar en la sección francesa, puesta sobre las armas no prevaleciese. Esta estuvo impasible. Calmado el motín, los tránsfugas volvieron y el festejo continuó. Por la noche murieron diseminados y al filo de las navajas en las calles muchos otros franceses. Tal odio concibieron éstos por los Realistas, que 'donde quiera que veían a alguno le abofeteaban y escupían, desdeñándose de medir sus armas con ellos. Por lo demás, la ocasión, la concurrencia y el aparato contribuyeron notablemente a la brillantez de aquellas fiestas tauromáquícas.

En las evoluciones previas y marciales del despeje, circunstancia indefectible entonces en tal espectáculo, y que contribuía a sorprender y recocíjar al concurso, se hicieron en esta ocasión algunas, apareciendo como resultado del movimiento de tropas la inscripción de Viva el Rey absoluto, que por do quiera, se destacaba en los adornos y luminarias.

También hubo la particularidad de presentarse ocho toros negros para ser picados por lidiadores con caballos blancos, y sobre ello se hizo notar al Rey en una décima trivialísima, con intención más política que piadosa, el triunfo preparado sobre cuanto se teñía de la oscura tinta, vilipendiada tanto por los azares de la fortuna. La salida de la guarnición francesa hubo de apresurarse el 28 y no quedó ni una mínima parte, como con los rezagos había sucedido en otras poblaciones, faltando también un medio con que templar la furiosa reacción desencadenada contra el sistema de gobierno caído y contra sus sostenedores.

VI

En las mañanas del 27 y 28 los Infantes e Infantas fueron a visitar a la congregación de Ermitaños de Belén, en las cumbres de nuestra Sierra, volviendo inscritos en la Hermandad y santamente provistos de pequeñas cruces y rosarios. En la tarde del 28 se suspendió la corrida de toros que debía ser la tercera.

Los Reyes visitaron a la colegiata de San Hipólito y al templo de San Rafael. La presencia y aclamaciones a la religión y al absolutismo puro sobreexcitaban, en todas partes, el clamor jubiloso del pueblo, y su rumor resonaba como una tempestad bramadora, a los oídos de los pobres proscritos que los recibían desde el fondo de sus desvanes como decretos de venganza y muerte. En la noche del 27 hubo fuegos artificiales de los más vistosos, prolongados y ricos que se han visto en esta población resaltando siempre en las combinaciones de luz y en las flores y pirámides de llamas aéreas el lema del absolutismo restaurado.

La ciudad ostentó en aquellas noches iluminaciones vistosísimas, cuya claridad diurna se echaba de ver y gozábase tanto mas, cuanto que la población no tenía aún por entonces alumbrado público, establecido algunos años más tarde, y no antes de 1831.

En éste como en los demás obsequios habían tomado parte a porfía gremios, corporaciones y particulares, unos por el júbilo espontáneo que bullía en sus almas, otros por el tensor de parecer tibios ante la excitación oficial y el ejemplo de la lealtad oficiosa. Se distinguieron en estas iluminaciones el Cabildo de la Santa Iglesia, empavesando y convirtiendo en gigantesca pirámide de lumbre brilladora su empinada torre y con más de tres mil luces las almenas del muro que rodea el morisco templo, y exornando con fachadas arquitectónicas el balconaje del lado oriental exterior, donde estamparon una inscripción latina gratulatoria, así como alzaron tablados para músicas en el lado frontero al Palacio Obispal.

Las Casas consistoriales, colgadas y espléndidamente iluminadas de cera, y con arañas de cristal, doseles y estatuas, tenían trasparentes en que se victoreaba a los Reyes, y a los de Francia y al Duque de Angulema. Semejantes vítores lucían en cuadros de perspectiva entre las torres del antiguo Alcázar, en el Campo Santo o Campillo, donde al frente de la Galería del jardín de Palacio se elevó otro magnífico templete.

Las fuentes de San Salvador, San Pedro y el Potro se adornaron con suntuosas decoraciones. El balconaje de la plaza se iluminó de cera, y en la Librería se erigió un bello Arco Triunfal. La fuente de la calle de la Feria, el doble Arco de la Cruz del rastro; la Puerta Nueva, los Soportales de la Plaza se habían cubierto y adornado con perspectivas de Caroca, martas y follaje.: Hácironse notar también por sus iluminaciones los Conventos y Parroquias, la Administración de Correos, el Seminario .de San Pelagio y las Casas de la Marquesa de Benamejí, de los Marqueses de Villaverde, Guadalcázar, Lendínez, Quintana, Visconde de las Torres, Conde de Hornachuelos, Marqués y Marquesa Viuda de Villaseca, Condesa Viuda de la Jarosa y de Torres-Cabrera: y las de D. Rafael Armenta, D. Salustiano Trevilla, los Señores Vázquez. comerciantes, D. José Aguirre, Contador de rentas y otras muchas más.

Las Musas ramplonas inspiradas en el realismo de la situación no yacieron en blando ocio, y bañadas en cierto perfume ascético, si bien no al estilo de los Leones y Rebolledos, y denunciando su procedencia de centros poco literarios, tomaron parte en el alborozo. Por todas partes se leían versos capaces de ahuyentar las sombras de Mena y Góngora: inscripciones prosaicas, octavas rastreras, espinelas triviales en que corrían parejas lo innoble de la frase, la idea y el sentimiento.

Algunos fueron recitados, y después impresos para baldón del arte de Guttenberg por un exaltado organista, que picaba en poeta, y al cabo murió como furioso orate en el Manicomio del Hospital de Córdoba. Algunas muestras de estas inscripciones pueden dar idea del espíritu que las inspirara. En el Arco triunfal de la Librería, se leían varias quintillas, y era la cuarta de ellas:

El cielo os haga dichosos
Dulces Infantes e Infantas,
y por siglos venturosos
os veamos virtuosos,
y después santos y santas.

Una ilustre viuda, afamada por entonces, a quien un genio chusco glosó cierta inscripción ridícula, terminaba ésta de circunstancias:

No más libertad,
no más Impiedad
ni irreligión
ni Cámaras,
sino Rey absoluto e Inquisición

En otra parte se leía:

y viva la eterna ley que dispone a un tiempo mismo que baje Riego al abismo y suba a su solio el Rey.

Otro ferviente apasionado del Tribunal de la Fe había escrito

Viva nuestra Religión
viva nuestro Rey Fernando
viva nuestra amable Reina,
y la Inquisición obrando.

Estas citas bastan a indicar la fecundidad poética de la restauración en nuestro suelo. Los curiosos podrán recojer datos más minuciosos en la Descripción de los festejos publicada en este año memorable de 1823. Algunas obras de caridad se unieron a estas expansiones del gozo popular, en que se trató de borrar en el Monarca la triste y amarga impresión que la ciudad de Córdoba debió de hacer en su ánimo, cuando pasó cautivo en compañía del Gobierno constitucional hacia los Puertos. El Cabildo Eclesiástico y el Prelado Diocesano hicieron al Rey un donativo en dinero, que hemos entendido no bajó de un millón de reales[10]

Una Diputación civil y eclesiástica, y la milicia realista de Caballería dejaron a los Monarcas en Villa del Río, límite de la provincia, despidiéndole con las más humildes protestas de fiel adhesión.

VII

Manifiesto del Corregidor Alfaro (1823)


Desvanecidas las impresiones de la alegre agitación que en breve intervalo habían dejado tregua, o l'emitido un tanto la persecución de los condicionales, encendíase ésta de nuevo, inflamados los fanáticos odios al soplo de la intolerancia y el encono, y con el pretexto y ocasión de los sucesos más leves o de absurdas invenciones.

En los consejos áulicos y dentro y fuera de las regiones oficiales luchaban las dos tendencias de templanza y exageración que suelen dividir a los partidos políticos después que se apoderan del mando. A costa de su popularidad había merecido la nota de tibio o moderado realista 'el Coronel retirado y Corregidor de la ciudad Don José Alfaro.

A pesar de sus compromisos y encarecidos padecimientos anteriores por la causa del Rey, hubo de reputarsele blando y benigno en el ejercicio de su autoridad gubernativa y judicial, pues que no la doblegaba al gusto y capricho de la fraccción exterminadora. Recibiendo ataques en su personalidad, en muestra del enojo de las masas, tuvo que escribir y publicó en 13 de Octubre de aquel ario, un Manifiesto vindicando su conducta, del que se desprenden los notables párrafos siguientes:

«Bien sabeis, escribía, que la multitud de presos que había en las Cárceles y depósitos a mi entrada en Córdoba, y los muchos otros que un celo poco circunspecto condujo a la prisión, y con quien me ví a veces precisado a condescender, excitó la atención del Gobierno y de la Chancillería del territorio, y provocó las órdenes más terminantes del Serenísimo Señor Duque de Angulema, y de la Regencia del reino sobre su libertad. Con todo fiel intérprete de sus intenciones en crisis tan arriesgada, no procedí a su soltura, sin la calificación, conocimiento y examen, que eran propios de un Juez, que jamás debe atropellar el orden de la justicia»
«Abrí las causas, promoví expedientes, y dí a mis procedimientos el giro legal que las circunstancias exigían. Examiné testigos, tomé informes de algunos Señores Curas Párrocos y Alcaldes de barrio, oyendo al Promotor Fiscal y a otras personas de conocimientos, y a los que no resultaron reos de algún crimen, marcado por la ley, y solo estaban detenidos arbitrariamente, y por opiniones, los puse en libertad...»

