La taberna (Notas cordobesas)

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Artículo sobre las tabernas de Córdoba.


La taberna de Córdoba ha perdido el carácter típico, el sello especial que la distinguía de las tabernas de todas las demás poblaciones.

Hoy carece de aquella sencillez primitiva que le daba su mayor encanto; es, por regla general, un establecimiento lujoso, bien decorado, lleno de luces y hasta de espejos, ígual á todos los que hay dedicados al mismo comercio en el resto de España.

Antiguamente la taberna cordobesa hallábase instalada en una casa grande, que jamás carecía de patio, un patio de tapias bajas para que lo invadiera bien el sol; de piso formado por piedras menuditas; muy limpio, muy alegre, lleno de macetas de flores y de jaulas con pájaros.

El despacho no se parecía al de las demás tiendas: tras un amplio mostrador de pino, invariablemente pintado de color de caoba, hallábanse, á un lado, las viejas botas, unas sobre otras, que contenían el oloroso nectar de Montilla; al otro la ventruda tinaja del vinagre y la orza con las ricas aceitunas, y frente la estantería, azul con filetes rojos, repleta de frascos y botellas, á los que servían de fondo relucientes bateas de latón apoyadas sobre la pared; debajo de la anaquelería el medidor, tosca mesa cubierta de zinc, y en ella el echador, pintarrajeado barreño procedente de Andújar, que hoy buscan con interés las personas aficionadas á las antigüedades, y el jarro para vaciar por el embudo, análogo al echador.

En un rincón el diminuto estante con puertas de cristales, que contenía en una tabla los bolados para los refrescos y en la otra los libritos de papel de fumar y las cajas de fósforos.

Sobre el mostrador, en primer término, una panzuda jarra, también compañera, por sus labores, del barreño; la botella de las guindas y la salvilla con los vasos y las copas.

Colgados de la pared el embudo y las medidas; pendientes del techo varios manojos de lentisco para cazar las moscas y dos ó tres quinqués de reverbero que durante la noche iluminaban débilmente la estancia.

En una de las paredes, cerca del mostrador, hallábase el indispensable ventanillo, que aún conservan muchas tabernas, por el cual serviase á las personas que rehusaban entrar en el despacho.

Todas las habitaciones de la casa ostentaban, en la parte superior de sus puertas, una pequeña cortina roja, formando puntas, cada una de las cuales terminaba en una borla, cortina que, como dice muy bien un estimado amigo nuestro, era un pedazo de la gloriosa bandera de la Patria.

El mobiliario de dichas habitaciones consistía en varias mesas, pintadas lo mismo que el mostrador, y multitud de sillas, bastas y recias, de las llamadas de Cabra.

No decoraban entonces los muros vistosos carteles anunciadores de ferias y corridas de toros ni cuadros con cromos más ó menos artísticos, sino estampas hechas en la primitiva litografía malagueña de Mitjana representando episodios históricos, escenas taurinas ó retratos de los más célebres diestros de la antigüedad.

Lo único que no se ha modificado en nuestras tabernas con el transcurso del tiempo ha sido la denominación especial de las medidas. El sistema métrico-decimal no ha entrado en tales establecimientos.

Hoy, como ayer, se expende el vino por botellas, medios, vasos y medias y el aguardiente por copas y chicuelas, si bien el tamaño de las copas ha disminuido considerablemente, quedando casi relegadas al olvido las primitivas que ahora se designan con el nombre de clásicas.

Tampoco ha habido modificaciones en la original clasificación de los vinos, según su precio: siguen denominándose de veinte, de dieciseis y de doce, que eran los cuartos á que antiguamente se vendía el cuartillo.

En lo único que se advierte diferencia notable es en la calidad del líquido. La destrucción por la filoxera de los magníficos viñedos de nuestra provincia y los progresos de la química, no siempre útiles, son causa de que hoy no abunden, como antes, los riquísimos vinos de Montilla, que gozan de fama universal.

¡Quién no recuerda aquellos néctares deliciosos de las celebres tabernas de la Coja y la Cosaria!

En dichos establecimientos y en todos los que se hallaban en los barrios bajos de la población había vino de veinte que, según los buenos bebedores, era bálsamo. ¿A que obedecía esto? A que la clase pobre, moradora en tales barrios, sólo consumía el de doce y aquel hacíase viejo en las botas, adquiriendo un olor y un sabor riquísimos.

