Gonzalo Fernández de Córdoba (El Gran Capitán)

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Gonzalo Fernández de Córdoba (Montilla, 1 de septiembre de 1453 — Loja (Granada), 2 de diciembre de 1515). Fue llamado el Gran Capitán por sus éxitos militares.

Dedicación

Militar español al servicio de los Reyes Católicos. Miembro de la nobleza andaluza (perteneciente a la Casa de Aguilar), hijo del noble caballero don Pedro Fernández de Córdoba, 5º señor de Aguilar de la Frontera y de la noble dama doña Elvira de Herrera y Enríquez (biznieta del Infante don Fadrique Alfonso de Castilla); y padre de Elvira Fernández de Córdoba Manrique.

Formación

Siendo niño fue incorporado al servicio de Enrique IV de Castilla como paje y, a la muerte de éste, pasó al séquito de la princesa Isabel. Fiel a la causa isabelina, inició la carrera militar que le correspondía a un segundón de la nobleza en la Guerra Civil Castellana y en la de Granada, donde sobresalió como soldado (sitio de Tájara y conquista de Illora), espía y negociador, se hizo cargo de las últimas negociaciones con el monarca nazarí Boabdil para la rendición de la ciudad. En recompensa por sus destacados servicios, recibió una encomienda de la Orden de Santiago, el señorío de Orjiva y determinadas rentas sobre la producción de seda granadina, lo cual contribuyó a engrandecer su fortuna.

Carrera militar

En 1495 fue requerido para una nueva empresa militar de sus soberanos, la intervención en la península Italiana. Desembarcó en Calabria al mando de un reducido ejército para enfrentarse a las tropas francesas que habían ocupado el reino de Nápoles, sobre el que Fernando de Aragón tenía aspiraciones. Maniobrando con gran habilidad y tras varios éxitos entre los que se incluyen la larga marcha a la fortaleza de Alella (1496) que le permitió llegar oportunamente a combatir y que culminaron con la derrota y expulsión de los franceses, regresó a España en 1498, donde sus triunfos le valieron el sobrenombre de Gran Capitán y el título de Duque de Santángelo. En 1500 fue enviado a Italia por segunda vez con el encargo de aplicar, por parte española, el Tratado de Chambord-Granada (1500) que implicaba el reparto del reino de Nápoles entre los Reyes Católicos y Luis XII de Francia. Desde el principio se produjeron roces entre españoles y franceses por el reparto de Nápoles, que desembocaron en la reapertura de las hostilidades. La superioridad numérica francesa obligó a Fernández de Córdoba a utilizar su genio como estratega, concentrándose en la defensa de plazas fuertes a la espera de refuerzos.

El Gran Capitán derrotó en la batalla de Ceriñola al ejército mandado por el duque de Nemours, que murió en el combate (1503), y se apoderó de todo el reino. Mando Luis XII un nuevo ejército, que fue igualmente vencido a orillas del Garellano (1504), y los franceses hubieron de rendir a la plaza fuerte de Gaeta y dejar libre el campo a los españoles. Terminada la guerra, Fernández de Córdoba gobernó como virrey en Nápoles durante cuatro años, con toda la autoridad de un soberano; pero, muerta ya Isabel, se hizo el Rey eco de los envidiosos del general y, temeroso de que se hiciese independiente, le quitó el mando, aunque no está demostrado que le pidiese cuentas; sin embargo, Gonzalo, para justificar que lo que se decía de él no era cierto, presentó unas cuentas (se conservan en el archivo de Simancas) con tal detalle, que han quedado como ejemplo de meticulosidad en la lengua popular. Si es cierto, en cambio, que no cumplió a tan ilustre caudillo los ofrecimientos que le había hecho, pese a sus deseos de volver a Italia. Gonzalo, entonces, se retiró a Loja, donde murió en 1515.