Lo que sobre todo preocupaba a la facción más sañuda y acalorada en el partido realista, es el temor de que alguna sombra de instituciones o representación nacional, aunque fuese como la constitución bayonesa, no ya como el Estatuto de años posteriores, viniese a templar y cohibir el ejercicio de la potestad regia, realizando un tanto las esperanzas del Real Decreto de 30 de Setiembre. Como demanda y presagio de tal sistema, la junta de Córdoba había dicho en una proclama del mes de junio, fechada el diez:

«iSí, cordobeses! El principal deseo de S. M. será asegurar nuestra felicidad interior, luego que se lo permitan las circunstancias. No está muy distante el momento en que oiremos otra vez los nombres de nuestras antiguas cortes, que siempre han sido el baluarte de la libertad pública y de los fueros de la nación
Estos nombres deben anunciar a la España la base indestructible de la Monarquía, y el apoyo más firme de los derechos de Fernando VII y de su familia. Seremos gobernados por unas leyes verdaderas, que llevarán consigo el carácter grande del consentimiento público y de la utilidad de todos. S. M. las había ofrecido en 1814. Su real promesa se hubiera verificado, si lo hubiesen permitido las circunstancias»[11]

Sea, cual fuese, la autenticidad y circulación de este escrito, parece inspiración de la víspera del día en que se abolió aquí el sistema, y sujestión del elemento liberal, si desengañado y tímido, que iba a constituir en mínima parte un régimen provisional y transitorio. Diez días después, y con fecha 20 de Julio se publicaba en esta Capital una exposición a la Regencia del reino, y como de la Junta de Córdoba y su provincia llevaba las firmas de Antonio Salinas, Presidente; José Gregorio Aragón, Vicepresidente; El Brigadier Antonio Repiso, Antonio Sánchez del Villar, Francisco Tomás de Jumilla, José Martínez Castejón, José de Austria, José Vázquez de Valbuena, y Román de Santisteban, Vocal Secretario. Todos o los más de estos sujetos se suponían pertenecer a la fracción realista, más acalorada, llamada apostólica; y la tirantez intransigente de sus opiniones se descubre en el siguiente párrafo, el más caracterizado de aquel documento:

«La experiencia de tres arios de teorías, desgracias e infortunios nos enserian que debemos despreciar sistemas que no tienen otra solidez que las primeras, y que por esta razón habremos de odiar el establecimiento de Cámaras, que es el objeto de un partido: este sistema reune todos los inconvenientes de la Constitución de Cádiz, porque según él deben concederse al pueblo unos derechos de que aun no es susceptible en el día, ni lo será en algunos arios, ni mientras no se sosiegue la pasada borrasca; y de llevarse a efecto resultaría inmediatamente un gran choque consigo mismo: debería reunirse dos clases a quienes separan sus muchos intereses: y como éstos siempre dirigirían al hombre, como en la época anterior, es evidente el resultado siempre funesto a la Nación».

Como obedientes a una superior consigna abundaban en el mismo sentido otras exposiciones de cuerpos y autoridades importantes. En una, fechada en 13 de Julio, decía el Prior y Cabildo de San Hipólito, después de repetir cargos y desmanes del Gobierno abolido:

«Ha llegado a entender solicitan algunos modificar la Monarquía, y que suceda a la Constitución un Gobierno representativo, compuesto de Cámaras, y veto. Gobierno representativo:... ¿Y quién le ha concedido al pueblo facultad para alterar las leyes en perjuicio del Rey, y de sus prerrogativas inmanentes? Nos vamos de nuevo a sumir en las desgracias? ¿No bastan las muchas que hemos sufrido?... Gobierno representativo...? ¿Y no es esto inculcar la soberanía nacional establecer el sistema de los publicistas modernos? ¿Darle un nuevo colorido a la Constitución? Detestamos las máximas de los regeneradores; conocemos el dario que han experimentado los países que las adoptaron; tocamos por desgracia el contagio, y queremos curarnos radicalmente de él».
«La idea de Príncipe absoluto: no se trata de un soberano, que prefiera sus intereses al interés general de los súbditos; que lo sacrifique todo al necio placer de poder hacerlo todo; o que cante la destrucción de Troya en medio de las llamas de Roma: tal es el lenguaje de algunos publicistas, y el concepto que quieren imprimir en deshonor e injuria de las Monarquías. Rey absoluto es un Rey independiente, que obra después de haber examinado y exigido el dictamen de los sabios; que inquiere las necesidades públicas, y subviene a ellas con buenos reglamentos; que tiene presente la religión, las costumbres y hasta el clima; que se consagra al procomunal de la Nación, y es la única regla que lo dirige y gobierna. Es cierto puede separarse del plan establecido, y que se ha separado mil y más veces; ¿pero están exentas las demás formas de incurrir en iguales o superiores extravíos? Cotéjense a la luz de la Historia los vicios de las repúblicas y de los Gobiernos mixtos; fórmese juicio comparativo entre el abuso que han hecho del poder: las rebeliones a que se hallan expuestas por su naturaleza; la oscilación continua que causan los partidos, con 1 a marcha seguida y sosegada que guardan las monarquías; y se entenderá bien cual deba merecer la preferencia».
«Las Cortes por estamentos no se reunían para establecer leyes, sino para exponer y recordar al príncipe las urgencias del estado y consultar los medios de socorrerlas: según nuestros principios fundamentales los Reyes eran los únicos Señores a quienes competía la autoridad suprema: de aquí la imposición de los tributos; el poder de batir y de acuñar moneda; de aquí el derecho de declarar la guerra, y celebrar los tratados de paz. Léanse con detención los Códigos legales; examínense los reglamentos de los godos, los dados a los Castellanos y leoneses; las leyes establecidas en los concilios nacionales; las celebradas en públicas asambleas: jamás ha existido la Soberanía, ni ha ejercido sus propias atribuciones en España sino su soberano».
«No olvidemos, por último, al tratar de reformar las circunstancias políticas del reino: en la divergencia de opiniones, con-secuencia necesaria del plan adoptado por las Cortes; en el continuo choque de esos sistemas devoradores, que por desgracia han existido; en el temor que manifiestan los pueblos; y en la ansiedad en que se encuentran, no puede darse otra reforma, que fijar un punto de reunión, un solo centro, una mano que mueva por sí la máquina complicada del Gobierno. Cálmese el ardor de las pasiones; póngase el mayor esmero en la educación científica y moral, procúrese arrancar la cizaña sembrada por la sedición y la perfidia, y la Nación volverá a su antigua opulencia y alejará de sí las sombras que han ofuscado su esplendor. Las Cortes de Cádiz han tenido el secreto de hacer odioso hasta el nombre, y cuanto se marcase con él produciría nuevas sospechas, y aun el miedo de que iban a renovarse las mismas escenas, que acabamos de detestar con sus actores».

Con tal pasión y fuerza de discurso se expresaba el Cabildo de la real Colegiata, por la pluma, a lo que decían, del Doctor Don Luís María Esquivel, Prior; con cuya firma se encabezó la exposición referida.

VIII

Elevóse a la Regencia en 24 de Julio de 1823 otra exposición suscrita por 72 Jefes y oficiales, del ejercito y Milicias, en que se veía la primera firma del Comandante General Don Antonio Salinas, y entre las últimas la del Guardia de la Persona del Rey D. Domingo Pérez de Guzmán. El tenor del escrito semejaba sustancialmente al de los citados con anterioridad, aunque mas vehemente quizás.

«Toda la nación, aseguraba, está minada por sociedades secretas, que en las sombras del misterio meditan nuestras ruinas; en ellas se han labrado las cadenas que nos han hecho arrastrar con vilipendio; de ellas han salido las doctrinas funestas, que han corrompido la moral y atacado la Religión; ellas han sido el taller de las calumnias, y el foco de las conspiraciones; ellas han hecho perder a la nación su equilibrio y fomentado la divergencia de opiniones; ellas, en fin, han abortado esa Constitución inmunda, que en los tres años de su efímera existencia ha producido males que para repararlos apenas bastaran tres siglos.
Dejó de existir, es verdad; desapareció ese vil simulacro, erigido con los puñales, aclamado por la traición, sostenido por el desenfreno, y regado con torrentes de sangre española; sin embargo es de esperar que sus autores quieran extraerlo del fondo a donde . lo ha hundido el general desprecio, para reponerlo otra vez, sea cual fuere el nombre que le sustituyan: Cámaras, dicen; éste es el proyecto de nuestros sombríos legisladores y los rumores se incrementan: ¿Cámaras, Serenísimo Señor? ¿Y qué hombres las apetecen?
Las heces de la Sociedad, que como reptiles impuros no viven sino en el fango de las revoluciones; seres inmorales que volcanizados en sus tenebrosas juntas multiplican las fórmulas de su fanatismo sanguinario, para descansar después en la abundancia y los placeres: hombres semejantes querrán cámaras; la Nación no quiere otra cosa que su Rey absoluto con la plenitud de sus derechos como lo han sido sus augustos ascendientes; ¡pero Cámaras! ¿y con qué objeto?
Después de tres años de un feroz despotismo, que hablaba el idioma de la muerte, y permitía los horrores de la depredación y la licencia, no es fácil seducirnos con palabras insignificantes; esas voces de soberanía del pueblo, felicidad, libertad y otras, sabemos por desgracia el valor que tienen en el diccionario de la perfidia, y el uso que en todos tiempos han hecho de ella, los agentes de las revoluciones.
La España ha sido feliz con sus antiguas leyes, la magestad de los siglos las ha acatado con respeto, y su misma ancianidad las hace augustas y venerables: sigámoslas, pues, como nuestros padres, y en asunto de tanta importancia no nos separemos de sus huellas; porque a toda mudanza en política suele seguirse la disolución del Estado. ¿Está por ventura la España en disposición de hacer innovaciones en su gobierno?
Lejos de eso, las circunstancias en que se halla la nación, dividida en partidos y facciones, reclaman imperiosamente la unidad del poder, para que una sola mano la salve y la dirija, único paso que la naturaleza dicta, y que la experiencia comprueba y aconseja: Roma en sus grandes crisis suspendía las funciones del Senado, y a pesar de sus preocupaciones contra los Reyes elegía un hombre solo a quien confiaba un poder absoluto para que la libertara del peligro y asegurara su amenazada existencia: Syla y César la salvaron por los mismos medios cuandos los partidos ensagrentados la tenían a los bordes de su ruina; pero Sila abdicando su dictadura, y Bruto asesinando a César, fueron los mayores enemigos de su patria; porque al momento se renovaron las facciones, que tenía neutralizadas la unidad de su poder, se multiplicaron las turbaciones, y las escenas de horror y sangre no cesaron hasta el imperio de Angusto. Cierto es, señor que los que aspiran a otro gobierno que el que han tenido nuestros Reyes, quieren la destrucción de su patria, la continuación del desorden y el reinado de las facciones.»

