La llegada del Cine a Córdoba

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La llegada del cine a Córdoba.

El cine comienza el 28 de diciembre de 1895, fecha en la que los hermanos Lumière proyectaron públicamente unos cortos referidos a la salida de obreros de una fábrica francesa en Lyon, la demolición de un muro, la llegada de un tren y un barco saliendo de un puerto. Luis Lumière dijo: '“Mi invento no tiene ningún valor comercial”. Verdaderamente no pudo vanagloriarse de ser un profeta.

En Córdoba tampoco se creyó en el provenir del cine al instalarse la primera barraca de cine. Fue el 14 de junio de 1903 cuando se proyectó la primera sección de cine en un barracón instalado en los llanos de la Victoria, llamado Salón de la Rosa. Con capacidad insuficiente fueron pocos los cordobeses que vieron por primera vez aquel invento que estaba llamado a revolucionar el divertimento y la comunicación.

Al año siguiente, con motivo de la Feria de Mayo, se instaló en el mismo paseo, en el lugar que hoy ocupa el monumento al Duque de Rivas, otro barracón más amplio que pomposamente se anunciaba: “Cinematograph. –Proyecciones electroluminosas- Salón luminoso cinematograph”.

El empresario Antonio Cantó ofreció a los curiosos y expectantes cordobeses los primeros cortos, cuyos argumentos consistían en carreras pedestres y algún ladrón perseguido por la gendarmería, produciéndose con ese motivo ingenuas incidencias que producían la risa del público. El llamado “Salón” no era nada más que una barraca de lona con piso terrizo, en el cual se montaban rudimentarios bancos de madera para sentarse de una forma incómoda y nada decorosos, existiendo una separación en forma de barrera entre la entrada general y la preferente que ocupaba las primeras filas.

Esta segunda vuelta del “cinematograph” tuvo muy buen éxito, tanto que el empresario consiguió buenos beneficios, no obstante la baratura de las entradas que estaban valoradas en cinco céntimos la general y quince la preferencial.

En el año 1906 fueron tres los cinematógrafos que se instalaban en la Feria Cordobesa, donde se incorporaba en la puerta del salón una orquestina mecánica con figurillas móviles y musicales que servían de reclamo, las gentes se quedaban como hipnotizadas al ver tan llamativo encanto. Las instalaciones habían mejorado siendo más adecentadas y en las que la preferencia se distinguía por incorporar sillas de enea.

Uno se llamó “Cinematógrafo Lorens”, otro “El Pascualini” y el tercero “El Imperial Bioscop. Pabellón Modernista”. Este último regentado por Antonio Ramírez de Aguilar. Para la mejor explotación del boyante negocio los empresarios llegaron al acuerdo de instalarse de una forma estable en varias capitales andaluzas. A tal efecto, Lorens se fue a Sevilla, Pascualini le tocó Málaga y Ramírez se quedó en Córdoba.

El empresario Antonio Ramírez, instaló el tan lucrativo negocio en unos solares del paseo de San Martín, hoy avenida del Gran Capitán, lugar donde estuvo posteriormente el Banco de España, llamándose Salón Ramírez. Era un amplio barracón de madera y lona mucho más confortable, y en el que se alternaban las funciones varietés con las de cine. Se proyectaban cortos de cine mudo que eran amenizados musicalmente con un piano y donde un guionista iba con un puntero explicando las escenas de dichos corto cómico que tenían entre otros como protagonista a “Charlot”.


Como todo en la vida, con el paso del tiempo el cine evolucionó, llegándose a proyectar películas de “largo metraje” donde los temas eran muy diversos. El público iba con más conocimiento de causa para admirar lo artístico y cultural. Nuestros abuelos y bisabuelos disfrutaron con aquel cine de primeros del siglo XX lleno de chispeante ingenuidad y que forma parte de una historia casi olvidada.

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