Sancha Carrillo

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Sancha Carrillo


Nace en Córdoba en 1512, religiosa, hija de los nobles Luis Fernández de Córdova de la rama de los señores de Guadalcázar y Luisa de Aguilar. Esta doncella de diez y ocho años de gran belleza y hermosura cambia su vocación de ser llamada a la corte como dama de la reina Isabel de Portugal, esposa de Carlos V, por el cilicio y la penitencia al tener una conversión con motivo de oír al apóstol de Andalucía Juan de Ávila. Llegó a tener dirección espiritual con él, alcanzando grandes virtudes de santidad.

No bastaban sus penitencias, rigurosos ayunos y largas vigilas, sino que al tener la premonición de la fecha de su muerte pide al Señor le conceda el ser arrastrada como martirio, tuvo la revelación de Cristo que así sería. Muere Sancha Carrilo en Écija el 13 de agosto de 1537 a la edad de veinticuatro años . A partir de estos datos, ocurrieron los siguientes hechos reales o contados como leyenda.

“Llegada su hora postrera no había ocurrido el acontecido que ella pidiera. Púsose en marcha su entierro, para traer su cuerpo desde Écija en comitiva fúnebre. Llegó a Córdoba a la una de la noche, y pasado el puente, en el Triunfo estaban los frailes de San Francisco con velas encendidas cantando el oficio de difuntos, cuando asombrándose de ella las mulas que tiraban de la litera fúnebre, apartaron a correr y, en la veloz carrera, el cuerpo de la dama, no obstante venir en una caja bien trabajada, fue llevada a la rastra, dando tumbas de piedra en piedra –rota en astillas la cabecera del ataúd- por toda la Pescadería, Cruz del Rastro, calle de la Feria y Compas o Patios de San Francisco, donde las acémilas mismas, sin guías, se pararon. Tornaron nuevamente a compañarla en su féretro y así la bajaron al sepulcro de sus mayores donde muchos tiempo estuvo saliendo a toda la iglesia de San Francisco, un suavísimo olor celestial…


El historiador cordobés Padre Martín Roa J.S. en años posteriores escribió su biografía donde recoge lo siguiente:

“Llevó la cabeza fuera de la caja, sonrosado el rostro, como sudando la frente, sin que el cuerpo hubiera recibido daño alguno en la ofensa…”:

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