Concluían los exponentes pidiendo la represión de los perturbadores, y protestando de su lealtad, y honra militar no mancillada. Mas en lo que coincidían conformes, peticionarios programistas, y oradores sagrados y demás amigos de aquella situación, es en pedir el restablecimiento del Santo Tribunal de la Fe, cuyo influjo parecíales el más adecuado para asegurar el orden represivo, tener a raya el espíritu de sedición y de impiedad, y apretar los tornillos con mayor dureza al aherrojado liberalismo.

Ese era el tolle, folie y el crucifige continuo que resonaba en los labios de muchos adictos a la pura Monarquía, que tal vez asociaban instintos de crueldad a su recelosa cobardía, y asustadiza inquietud. Inquisición se había pedido en los ígneos letreros de las iluminaciones: Inquisición en los cantares apasionados de la plebe absolutista, y en los sermones de varios curas y religiosos: Inquisición habia invocado el docto Giménez Hoyo, como quien la había defendido con habilidad y tesón en la Asamblea Nacional en Cádiz: Inquisición recomendó el culto Padre Pastor, e Inquisición se clamaba en la gratulatoria del Cabildo de la Colegiata, según el cual,

«atendiendo, decía, la utilidad que ha producido en el orden moral y en el político el Santo Tribunal de la Fe, antemural que nos ha defendido de los muchos errores que ha producido la falsa filosofía, y sobre cuyas ruinas se ha fabricado el edificio de la irreligión deseaba volviese al goce de sus preciosas funciones para conservar el depósito sagrado de la doctrina, y castigar la impiedad de los que la contradigan.»

Así tambien, recuerda el que esto escribe, haberlo oído pedir en el Templo de San Rafael, con melifluo acento y voz, beatífica, a un pobre sacerdote, a quien sus exteriorídades, sobre todo, hacían pasar plaza de santo entre nuestros contemporáneos[12]. Mas lo especialmente digno de consignarse es que el Ayuntamiento de este ínclita ciudad, donde los desmanes e iras sanguinarias del célebre Lucero, contribuyeron a imprimir mancha perpétua de horror y descrédito, sobre los procedimientos (injustos, misteriosos y bárbaros) del extinguido tribunal, se pusiese de propósito a pedir al Rey su restablecimiento en una representación, que se dió a la prensa y lleva la fecha de 22 de Febrero de 1824[13].

En ella se reproducía la súplica elevada a la Regencia en 24 de Julio, se osaba insinuar, que ocultos manejos paralizan y frustran los resultados que debían garantir sus esperanzas religiosas con respecto a la Inquisición: se esforzaba su necesidad, por la costumbre; porque a pesar de no ser la Inquisición de la esencia de la Religión, ésta no puede conservarse, sin aquélla, en España (que merced a ella se ha librado de horrendos males y desgracias); por la abundancia de sectas impías, qne han debilitado la fe individual; por la existencia y actividad de los agentes revolucionarios, y por la de los Masones y comuneros que eluden la vigilancia.»

Luego proseguía:

«Es preciso confesarlo: las medidas políticas serán muy útiles, si las manos ejecutoras no las vician; pero no alcanzan: el mal está arraigado con demasía; y la triste experiencia que hizo necesaria la Inquisición de España en otro tiempo, la presenta hoy a los ojos más imparciales como la única tabla para salvarla del naufragio. Sí, solo el tribunal santo de la Fe, cuyo nombre no mas aterra a los malvados, y cuya policía es exclusivamente a propósito para descubrirlo todo bajo la salvaguardia de un sigilo respetable, es el que puede vigilar con fruto para frustrar los planes de la irreligión, enemiga de los tronos y de la felicidad de los Estados, especialmente aquéllos, que cifran su dicha en ser católicos e intolerantes, como lo es la España por sus antiguas leyes.»
«Advierta V. M. quienes son los que lo quieren y lo piden, y los que lo contrarían y aborrecen; quienes los que tiemblan y se llenan de horror sólo al oírlo, y los que se regocijan y alegran por la memoria y esperanza sola de su restablecimiento. Los primeros son sus leales y amantes pueblos y los más decididos defensores de la Religión y de la Monarquía; los segundos, o son hombres positivamente malos, impíos y rebeldes, o son ajentes equívocos, cuyas ideas misteriosas obligan. a recelar mucho.»

A pesar de la insistencia de estas peticiones ni el cielo ni el Gobierno del Rey fueron propicios al cumplimiento de los votos de aquellos señores: ora no fuese el Monarca mismo muy amigo de la institución, ora la Diplomacia de los Gabinetes interpusiese este veto y condición a la marcha restauradora a que había contribuido, merced al horror. que en Europa y particularmente en Francia excitaba aquel tribunal.

Por mas que sus procedimientos en los últimos tiempos fuesen benignos y suaves, y salvando la intención recta de los más tolerantes entre sus patronos, bien podía creerse, qué terrible maquina de persecución había sido el tribunal, y qué instrumento poderoso de opresión, atenido a sus esenciones y medios privilegiados de enjuiciar, escudándose en el secreto los delatores; con tan escasas garantías los acusados, contra la lentitud de las actuaciones: y en época de pasiones tan candentes, soliviantados por la educación, el interés y todo género de prejuicios de los afiliados en los partidos militantes. Más el servicio que en lo político se demandaba al Tribunal de la Fe, hubo de llenarlo la Institución de la Policía civil, aclimatada por primera vez en un Gobierno de índole y origen español.

En Córdoba se planteó bajo la superintendencia del Conde de Puertohermoso y el celo pío y fidelidad monárquica de este señor, y el personal de su dependencia, con cortas excepciones[14] prestáronse admirablemente a secundar con su vigilancia la miras del Gobierno en la ejecución de sus reglamentos.

Organizóse el espionaje más escrutador y más severo: y las cartas de seguridad, las rutas en los pasaportes, los informes, las notas, los registros e índices inversos constituían una completa Inquisición civil, sin que ninguno de los indicados como tibios amigos de la situación o sospechosos, escapasen de las pesquisas y celadas, dispuestas para conocer sus acciones y pensamientos. Los ilotas de la época no podían ni osaban pasar de tres en sus reuniones más inocentes y privadas, ni exhibirse en lugares públicos, ni leer un papel impreso, ni conservar un libro de la época ominosa.

En el Libro verde y reservado de los adversarios se les consignaba a cada uno sus detalles biográficos, bebidos en la fuente impura de la murmuración clandestina y hostil, y se les valuaba el influjo de su maléfica potencia por la riqueza, las relaciones y hasta la facundia de que se les hacía gracia en esta calificación individual. Fuera de esta región policiaca, en la esfera de los tribunales, civiles, eclesiásticos y militares, abundaban los procesos, las delaciones, y se abrió la puerta a un sistema falaz y corruptor de purificaciones a cuyo medio era indispensable recurrir y someterse a cuantos tenían necesidad de buscar la subsistencia en ciertas posiciones y carreras públicas.

IX

Oprobiosa y triste debía ser, y éralo en efecto esta dominación, para cuantos estaban más o menos indiciados. Las ideas reformistas, siquiera hubiesen deseado la restricción y templanza de las Instituciones políticas ensayadas. Pero la persecución envolvía y mortificaba a todos, con escasa diferencia, y las personas más sesudas y morigeradas, no podían menos de deplorar la violencia de aquella situación, a la cual seguiríán, en término más o menos lejano, otras violencias y reacciones en contrario sentido. Aquel cuadro de turbulencias, y de horrores, alimentados por el odio y la intolerancia, recordábase años adelante por uno de nuestros amigos[15] al reseñar en una composición poética las calamidades del siglo. A él aludió en los siguientes versos.

Triunfó la libertad;
pero abatida al fin por fuerza de invasión estraña
y desacuerdo insano de los propios
¡oh Diosl,
poder tirano volvió a abatir la malhadada España.
De toda ley el freno rompió entonces la plebe licenciosa
y de vergüenza y de pillage ansiosa sus instintos atroces,
corrió a satisfacer; con fieras voces De Religión el nombre proclamaba
y en su nombre la sangre derramaba: En cárceles ponía;
Las fortunas y hogares destruía, Por doquier luto y aflicción llevando;
Del más bárbaro pueblo Las costumbres feroces emulando.

Otro varón de grandes talentos y virtudes evangélicas, escribía entre sus desahogos intímos, en los primeros días de la reacción las siguientes líneas:

«Ah ¡Religión! ¡Religión! cuantos horrores se cometen invocando tu santo nombre. A tantos motivos como ha estampado el infierno en las páginas de la Historia para hacerte detestable a los hombres, todavía el fanatismo te deshonra hoy y te envilece enviando a las venideras generaciones un cuadro de delitos cometidos por amor tuyo y en tu defensa, según él dice, que por sus circunstancias excede a todas las abominaciones pasadas: que ofrece a tus enemigos el más terrible argumento contra tu carácter dulce y benéfico, y que llena de amargura el corazón, e hinche de ardientes lágrimas los ojos de los que te conocen y te aman, pura y celestial como eres.
Hija del cielo; ¿Para qué bajaste a la tierra? ¿No debes tú ser el sólido y abundante consuelo de la tierra y miserable descendencia de Adán? ¿A lo menos has venido a nosotros sino para moderar nuestras pasiones, suavizar nuestros trabajos y crear en nuestros pechos esperanzas alhagüeñas y dulces que sirvan de contrapeso a tantos temores como nos afligen? Pues ¿quien así te trasforma en monstruo feroz, cruel y sanguinario, aborto horrendo del infierno y de sus furias?»