El Gran Capitán fue un genio militar excepcionalmente dotado que por primera vez manejó combinadamente la infantería, la caballería y la artillería. Supo mover hábilmente a sus tropas y llevar al enemigo al terreno que había elegido como más favorable. Revolucionó la técnica militar mediante la reorganización de la infantería en coronelías (embrión de los futuros tercios). Idolatrado por sus soldados y admirado por todos, tuvo en su popularidad su mayor enemigo.

La reforma militar del Gran Capitán

Busto del Gran Capitán que se puede ver en el Alcázar de los Reyes Cristianos.

La combinación de las operaciones de combate permitió a Gonzalo Fernández de Córdoba, en el transcurso de las guerras de Italia, introducir varias reformas sucesivas en el ejército español, que desembocaron en el Tercio. La primera reorganización fue en 1503. Gonzalo creó la división con dos coronelías de 6.000 infantes cada una, 800 hombres de armas, 800 caballos ligeros y 22 cañones. El general tenía en sus manos todos los medios para llevar el combate hasta la decisión. Gonzalo de Córdoba dio el predominio a la infantería, que es capaz de maniobrar en toda clase de terrenos. Dobló la proporción de arcabuceros, uno por cada cinco infantes, y armó con espadas cortas y lanzas arrojadizas a dos infantes de cada cinco, encargados de deslizarse entre las largas picas de los batallones de esguízaros suizos y lasquenetes y herir al adversario en el vientre. Puso en práctica, además, un escalonamiento en profundidad, en tres líneas sucesivas, para tener una reserva y una posibilidad suplementaria de maniobra. Gonzalo Fernández de Córdoba facilitó el paso de la columna de viaje al orden de combate fraccionando los batallones en compañías, cada una de las cuales se colocaba a la altura y a la derecha de la que le precedía, con lo que se lograba fácilmente la formación de combate. Adiestró a sus hombres mediante una disciplina rigurosa y formó su moral despertando en ellos el orgullo de cuerpo, la dignidad personal, el sentido del honor nacional y el interés religioso. Hizo de la infantería española aquel ejército formidable del que decían los franceses después de haber luchado contra él, que “no habían combatido con hombres sino con diablos”.

Cuentas del Gran Capitán

El irresistible ascenso del Gran Capitán, sin embargo, acabó por despertar las (carentes de fundamento) suspicacias de Fernando el Católico, que se presentó, de improviso, en Nápoles. Las muy célebres «Cuentas» de Gonzalo Fernández de Córdoba, conservadas, hoy por hoy, en el archivo del Tribunal de Cuentas, son un buen indicio del desencuentro entre don Fernando y don Gonzalo; el cordobés, conminado a dar buena cuenta de sus dispendios ante los burócratas de Castilla, respondió como sigue:

Cargo.
Ciento treinta mil ducados remitidos por primera partida.
Ochenta mil pesos por la segunda.
Tres millones de escudos por la tercera.
Once millones de escudos por la cuarta.
Trece millones de escudos por la quinta.
Descargo.
Doscientos mil setecientos y treinta y seis ducados y nueve reales en frailes, monjas y pobres para que rogasen a Dios por la prosperidad de las Armas Españolas.
Cien millones en picos, palas y azadones.
Cien mil ducados en pólvora y balas.
Diez mil ducados en guantes para preservar a las tropas del mal olor de los cadáveres de los enemigos tendidos en el campo de batalla.
Ciento setenta mil ducados en poner y renovar campanas, destruidas con el uso continuo de repicar todos los días por nuevas victorias conseguidas sobre el enemigo.
Cincuenta mil ducados en aguardiente para las tropas en día de combate.
Millón y medio de idem. para mantener prisioneros y heridos.
Un millón en misas de gracias y Te Deum al Todopoderoso.
Tres millones en sufragios para los muertos.
Setecientos mil cuatrocientos noventa y cuatro ducados en espías […].
Cien millones por mi paciencia en escuchar, ayer, que el Rey pedía cuentas al que le ha regalado un Reino.

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Vídeo sobre la figura del Gran Capitán con las resumen de su vida

Bibliografía sobre el Gran Capitán


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