Hoy el de doce, por su inferior calidad, apenas tiene salida; en muchos establecimientos ni siquiera lo hay y todo el mundo recurre al de veinte ó, por lo menos, al de dieciseis.

No eran antes las tabernas de Córdoba, ni hoy lo son en su mayoría, y nos complace mucho declararlo, focos del vicio ni teatros de escándalos y pendencias.

Eran puntos de reunión de obreros, industriales y comerciantes que concurrían á ellas para pasar un rato con los amigos en amena charla, para cambiar impresiones sobre el trabajo ó para hacer algún negocio.

Poco antes de mediodía las tabernas llenábanse; el pueblo iba á tomar las once, lo que hoy llamamos el aperitivo, para comer á las doce y acostarse á dormir la siesta después de cerrar las puertas de las casas, costumbre patriarcal que paralizaba la vida de la población durante un par de horas en aquellos tiempos, mucho mejores que los actuales, en que el piso de nuestras calles estaba cubierto de yerba.

Muy rara vez se registraba una cuestión seria ó un accidente desagradable en la taberna; todo quedaba reducido á la discusión interminable de dos piconeros tras de haber apurado una infinidad de medias ó al alboroto del Zapatero largo y la Cumplía que iban, invariablemente, á dormir la mona en el Galápago.

Como en aquellos tiempos no se trasnochaba, los lugares de reunión á que nos estamos refiriendo cerrábanse temprano y se abrían antes de que las interminables recuas de hermosos burros cargados de costales llenos de trigo despertasen con su cencerreo al vecindario.

Los taberneros, hombres por regla general robustos, eran cordobeses chapados á la antigua, de buen carácter, de paciencia sin limites y de intachable honradez, aunque nunca ha faltado quien murmure que les gustaba bautizar el vino.

No por eso dejaban, alguna que otra vez, de jugar malas partidas á ciertos parroquianos, como lo demuestran los dos casos siguientes con que ponemos fin á estas notas.

Una tarde del mes de Julio penetraron en una taberna dos segadores, con las fauces abrasadas por el calor; pidieron dos chicuelas de aguardiente y como vieran, mientras se las servían, unas enormes jarras, limpias y sudorosas, colgadas en el patio, abalanzáronse á ellas y de un solo trago apuraron su contenido.

Después bebieron las chicuelas y, al preguntar al tabernero qué le debían, aquel contestó con gran calma: por el aguardiente nada, por el agua dos pesetas.

Protestaron los segadores, pero al fin tuvieron que pagar la suma que se les reclamaba, en virtud de los razonamientos del tabernero: todas las tardes reuníanse allí varios amigos que iban, no precisamente por el vino, sino por el agua de las jarras, y cuando se presentasen aquel día y las encontraran sin el fresco líquido, de seguro no harían su gasto corriente, que era de ocho ó diez reales.

El dueño de otra taberna, individuo que fué muy popular, hallábase en cierta ocasión desesperado porque no entraba un alma en su establecimiento.

Una noche presentóse, al fin, un parroquiano, portador de una soberbia curda; sentóse ante una mesa, pidió un medio, bebióselo y se quedó dormido.

El sueño iba haciéndose demasiado largo y el tabernero tuvo una idea feliz: fué á la cocina, cogió varios platos de los que le habían servido para su comida, todavía con las sobras de las viandas, y los llevó á la mesa del borracho.

Al despertar este, algunas horas después, llama al tabernero, entrególe los ocho cuartos, importe del medio, y se dispuso á proseguir su interrumpida marcha, pero el amo del establecimiento le detuvo, diciéndole con simulada extrañeza: ¡qué me da usted aquí, sólo el importe del vino! Y la cena ¿quien la paga?

-¿Qué cena? exclamó estupefacto el parroquiano.

-¡Pues la que se comió usted antes de dormirse! ¿No se acuerda y todavía tiene ahí los platos?

El pobre hombre miró con asombro aquellos restos de comida; quiso, en vano, recordar la escena del fantástico banquete, y acabó por entregar á su interlocutor los diez reales que le exigía.

Pero salió preguntándose á sí mismo: ¿qué habré comido yo de tan poco alimento que tengo el estómago como si estuviera en ayunas desde esta mañana?


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