Sobre la opresión organizada que dimanaba de los poderes públicos, la efervescencia de las turbas, reproducida de vez en cuando con pretestos u ocasiones insignificantes, ahuyentaba, como ya insinuamos, continuamente la calma del espíritu en el seno de las familias. Unas veces, como en los primeros días, un depósito de inmundicia en la Iglesia de San Pablo enfurecía a las masas contra los autores de la nefanda abominación, que no podían dejar ser los sectarios del sistema derrocado. Otras las irritaban las tentativas imprudentes de revolución, y el triunfo obtenido sobre los rebeldes, como en Tarifa y Almería.

Ora servía de despertador de las iras terribles, un folleto titulado Unión y alerta reimpreso a costa del Capitán retirado D. Francisco Tomás de Jumilla, en que se extractaba un papel cogido a los masones, con máximas e instrucciones maquiavélicas para levantamiento del país y subversión del Gobierno del Rey. Ora enardecía al pueblo contra los negros, algún incidente, con visos de sobrenatural y milagroso, cual fué el sudor del Señor del arco real, allá por Septiembre de 1826.

En ese arco; practicado en la muralla de la población que la dividía interiormente, y en la parte que ocupaba el Convento de religiosas del Espíritu Santo, arco de comunicación entre las calles, hoy llamadas de Prim y del Liceo, se veneraba en un nicho adosado al muro, una imagen de jesús, cual otras tartas existentes a la sazón en las calles y plazas públicas.

Allí hubo de observarse, que o por concreción de alguna sustancia de la pintura o barniz, o por filtración acuosa del muro, se presentaban algunas gotas líquidas sobre la imagen. Y no fué menester más, para que la credulidad ciega del vulgo, asiese la ocasión de achacar al bando impío el fenómeno del sudor santo, produciéndolo de susto mortal en los parias de tan nefastos días. La intervención de la autoridad eclesiástica, y el tacto prudente del Provisor, recogiendo la imagen, alejándola de la escena del escándalo, y con homenajes de la veneración más respetuosa restableció la calma y preparó las explicaciones naturales de un fenómeno tan simple y común.

Por aquéllos días aumentó la perturbación, la noticia del conato de suicidio y degüello, con una navaja de afeitar, intentado por el Marqués de Cabriñana, residente en Granada, a cuyo despecho se atribuía por causa , el no haber podido ocultar la complicidad de muchos de sus amigos en la causa que por masonismo se le seguía. Sín que sepamos lo que hubo de cierto en el caso, sobraron, en tal época, ejemplos de flaqueza en que por salvarse a sí propios, por congraciarse con el poder imperante o por otros motivos los procesados de tal naturaleza espontaneándose en amplias denuncias, comprometieron la existencia de sus cofrades tenebrosos.

Por el contrarió a personas de mayor entereza y brío la opresión les empeñaba, a veces, a hacer alardes de impaciencia, nada discretos, que después eran causa de que se agravase su mal estar. Así sucedió en algunos pueblos de la provincia, donde por lo general se copiaron los desmanes, las prisiones arbitra-rías, y los malos tratamientos que habían tenido lugar en Córdoba.

En Puente Genil, llamado entonces Puente de Don Gonzalo, un puñado de adictos al abolido sistema, tuvo la audacia de desarmar a los realistas, y de escarnecerlos, a punto de haber sido preciso a los de la capital ir a restablecerlos en el uso de sus armas y en el dominio político de la villa. Los naturales de Iznájar, población muy constitucional, y en que apenas existía un realista, fueron de los últimos a someterse al Gobierno restaurador, cediendo únicamente a la fuerza material.

En el Carpio dominaba cierta tolerancia liberal, por cuya razón en las recrudescencias extemporáneas del espíritu reaccionario, solían acogerse allí a bandadas, los proscritos, a quienes, tal cual vez, la autoridad realista mandó salir en pocas horas y diseminarlos. Por el contrario, en Baena, donde se decía no llegar a una y media docena el número de los amigos de la Constitución, tocaba a muy mayor parte el lote de los furores y venganzas de sus adversarios triunfantes.

En Castro del Río reinaba el mismo espíritu, y desterrado en aquella villa el mordaz escritor y antiguo Bibliotecario de las Cortes D. Bartolomé José Gallardo, experimentó muy malos tratamientos, y le asestaron en cierta ocasión el proyectil de un ladrillazo que fué para él ocasión de largos padecimientos.

En Lucena revistió la reacción el tinte de braveza proverbial que distingue aquellos naturales. Fué extremada en sus iras, y al distinguido y docto Párroco Ramírez de Luque, apasionadísimo liberal, y que murió niuy pocos días antes de caer la Constitución, se trató de exhumarle, si es que no tuvo efecto la profanación; para execrar horriblemente su memoria y sus despojos. Así en los otros diversos pueblos, fuera curioso, si bien no de nuestro propósito, indicar las especiales circunstancias que acompañaron a una transición política de tan inmensa trascendencia y resultados.

X

Si volcánica y ardiente fué la temperatura política en Córdoba, en 1824, como lo fué la física o atmosférica en el estío de aquel año, por demás caloroso: no fué en el primer concepto tan tibia o apacible, como pudiera esperarse la de 1825, en la que, en otras ciudades de España era posible vivir más pacífica holgura, prevaleciendo un tanto la moderación en el Gobierno Central[16].

No faltó también alguna calamidad de otro género que lamentar: La invasión de la langosta en nuestros campos en el mismo año de 1825 aumentó los conflictos de aquellos días, los apuros de los gobernantes y los sacrificios impuestos al vecindario en un empréstito personal respetable. Se iba restableciendo cierta calma bonancible, por el curso mismo del tiempo, o porque los consejos del Gobierno francés, la influencia de ciertos estadistas de más ilustración y sensatez, como Cea, Ofalia, y Burgos; u otras causas contrastasen la tendencia opuesta, luchando por borrar el rastro de intranquilidad e injusticia, hijo de la dominación arbitraria que arrancó en 1823; pero de la cual saltaban chispazos, solamente, cuando ciertos sucesos encrespaban el mar de la política.

Un mismo sistema de represión y refractario a toda reforma y toda novedad; unas mismas autoridades, sin renovarse por las elecciones, frecuentes, que levantan tantas tempestades en los tiempos modernos, y una pausa recelosa o una inmovilidad absoluta en las regiones de la legislación y del gobierno, comunicaron a nuestra patria en una serie de años cierta reposada uniformidad, que apenas hace distinguirlos, y los confunde en un solo día ante los ojos escrutadores de la Historia.

La monotonía de la existencia es lo que más contribuye a abreviarla. Los conventos, no destruidos del todo en el triennio constitucional anterior, se repoblaron en cortísimo período de una juventud, más ávida de pan y de holganza que de ejercitar las virtudes primitivas del Monacato, o de refrescar los laureles literarios de los hombres eminentes que, siglos atrás, habían florecido en los claustros.

La exhibición que por este tiempo hicieron las órdenes monásticas de sus afiliados con motivo de las procesiones públicas, que pasearon por varios días nuestras calles con gran séquito y aparatoso cortejo para ganar el Jubileo Santo, puso en descubierto la afluencia de gente moza, que impaciente se había precipitado a vestir el sayal, y a someter la cabeza al signo simétrico del cerquillo.

Ni una vocación religiosa y desinteresada pudo afiliarlos, ni una escrupulosidad prudente, limitó a los que corrían a alistarse en estos pendones de Cristo y que no todos, por Io tanto, pudieran después reflejar en ellos la cultura de su educación, la pureza de sus costumbres y la privilegiada elevación de su aptitud moral. Más adelante, el agrupamiento de los realistas descontentos y de los más extremados absolutistas, al rededor de un nuevo pendón, tuvo también aquí, como era de esperar, estando la conspiración tan ramificada en España, sus decididos partidarios. Agitábanse sin disimulo por aquellos días en que la conjuración motivó el viaje del Rey Fernando a Cataluña.

En cierta noche preparábanse en Córdoba los carlistas a lanzar el grito, y temíase que le hubieran seguido venganzas sangrientas y desastres. Celebróse una reunión de más de treinta oficiales y algunos Comandantes de realistas de Infantería, en el cuartel de la Plaza antigua Cárcel, hoy Fábrica de sombreros de Sánchez. Citados de antemano, iban ya concurriendo a aquel punto muchos voluntarios armados, en apostura y con silencio amenazador, cuando en sentido contrario asomaron, en ordenadas secciones, varios destacamentos de la Milicia de Caballería, que, a una voz de mando de su Jefe, penetraron en la Corredera.

Poniéndose a su cabeza el honrado Comandante Marqués de Villaseca, amigo de la paz y la justicia, sorprendió el conciliábulo de los oficiales, les recogió los papeles y las listas que tenían a la mano, les habló enérgicamente en favor del respeto y sumisión que al Rey debían, dispersó a los conjurados y terminó con reserva tranquila un suceso que pudo haber causado muchos disturbios y muchas lágrimas[17].

Los desordenes especiales y abusos a que comúnmente está expuesta la posesión de las armas por milicias populares, no atraían mucho crédito ni amor a los voluntarios realistas, organizados e n gran número y sostenidos con arbitrios pingües; puesto que sus jefes y oficiales, de Real nombramiento, y muchos de procedencia aristocrática o de la mejor posición, respectivamente, propendían ordinariamente a conservar el prestigio de la autoridad, que los principios doctrinales de la bandería, el hábito tradicional, y la decantada religiosidad del Gobierno debían acrecentar. Mas esta buena propensión no era tan constante y segura, que alguna vez no se desluciese por excepciones dolorosas, o no se manchase, como hoy se dice por sus puntos negros.

Una tarde se hallaban reunidos en algunos asientos de la calle de árboles que cercaba la entonces haza y hoy jardines de la Agricultura varios oficiales de Realistas; cuando vieron presentarse por aquel punto, a pasear, algunos sujetos tachados de liberales, quienes, incautamente confiados en la serenidad aparente del horizonte político, tuvieron la avilantez de creerse con derecho a participar de tan sencillo esparcimiento.

