Santuario de Nuestra Señora de Linares

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El Santuario de Nuestra Señora de Linares pertenece al término múnicipal de Córdoba, situado a 6,2 km. del municipio.

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Se considera el más antiguo de los alrededores de Córdoba por haberse fundado tras la conquista de la ciudad por Fernando III.

Al dirigirse este monarca hacia Córdoba, acampó con sus tropas en las inmediaciones del lugar que hoy ocupa la ermita y se cuenta que, con objeto de animar a sus soldados, llevaba siempre consigo una imagen de la Virgen que colocaba en el arzón de la silla de su caballo durante las batallas, imagen que situó en una torre o atalaya que existía en aquel lugar.

Tras la conquista de la ciudad, la imagen se mantuvo allí, bien como recuerdo o bien por considerarla más segura por encontrarse aún Córdoba rodeada de poblaciones dominadas por los árabes, dando origen a la creación del Santuario.

Se desconoce el origen del nombre, aunque se atribuye a que Fernando III tomase la imagen al pasar por Linares, o fuese este el apellido del capellán a quien estaba confiada.

Al aumentar la devoción de los cordobeses, con sus donativos y los del Obispo don Lope de Fitero y el Cabildo Catedralicio se construyó una iglesia ante la torre, que quedó así constituida como capilla mayor de la nueva construcción.

Todos los años por mayo se celebra la Romería de la Virgen de Linares donde participan los devotos romeros, dándole grandeza, alegría y castizismo las Peñas Cordobesas.




La iglesia en el año 1863[1]

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La iglesia es pequeña, en forma de crucero, y además del altar mayor, donde está la Virgen, que es de talla con el ropaje dorado y vestida encima, hay otros varios altares dedicados a Jesús Nazareno y Nuestra Señora de los Dolores, imágenes de vestir que hace siglos tuvieron hermandad, que en las Semanas Santas costeaba un sermón de Pasión y andaba el vía crucis en el monte de enfrente, que desde entonces se llama de Jesús; San Rafael, escultura que estuvo en su iglesia del Juramento hasta que don Alonso Gómez hizo la que hoy ocupa el altar mayor; San José, también escultura, de mucho mérito, obra del padre trapense Welber, y donada al santuario por don José Sánchez Sandoval hacia 1820; figura que el Niño está durmiendo y que el santo está imponiendo silencio a varios ángeles para que no turben su sueño; y por último. San Fernando, obra del escultor don Lorenzo Cano, costeado por don Bartolomé Olivares y otros devotos, los que al verla terminada la llevaron a la iglesia de San Francisco, donde le hicieron una novena que principió el 6 de mayo de 1804, y terminada ésta, lo trasladaron al lugar en que se encuentra.
Además vemos allí varios cuadros, algunos de mérito, entre ellos otro San Fernando, donado por doña Antonia Rodríguez en 1799; San Lorenzo, a cuya feligresía corresponde; San Francisco, que es el mejor; San Acisclo y Santa Victoria. En la sacristía encontramos el milagro o exvoto de don Gonzalo Serrano, ya referido al pasar por la calle de la Pierna, y tres sillones para el altar mayor, procedentes del suprimido monasterio de San Jerónimo, los que por su estructura nos hacen creer si les servirían a los Reyes Católicos en las veces que se hospedaron con aquellos monjes.
Las dimensiones de este edificio son: veintiséis varas de largo su fachada que mira a occidente; la capilla mayor o torre, hoy camarín, cuatro varas y media de fondo, y tres y tres cuartas de ancho en su entrada, y la nave catorce de longitud por cinco y tercia de latitud. A los pies y sobre la puerta tiene una pequeña tribuna.
El actual altar mayor se estrenó en abril de 1868, desapareciendo el antiguo y dejando tapado el primitivo nicho en el centro del muro de la torre, tal vez hecho cuando todavía el Santo Rey no había abandonado Córdoba la primera vez recién conquistada. Careciendo esta venerada imagen de oficio eclesiástico y misa propia, su ilustrado capellán e historiador fray Lucas de Córdoba, de la orden de San Francisco, y ya mencionado en nuestros apuntes, se las escribió en 1806, habiendo sido después aprobados, y por último, con fecha 2 de junio de 1867 se recibió una bula de su santidad Pío IX agregando esta iglesia de Nuestra Señora de Linares a la basílica de Santa María la Mayor de Roma, para que los que la visiten gocen de sus innumerables indulgencias, además de las que a ella tenían concedidas muchos ilustrísimos prelados.

Referencias

  1. Teodomiro Ramírez de Arellano. Paseos por Córdoba.

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