Los oficiales referidos, no sabemos si excitados por algún mal espíritu, pues que algunos de ellos no pasaban por muy exajerados, irritáronse al aspecto de los advenedizos; y sintiendo aquella instintiva rebeldía, que en una ocasión semejante experimentara, según la fábula, a la vista de unos ratones la disfrazada Zapaquilda, diéronse a correr tras los intrusos ambulantes y a acariciar con las hojas de sus sables las virginales espaldas de aquellos inocentes. Mas la pesada broma no dejó de tener consecuencias para los bravos agresores. Se les formó causa. A el Capitán General de Andalucía D. Vicente G. Quesada, que según ellos olía a negro, no le cayó muy en gracia la proeza.

Reducidos a prisión, hizo conducir a Sevilla a los vapuleadores y tuvieron que sufrir la humillación y la pena correctiva que les impuso la ley. Por lo menos, esta vez no quedó impune el atentado como tantos otros de su índole, en tiempos posteriores y aun recientes. Por eso y por otras causas merece honroso recuerdo aquel General, predestinado a morir horriblemente y a ser mutilado en las calles de la Corte, años después, a manos de ciertos caníbales que proclamaban libertad, como habían proclamado religión otros verdugos de la época inaugurada en 1823.

También fué motivo de sensación profunda y triste el asesinato de un fondista, conocido por Pepón, al regresar de cierta gira o excursión campestre, en que había ejercitado su oficio. Mas el mismo efecto doloroso que causó aquella trágica aventura, revela que tales crímenes no eran entonces tan frecuentes, como lo han sido después; y que la despreocupación y las pasiones que los engendran, y el uso libre de las armas que los facilitan, conspiran, con la mayor publicidad que los divulga, a encallecer a este propósito la sensibilidad común.

No siendo nuestro propósito dar la Historia completa de este período, sino registrar algunos hechos, y entretejer algunas consideraciones con el fin de trazar su bosquejo moral, omitimos mucho de lo que podríamos decir, concerniente a aquella década. De las dos tendencias que en tal situación política se combatían, una templada y reformadora, otra inquisitorial y sanguinaria, los esfuerzos recíprocos se contrarrestaban incesantemente.

Favorecía las primeras, juntamente con el mando benigno del Capitán General Quesada, la autoridad eclesiástica Diocesana y su Juzgado, ya con reservados y benévolos informes en las causas políticas, o en el tratamiento de eclesiásticos perseguidos, ya templando con su mediación entonces valiosa lo acerbo de otras tendencias y de otros poderes.

El tacto y prudencia de D. Andrés de Trevilla secundó más de una vez, en este punto, la bondadosa propensión de su tío el Reverendo Obispo. De los procesos diversos de carácter político, entonces instruidos, se nos recuerda como de especial celebridad el que se formó a una familia muy conocida, a consecuencia de una excursión campestre a la Arrizafa, entonces aún Convento de Franciscanos; achacando a aquélla profanaciones y actos irreverentes.

Otros fueron los formados por masonismo a ciertos hermanos Domínguez, Presbítero uno de ellos, que dieron ocasión a dos hábiles e ingeniosas defensas jurídicas, a la sazón muy celebradas, de los señores D. José Illescas y D. Juan de Gracia, jurisconsultos recientemente incorporados en el Colegio de esta población. No existía en lo administrativo centro y autoridad provincial y la del Intendente, que lo era en la gestión de la hacienda, si no siempre bastó a desarraigar abusos añejos y a establecer el orden, la actividad y pureza que se propuso el Ministro del ramo López Ballesteros, uno de los más prácticos, probos y atinados que la han dirijido en este siglo; pudo conseguirlo, a veces, en mucha parte, en esta provincia.

Celebróse generalmente la rectitud del Sr. Bergrado y el buen carácter y templanza de D. Miguel Boltrí; quien hizo además de su casa un centro de sociabilidad. Era la Magistratura por lo común independiente, y dirigida por los buenos hábitos tradicionales del país en la administración de la justicia; si bien ni las reformas de códigos y enjuiciamiento, y otras disposiciones posteriores habían puestos límites al grande influjo del Notariado, ni establecido la subordinación, responsabilidad, orden y facilidades para el servicio, conque se ha procurado después organizarlo.

Pero era mayor la confianza general para sostener cada uno lo que reputaba su derecho en los Tribunales, y menor el retraimiento y desengaño para negar cooperación a los Jueces en las pesquisas saludables, o para desistir en lo concerniente al sostenimiento de los propios y legítimos intereses.

Unido el cargo de Juez lego con el de supremo Jefe civil y administrativo de la Capital, y concentrando también en su persona la Comandancia superior militar, la figura del Corregidor, cuyo cargo desempeñó por muchos años Don Juan Nepomuceno Prats, se destacaba en aquellos días con e I prestigio de una personalidad predominante, cuyo influjo, por mucho que lo limitase la cortedad de miras y conocimientos, y la preocupación política, gozaba de las ventajas que no podían menos de darle el desembarazo, la subsistencia e inamovilidad y los principios de sumisión y respeto que reinaban en la atmósfera social.

No faltó siempre a D. J. Prats espíritu de justicia, y energía mezclada con algo de rudeza despótica y marcial. Lo que mandaba solía ser obedecido, sin otro aparato de agentes subalternos que los alguaciles. Mas semejante a esos de nuestros satíricos españoles que limitaban a ridiculeces o vicios pequeños la aplicación de su correctivo; no a grandes abusos llevó su atención ni trató de poner remedio a grandes males.

Se esforzó en tener a raya a taberneros, panaderos y otros gremios con bandos de buen gobierno, en lo tocante a servicios públicos, sin obrar precisamente por espíritu de populachería. Respecto de organización municipal, el Ayuntamiento, en esa época, compuesto de sus veinticuatro Jurados y Alcaldes, poco o nada hizo en beneficio común ni para la salubridad, ni para la policía, ni para la comodidad, ni para el ornato: si bien el personal de la oficina era escaso, y aun desconocidos los guardias municipales, que muchas veces después han servido de cortejo de Alcaldes, o de testigos impasibles de infracciones de leyes urbanas.

Por lo demás, ni el alumbrado que vino más tarde como los serenos, supliéndose aquél por los farolitos de las imágenes de las calles, y por las linternas: ni mejoras del pavimento, mortificante con sus pedruscos primitivos y sin baldosas; ni aguas públicas, casi tan abandonadas como al presente; ni cloacas, sustituidas en cada rincón con un muladar, y con su inamovilidad denominando algunos sitios, ni la primera enseñanza de que absolutamente cuidaba el Municipio, merecieron sus afanes.

Las Iglesias, usando la espresión de cierto poeta, se atarugaban de difuntos, y hasta Enero de 1834 no hubo cementerios públicos. Mas los señores del Cabildo civil, como aún se les decía, continuaban mostrándose, solamente, de vez en cuando, en carruajes o a pie, precedidos de maceros y timbales, con su traje serio de casaca, calzón corto, espadín y sombrero de picos, en las fiestas, en la Procesión del Corpus, y en la solemne y ruidosa y anual de la publicación de la Bula.

XI

Paseo de la Ribera en el 1823

Las fuentes de la pública prosperidad se hallaban casi en un todo paralizadas. Ninguna nueva industria se había ensayado por entonces, ni empleándose capitales en fabricaciones nuevas. Sosteníase medianamente la de hilazas y la de curtidos; en su tosquedad primitiva y estacionaria, la alfarería; y el arte de la platería no había aun recobrado el tal cual movimiento y progreso que experimentara años después. El humo del carbón mineral aún no se exhalaba de nuestras chimeneas.

La Agricultura seguía encerrada en su rutina y aislamiento. Existía la prestación decimal. La institución de los Pósitos, tan benéfica y util, defraudaba muchas veces su objeto por la desidía y por la mala fe, que más que estos u otros principios malogran o desacreditan en España las mejores cosas, y esterilizan los mejores pensamientos.

Las montañas de Espiel y Belmez tenían todavía cerradas misteriosamente las betas de sus negros tesoros, a la explotación, y con ella al movimiento de ciertas intrigas y especulaciones. La amortización excesiva, así como la división estremada es funesta a otras provincias, pesaba aquí sobre la propiedad; no desarrollaba el espíritu de reformas; entorpecía la traslación de fincas, y negaba ocasión y estímulo a ciertas obras urbanas, y a proyectos de mejoramiento. En el trascurso de este medio siglo último se han revocado o construido en Córdoba tal vez un millar de casas, que es casi una quinta parte de la ciudad.

El Comercio era escasísimo. El giro se monopolizaba por tres o cuatro casas, y las tiendas mostraban una simplicidad de ornato, digna de siglos anteriores.

En la provincia, faltando varios caminos, que posteriormente han venido a animar y a aproximar sus poblaciones, las más frecuentes eventualidades atmosféricas las ponían en incomunicación absoluta. Sin ciertas instituciones saludables de represión y de policía civil, los bandidos infestaban los caminos y ahuyentaban la seguridad en los viajes. Las circunstancias de éstos los hacían por demás enojosos. A la mayor parte de los pueblos no podía irse sino en cabalgadura.

Las diligencias no se establecieron hasta los últimos años de esta década tercera del siglo que corre, y parecía un prodigio, y fué un magnífico progreso poder ir, con regular escolta, en tres días de Córdoba a Madrid, y en 24 horas a Sevilla, encontrando buena mesa, cama y hospedaje en los paradores.

No existía la palabra pauperismo: pero Ia mendicidad, mal antiguo, la orfandad, y el doliente desamparo, tenían aquí, para alivio y consuelo, numerosas fundaciones, aún no centralizadas: y como peculiaridad de aquellos tiempos, la sopa de las Comunidades y el pan del Obispo, limosna que a la puerta del palacio, no se negaba a ningún desvalido, sustentaban y atraían a la vez solazándola a la pobreza.

El Caciquismo, mal de todas las épocas, sí bien con nombres y pendones diversos, pesaba sobre las poblaciones cortas como losa de plomo, y aún no se ven libres del yugo de personas y familias determinadas a pesar del juego continuo de partidos, representantes y elecciones.

El Cuadro de la vida social, el movimiento respectivo, la animación del pueblo y sus costumbres correspondían a estos antecedentes. En las clases jornaleras, con menos inclinación a invadir los usos, a conquistar los goces de las acomodadas; desniveladas más en gustos trajes y entretenimientos; no afluyendo a confundirse en las concurrencias públicas; con menos conciencia de su igualdad; sin tantas pretensiones de subir y humillar a los altos favoritos de la fortuna; no por eso se hallaba menos la senda del vicio; ni la embriaguez, la prostitución sí mas embozada y tosca, y el juego, menos condecorado que posteriormente, dejaban de tener sus aras y refugios en concurridas tabernas y en gazapones numerosos.

Apenas, si existia algún café o alguna fonda, condenada a eterna soledad, o alguna oscura y prosaica botellería de verano, tan escasa de luz como de amplitud y ornato. La moda de los Casinos y casas de reunión, que según algunos moralistas detractores de lo presente roba padres e hijos a la vida doméstica y a las sencillas y afectuosas espansiones de familia, relajando vínculos santos y arrastrando a la disipación ruinosa, no había aparecido todavía con sus exterioridades atractivas y seductoras, favorables á la sociabilidad y tolerancia. No existían paseos públicos.

El de la Victoria, reducido al simple diseño del que trazaron los franceses invasores de Napoleón, no lograba concurso sino en la Feria. La ronda, el arrecife, el jubileo, tal cual Iglesia extramuros en ciertos días, la Arrizafa, el Triunfo, el Arroyo de las Piedras, solían llamarlo en festividades señaladas de origen y tradición popular. Solo por suscrición pudo en los últimos años disponerse el paseo veraniego y nocturno de la Rivera, con los alicientes del riego y de la música, como una importantísima y desusada novedad. Un nuevo trozo de muralla del río, en cuya inspección constante se señalaba don Juan Ramón Valdelomar, fue una de las más importantes obras de aquellos días.

No existía movimiento literario. Algún coplero vergonzante revelaba, cuando más, la feracidad poética del país. No se reemplazaba la inspiración elevada, y la clásica forma de las composiciones líricas y trágicas, que en versos patrióticos, en algunas odas y en el Lanuza, había dado a conocer don Angel de Saavedra.

Pero este Diputado y orador vehemente, al emigrar como reo de pena capital, en las imágenes de la patria perdida y desolada exaltaba sus sentimientos y agrandaba su fantasía, lamentando su partida y su destierro, en Gibraltar y a bordo del Paquete inglés Freelling, interpelando a las estrellas en los mares, soñando con su triste proscripción, y contando la desdicha de Florinda en Londres, o recordando a vista de Malta los alminares santos de su ciudad natal.

Ensayos son estos que auguraban la nueva senda de Gloria, reservada, años después, al autor de Don Alvaro, del Moro expósito y de los romances nacionales. Ninguna tertulia ni asociación literaria ni científica pudiera entonces consentirse. Don Mariano de Fuentes y Cruz guardaba en oculta custodia los papeles, resto de la antigua Sociedad de amigos del país, y de la Academia erigida por Arjona, tristemente disueltas.

Unico certamen público podían considerarse algunas Conclusiones de Filosofía o Teología, que llegaban a ser palestra de doctrina e ingenio, con sus formas añejas y consagradas desde los siglos medios en las elecciones de cargos y en los capítulos de los frailes, o en solemnidades especiales de la vida escolástica.

Unica expresión también de la elocuencia popular eran los Sermones, en que se distinguieron varios oradores Sagrados, regulares y seculares. En el Cabildo los Señores Carcallana, Giménez Hoyo, Garrido, Hué y Gómez, al final de este periodo: algunos Párrocos y Beneficiados como Tejada, Muñoz Mantero, Meléndez, Marques y Golmayo; en los religiosos dominicos los P. P. Pastor Flores, Romero, imitador del P. Aguilar y orador en las exequias de la Reina Amalia de Sajonia: entre los Franciscanos, los P. P. Melgar, Porras, Fernández y Bazán: entre los mínimos el docto P. Loma, y de los terceros el joven P. Solís: entre los Agustinos, mantenedores de cierta escuela y gusto peculiar de predicación, los P. P. Muñoz, Ortiz, López y Niveduab: así como otros varios de distintas Comunidades, y algunos Presbíteros muy señalados en este ejercicio, que ahora omitimos.

Un Presbítero de Fuente Ovejuna asociado con otro, publicaba con el título de Lárraga Constitucional un tratadito de Moral que se proponía hacer conciliable con la Constitución, y unas Nociones de Filosofía juntamente, no depuradas del sensualismo que a la sazón dominaba en la ciencia peninsular.

En 1828 publicó el P. Muñoz Capilla la Impugnación de la obra de Dupuis sobre los cultos, en la cual, por meterse en controversias arduas de ciencias y condición, y tratando con aspereza a su adversario; si pudo justificar ante su Orden y ante la opinión que tomaba en cuenta su liberalismo, lo vasto y ortodoxa de su doctrina religiosa; produciendo un libro más serio y profundo que ameno, y adecuado al gusto común, pocos lauros pudo añadir a su justa reputación, aunque obra de tan difícil desempeño y larga labor. Tres años más tarde daba a luz la Gramática filosófica de la lengua española, en la que con sumo acierto exponía los principios analíticos de nuestro idioma haciendo exactísima aplicación de la filosofía de Condillac.

A la vez y asociado al ingenioso físico, don Rafael Entrena cultivaba en el retiro del campo y de sus claustros la botánica, allegando datos al estudio de la Flora cordobesa, que obtuvieron el aprecio de los Henseler y Lagascas. A este tiempo pueden referirse, aunque hechos fuera de esta capital, los trabajos de nuestro caro maestro don José Martín de León, sobre Materia farmacéutica o Historia Natural de sustancias medicinales, que consiguió en su obra inédita—Los tratados breves de ciencias y artes publicados en Sevilla, por el montillano don Antonio Alvear, asociado a don José Herrera Dávila para dar a luz una biblioteca enciclopédica popular—, los estudios sobre Antigüedades del apreciable religioso alcantarino de Espejo, Fr. José María Jurado; y las observaciones que su práctica y observación propia, más que la doctrina de otros filósofos, sujirieron acerca de los tiempos del verbo al profesor don Juan Monroy, dedicado, largos años, a la enseñanza de la gramática latina. Su hermano don Diego era el único que descollaba a la sazón en Córdoba, entre sus hijos, en el arte de los Castillos y Palominos.

Respecto de espectáculos, pocos, o ninguno profano podían arrancar a las gentes de su habitual melancolía. Fuera de las Procesiones del Corpus, de las de la Virgen del Socorro y del Rosario en ciertas solemnidades; las Hermandades de algunas de estas advocaciones paseaban sus rosarios y estandartes, algunos de mujeres, en las madrugadas y en las tardes de los días festivos. Un espíritu de devoción y de religiosidad externa resaltaba en los usos, en el modo de vestir, en las imágenes de las calles, en las operaciones cotidianas de la vida, en el mobiliario doméstico y en todo lo demás. Estas causas imponían a la población cierto carácter de retraimiento entre monástico y silencioso, y como un sello de triste gravedad.

Natural era este efecto del preponderante influjo del elemento eclesiástico, que anotamos como un hecho meramente, sin aprobación ni vituperio, y sin entrar en comparaciones con influencias posteriores y actuales. Si así sucedía generalmente en la España, anterior a nuestras revoluciones, de un modo muy señalado debía acontecer en nuestra Córdoba. Ya en el siglo XVII había notado el Conde de Villamediana ser de obispo rico, pobres mercaderes...: los servidores del Coro de la Santa Iglesia, entre Capitulares, Capellanes, Músicos de voz e instrumentistas, dependientes de las oficinas necesarias para la administración de bienes propios, de diezmos, y de obras pías, ascendían a un considerable número y representaban otras tantas familias, amén de las de los dependientes industriales en los oficios de albañil, carpintero, etcétera.

Los Conventos de frailes y monjas en número muy próximo a cuarenta, tenían asimismo las relaciones y dependencias interesantes a su representación colectiva y a las necesidades de la vida material.

A la doctrina del Sacerdocio se confiaba casi exclusivamente cuanto constituía la educación pública, e instrucción secundaria. Los más de los Maestros de latinidad, el Colegio de Gracia de San Pablo, bajo la dirección de los Dominicos a cuyas modestas aulas asistía por entonces el actual Obispo de Victoria, Sr. Alguacil: el Colegio de la Asunción, reorganizado con el título de Humanidades, y confiado a la tutela directiva y literaria de Curas, párrocos y frailes de S. Pablo y S. Francisco: el Seminario Concilar de San Pelagio, que abría carrera económica y no difícil para el servicio pastoral y eclesiástico: seminario, cuyo personal de regencia y de enseñanza, sin discrepar un ápice del plan de Estudios vigente, no se reputaba el más apasionado de aquel orden gubernativo: Seminario, donde se formaban a la sazón altos funcionarios en el Eclesiástico, y civil, posteriormente Magistrados, Jefes Políticos, Diputados, Catedráticos y Escritores, donde estudiaron en esta época los actuales Obispos de Almería y Orihuela, Sres. Rosales y Cubero; donde se inició en meditaciones filosóficas, el primer Krausista español, Sanz del Río, cuya gloria no ha de querer prohijar como su primer timbre, el mismo establecimiento, carísimo a mi memoria y mis afectos, y en el que los últimos tres señores fueron contemporáneos o amigos o colegas míos...

Todos estos elementos debieran forzosamente influir en imponer a nuestra población las costumbres, los hábitos, los principios doctrinales de los Cuerpos e individualidades que en tal Sociedad y en tal época predominaban.

XII

Escasos eran, pues, los motivos de animación y concurrencia. La retreta de los Realistas con el aliciente de una buena orquesta marcial, solía atraerla a la casa de los primeros Gefes, dos noches en semana; y no siempre fué tan limpio el festejo, que no cayese un apéndice de estacazos sobre las espaldas de los negros, que concebían la audacia o distracción imprudente de mezclarse entre los filarmónicos asistentes, y curiosos espectadores.

En tal cual ocasión los toros de cuerda amenizaban las solemnidades políticas o demostraban un regocijo de circunstancias. Habían sido un auxiliar del orden a las turbas en los accesos de mayor fiebre en las primeras saturnales políticas. Plaza formal no hubo para la liza de toros hasta el año de 1827, en que se construyó una de madera en el Campo de la Merced, y ya hubo corridas reales o de muerte, y con ella circo apto para volatineros y gimnastas contemporáneos.

Era el teatro un 'instituto, enteramente proscrito, y suponíase la Ciudad ligada a esta privación por un voto religioso del cuerpo municipal, que floreció en los días del B. Padre Posadas, cuya iniciativa logró arrancarlo sin esfuerzo en el ascetismo propio de aquel siglo y de aquellos cordobeses. Se predicó y escribió contra el teatro: y cierto Capitán monomaniaco, que envolvía su entusiasmo por las once mil vírgenes, con su odio a las mujeres y a las comedias, pasó una parte de su vida en declamar contra ellas.

En algo había de convenir este señor extravagante con el originalísimo filósofo Juan Santiago Rousseau. Empero, provisional, vergonzante y privadamente se daba culto a Taifa y Melpomene en teatros caseros y humildes, especialmente en la Posada del Obispo blanco, a costa de unos sombrereros y otros modestos industriales, y por varios jóvenes aficionados y entusiastas. Y aun la Musa lírica teatral logró a la vez la representación de algunas operetas en otro reducido e improvisado odeón, y corral de una calleja, merced a los esfuerzos de algunos individuos de la capilla de la Catedral. Mas el Coliseo público no existía y se había arruinado en parte.Sentíase viva y latente el ansía de estos espectáculos.

Todo el mundo renegaba de aquella forzada abstinencia dramática; y al rayar el término de aquel período político, y la alborada de otro de esperanzas, novedades y de más movimiento por los años de 1830 o 31, la opinión pública hizo una explosión tan inequívoca como mal comprimida y expresiva, simulando óperas con programas de nuevos conciertos y prestándose con cierta aquiescencia las autoridades mismas, que salvaban con esta epiqueya su conciencia y escrúpulos, aun antes de obtener el permiso y absolución superior para gozar este espectáculo.

Entretanto, nuestra población estaba muerta para la política. Los que se ocupaban en ella, leyendo nuestra reducida Gaceta, dos o tres veces en la semana, o la Cuotidianne, diario francés legitimista, y despachándose a su gusto con estupendos noticiones en los días de entre correo, se comunicaban a media voz, o en conversación afónica sus comentarios e ilusas esperanzas con ocasión de la contienda de don Miguel y don Pedro sobre la corona de Portugal, la guerra entre Rusia y Turquía, la revolución de Grecia, la conquista de Argel por Bourmont, la discusión de las Cámaras francesas e inglesas, y últimamente sobre las jornadas de julio, que produjeron la caída de Carlos X y la exaltación de Luis Felipe de Orleans. El casamiento de Fernando VII con Cristina, galvanizó un tanto el cadáver de esta nacionalidad. Hubo gran ruido de fiestas y de versos, y se escribieron y recitaron bellísimos, ricos de armonía y rebosando en dulces esperanzas.

Se juró con fiestas suntuosas a la Princesa heredera, y Córdoba envió por Diputados a aquel simulacro de antiguas Cortes a los señores Marqués de Villaverde y a don José de Illescas y Cárdenas. Ya después de 1823, se podía ver algún número del Correo literario y mercantil de la Corte, y más adelante las Cartas españolas, la Revista„ El Vapor de Barcelona, la Estafeta de Bilbao y la Gaceta de Bayona, donde se empezaba a razonar con timidez y cautela. Ya era permitido leer algo más que las obras de devoción, literatura e Historia que se disfrutaban en las Bibliotecas públicas del Obispo y de San Pablo. En los últimos años cesaron y se sustituyeron algunas autoridades.

Perdió Córdoba de vista al señor Prats y al señor González Argandoña, sucesor del Conde de Puerto Hermoso, en la dirección de la policía. Quedó mandando como Alcalde y juez el señor Lovariñas, y al cerrarse el reinado se encargó en las armas el Brigadier don José Marrón, y vino de Inspector de realistas el Conde de Mirasol, que después llevó a cabo su desarme. Algunos pocos sucesos mantuvieron viva la espectación o rompieron el reposo de la vida en estos años últimos del decennio y del reinado. Se empezaba a pensar en mejoras materiales, y se consultaba sobre ellas a hombres de presunta ilustración, sin hacer ascos al color político.

Se instituyó, en proporciones menguadas, un periódico con título de Boletín Oficial: sintiéndose entonces el extremo contrario al tiempo presente, de carecerse de todo órgano de publicidad y anuncios. Las conjuraciones de los liberales y las invasiones de los emigrados por las fronteras del Pirineo y por las costas meridionales, terminadas por sangrientas catástrofes, despertaron a su tiempo las simpatías y el dolor de los liberales cordobeses. Algunas familias lloraban en prisiones a sus hijos, por complicados en la causa del Coronel Márquez, muy conocido en esta Capital, y al fin ahorcado en Sevilla[18].

Algunos ardientes liberales de aquí soñando en un alzamiento, si hubiese alcanzado éxito en otras partes, habían pensado en poner a su cabeza al joven abogado don Joaquín Francisco Pacheco, tan justamente afamado después y a la sazón acomodado en Córdoba en una comisión modesta. Sin duda no se había contado con él, que, ni por temperamento, ni por cierta rectitud y templanza debía ser muy a proposito para tal empresa. Los Realistas de Córdoba salieron en expedición belicosa hacia la serranía de Ronda, cuando se temió que el fuego insurreccional cundiese por aquella parte.

El Obispo de Córdoba don Pedro A. Trevilla falleció en 1832, tras de un pontificado muy largo y fecundo en guerras y revoluciones. Aconteció este suceso a mediados de Diciembre, y en Julio del mismo año habían pasado a Sevilla, y sido objeto de cordial y obsequioso recibimiento en Córdoba los Infantes don Francisco de Paula Borbón y su familia. Llamados por un expreso dos meses más tarde, regresaron apresuradamente a Madrid, por haberse agravado en su peligrosa enfermedad el Monarca Fernando VII: y a la Infanta doña Luisa Carlota, hermana de la Reina Cristina, tocó en suerte tomar una parte activa y trascendental en aquella delicadísima crisis, que fué de inmensos resultados para los destinos ulteriores de la Nación.

XIII =

Al enlazar con el año de 1823 el recuerdo de la época que siguió a aquel período histórico, nos pareció trazar algunas indicaciones sobre el cuadro social del pueblo en que habitamos, y en que vinimos a la luz de la vida; como quiera que entonces resbalaron los días de nuestra adolescencia, y aunque turbulentos y agitados, es imposible divorciar de ellos sensaciones de complacencia melancólica, y miradas afectuosas retrospectivas.

Fuera de los excesos abominables, que nunca serán bastantemente condenados; respecto de muchos períodos tranquilos y bonancibles de aquel tiempo, ni nos sentirnos enamorados del orden más aparente que firme, que se confundía a veces con el bienestar, ni sistemáticamente hemos de condenar todo aquello, habiendo sufrido tanta decepción, en cuanto a las cosas y a los hombres, en el curso de los últimos cuarenta años.

Nuestro globo miserable jamás llegará a ser un paraíso, y la humanidad fluctúa perpetuamente entre extremos dolorosos, tocando en la senda del crimen y del error. Los amigos de lo tradicional absoluto guardan alguna indulgencia para esa obcecación o fanatismo que paralizaba a la generación de nuestros abuelos; pero, a la vez con las trazas de aquel inmóvil quietismo que repugnaba a hombre sensatos y rectos, enemigos de la rutina, veían cierta trabazón robusta, más disciplina en las varias categorías sociales, menos orgullo autonómico en las masas, no tanta pretensión ambiciosa y petulante en los individuos, ni tantos crímenes y atentados, y menor distancia de los eternos fundamentos del orden público, y de lo que un célebre Ministro llamó asiento moral.

Y acaso es cierto que los fantasmas del porvenir no eran tan aterradores, que estaba más claro y preciado para todos el panorama de la fortuna propia, y aun se sentía más ardiente y viva fe en los progresos y mejoras, a poca cooperación que prestasen la calma del tiempo y el reposo de las banderías, cuya rectitud de propósitos tuercen ambiciosos y sofistas. Los de opuestas doctrinas tienen razón también cuando aseguran que aquellos días nefastos y tumultuosos de la reacción absolutista, las persecuciones, apaleamientos, escarnios personales y violaciones de domicilio, la venganza organizada, la intolerancia, la supicacia avizadora y tantas pruebas de férreo despotismo ejercido por un Rey sin generosidad y por unas turbas sediciosas, con símbolos y banderas especiales, y que se imponían a un Gobierno que debió romper tan humillante yugo; imprimieron tal estigma de horror y descrédito en el sistema y régimen arbitrario de aquellos días, que nada ha podido ser más eficaz para hacer aborrecibles las formas desembarazadas de la antigua Monarquía española, que aquellos desafueros imperdonables, y aquellos ataques a la justicia, a los derechos civiles y a la tranquilidad común.

Ellos bastan a neutralizar en las almas pacíficas, alejadas del teatro de la política, inaccesibles a los alicientes del engrandecimiento.., privado, que por temperamento odian el escándalo de discusiones estériles, que reprueban la invasión de la ignorancia en las esferas la gobernación, y que se inclinan a amar el silencio el orden de tiempos pasados, siquiera fuese funeral y sirviese de cubierta a profundos e inveterados males, el afecto a esa constitución tradicional y negativa en que no había contrapeso, límites,ni balances para el ejercicio de las supremas magistraturás; a riesgo de venir a parar por necesidad de reacción y mudanza, progresivos hoy más que ayer, y mañana más que hoy, en manos de utopistas perversos o ciegos, explotadores de la rapacidad y fiereza de las muchedumbres, y que adulándolas y conmoviéndolas, terminan en regenerar el mundo con incendios, con devastaciones, con un mar de sangre y con destruir toda huella de las civilizaciones pasadas.

Cuando en lo últimos años, algún partido, en malas condiciones de dominación, no ha podido sufrir los embates de las opiniones, y se ha visto acosado por la manifestación enérgica y adversa de la opinión pública, no ha apelado a otro medio para vivir y obtener momentáneos tiempos, que a resucitar la abominable partida de la porra, copiando la ominosa institución y el nombre disonante de las hordas salvajes a que dió existencia y triste fama la ciudad de Córdoba en los días turbulentos de 1823. Va para medio siglo que aquellos pasaron: y en medio de los varios sucesos de una guerra dinástica y civil, de las alternativas de una revolución laboriosa, que ha trascendido a todos los modos de ser de la Sociedad española; puede afirmarse, que a pesar de los momentos de ansiedad en que los asilos y personas fueron violados, no ha transcurrido un período que en lo azaroso y triste, en lo subversivo de todo orden y justicia común pueda compararse a el año de 1823 en nuestra Córdoba.

Con tan amargo dejo hubieron de solemnizar su despedida las ideas, los sentimientos y las costumbres de nuestra Nación, y con un corte tan abrupto se hubo de cerrar el apéndice a la España del siglo décimo octavo, para dar comienzo, sin vigor cronológico, al siglo diez y nueve, fecundo en tan grandes trasformaciones, y adelantamientos científicos, mezclados con tantos retrocesos en el orden moral, en el concepto de los menos apasionados de su espíritu progresivo.

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Referencias

  1. El rumor que corrió de tal tentativa fué infundado, si bien, tratando de salir el Rey a visitar las vecinas Caballerizas, el centinela se limitó a prevenir al comandante de la guardia. Parece que el postigo era uno que caía hacia El Campillo, y que poco después quedó cerrado como se halla ahora. Bonoso era el apellido del centinela. (V. mis apuntes íntimos de junio de 1881).
  2. Se hizo también la ridícula farsa de enterrar, o mejor de lanzar al río el simulado cadáver de la niña de la constitución. Vistieron una muñeca de trapo, y multitud de zafios patanes, tiznados y harambelosos, con las imprecaciones de una grita infernal, la arrojaron al Guadalquivir por la Cruz del Rastro
  3. A este propósito cuenta un biógrafo del célebre actor don Carlos Latorre las angustias a que se expuso, cuando habiéndose proporcionado un pasaporte para volver a Madrid, ocultando su procedencia de nacional beligerante en la defensa de Cádiz, se disfrazó de fabricante de medias que pasaba a la corte con un mal pantalón azul, chaqueta del mismo color, sin pañuelo al cuello, en piernas y con alpargatas, y llevando al hombro un palo en que iba atravesado un lío de ropa. Así entró en Córdoba el 24 de Octubre, en que como día de S. Rafael, las calles estaban llenas de gente y de turbas armadas, ostentando cintas blancas y amenazando e insultando a los viajeros. Nunca a pesar de sus estudios escénicos posteriores, hizo La Torre un papel con más naturalidad, cuidado y buen éxito, que el de fabricante de medias en contacto con aquellos cordobeses furibundos.
  4. y su vanguardia el G. Bordesoulle (v. Segurlista. T. 25).
  5. Así se les llamaba como epíteto degradante.
  6. Dióse a luz Crónica a parte de estas procesiones en un romance anónimo de 28 columnas en 4.°, de que entendemos haber sido autora una Musa monjil: Doña Ana Jesús de Peñaranda, natural de Cádiz. Era religiosa franciscana de Santa Inés.—Resumen y síntesis de su prolija narración, curiosa bajo cierto aspecto, con las líneas siguientes: Demos gracias al Eterno Padre y señor poderoso, justo, compasivo y tierno, que nos ha dejado ver en el hispano emisferio lo que parecía imposible. Constitución no tenemos; quiera el Señor para siempre sepultarla en el Averno. Para juzgar el perjeño de esta nueva Reswhita, baste saber que felicitando en cierta ocasión a un Padre grave de su Orden que vestía hábito del mismo color, decía sandiamente: Porque en viendo un jopo azul, el juicio todas perdemos.
  7. Tiro casi racional llanta un escritor festivo al de las personas que arrastran carruajes. También son alusivos a este obsequio los versos satíricos que aplicó a su pueblo natal cierto satírico (¿Villergas?, de años anteriores; y son: Tanto quisieron tirar del coche del Rey Fernando los realistas de un lugar, que segura de trepar iba la Reina temblando. ¡Alto!, Fernando exclamó: más como iban desbocados y nadie le obedeció, gritóles furioso: ¡Só!, y se quedaron clavados
  8. El Rey confirmó la sentencia de la muerte de Riego presentada por Don Víctor Sáez en la noche de su tránsito en Villa del Río, y conservaba la pluma, no ha mucho, Doña Inés de Prado, Marquesa de Blanco Hermoso (Según Don Féliz G. de Canales, 3 Febrero 1872).
  9. Mesonero, Memorias de un setentón, páginas 256 íd. 346, continuación; de la época. Cual allá los de Córdoba valientes Lanzándose a la lanza diligentes vuestro carro magnífico arrastraban y los que no podían le empujaban. Palabras textuales de la «Gaceta de Madrid». La Ilustración Española y Americana, número 12. Marzo 30, 1873.—composición satírica de Mesonero (página 230). Página 36. El mismo Mesonero, número 21 de la Ilustración, de 8 de Junio, habla de purificaciones y otros puntos curiosos de la época. Los indefinidos militares fueron otros proscritos de entonces. En 21 de Agosto de 1825 representó el Ayuntamiento de Córdoba al Rey pidiendo se confiase a Jesuitas el Colegio de la Asunción. V. «La Historia de la Regencia de Cristina», por Pacheco. (Mis apuntes Diciembre 1873). Si hubiese de imprimirse alguna vez este opúsculo Córdoba en 1823, podrían verificarse o ampliarse algunos puntos, incorporarse al texto ciertas anotaciones y añadirse otras nuevas. Los recuerdos de un Anciano, de Alcála Galiano y las Memorias de un Setentón, de Mesonero Romanos, son estudios análogos a éste, y muy dignos de consultarse; como producto de tan superiores y amenos escritores. En la otra Olózaga, se dice que un capuchino acaudilló la partida 'de la porra. (Página 138)
  10. Se sacó esta suma respetable del caudal de la Fundación destinada a la orquesta, que se llamaba Arcas de San Acasio y Santa Inés. Este caudal hubo de entregarse, años adelante, al Estado, (hacia el 1842): con poco fundamento legal y menor justicia, según algunos, a diferencia de otras muchas Catedrales donde se conserva la música para esplendor del culto. En la supresión de la Capilla influyeron como miedosos políticos o tibios dilettantis los Canónigos Señores Ubillos. También hemos oído a un amigo nuestro, recientemente, y creémosle bien informado, la siguiente anécdota. En la ocasión del regreso triunfal de Fernando, se presentó a cumplimentarle el Obispo Sr. Trevilla. Pasaba éste por algo liberal, para lo que bastaba, no pensar ni sentir como el P. Vélez o D. Víctor Sáez. Figurósele a nuestro Prelado que S. M. le había recibido con un tanto de reserva o ceño, y a fuer de hombre de mundo, se le ocurrió el pensamiento, como lo hizo, de enviar al Monarca una bandeja llena de monedas de oro: las que tuvieron, en efecto, la virtud de desarrugar la frente del augusto personaje. El caso, si non e yero, puede calificarse de ben trovato, como conforme con una de las diversiones que más le solazaban a aquel Rey, y era la de apilar y remover, a brazo remangado, tales medallas y numismas, en los grandes cajones o cómodas en que las atesoraba
  11. Tomado de la obra titulada Observaciones varias sobre la Revolución de España.
  12. Don Rafael de Soto, Beneficiado de Santa Marina.
  13. Firmábanla José Alfaro, José Guajardo, Juan de Dios Gutiérrez Rayé, Diego Montesínos, Juan Ramón Valdelomar, Federico de Bernuy, Rodrigo Fernández de Mesa, Juan de Dios Aguayo y Bernuy; Por la Diputación del común, José Mir Martínez, Síndico Personero; Por el Cabildo de Jurados, su Alcalde José Martínez Castejón; Francisco Morente, Escribano mayor de Cabildo.
  14. Acaso una de ellas fué un joven de excelentes modales y amenísimo trato que comenzó así su carrera pública, después conocido como diarista, polemista festivo e ingenioso escritor de costumbres, dramático y economista. Hablamos de D. Antonio María Segovia, célebre con el seudónimo de «El Estudiante».
  15. D. Luís M. Ramírez de las Casas-Deza
  16. A principios de aquel año había escasez de trabajo y de subsistencias. Los trabajadores o jornaleros solían agruparse en actitud amenazadora para la tranquilidad pública. Aparecieron pasquines incitantes, cuyo recurso habían ensayado cobarde y repetidamente los perturbadores en provecho propio
  17. Bajo otro respecto se relaciona el nombre de nuestra ciudad a los acontecimientos de aquellos días. Apurada la Corona por falta de recursos para el viaje regio a Cataluña, el Ministro Calomarde arbitró, entre los extraordinarios esta Orden con un simple volante: «Pídase al Cabildo de Córdoba un millón».—Tanto han esquilmado a la Iglesia sus más fieles hijos hasta en la era del más neto absolutismo
  18. El cordobés don José de la Peña y Aguayo, natural de Cabra defendió con valor y habilidad a la desventurada doña Mariana Pineda, condenada al patíbulo en Granada. (Anaya. V. Lecciones de Elocuencia forense).

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