Aguilar de la Frontera (Rincones de Córdoba con encanto)

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Los pueblos
Rincones de Córdoba con encanto
Francisco Solano Márquez (2003)
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Aguilar de la Frontera / El abrazo de la plaza ochavada

La ruta del encanto aguilarense comienza en la Cuesta de Jesús, una agradable rampa festoneada de naranjos, cómo no, que partiendo de la Plaza Vieja escala la colina hasta la parroquia de Nuestra Señora del Soterraño (es decir, subterráneo), advocación con sabor a castellano antiguo de una Virgen que, según la leyenda, apareció bajo una bóveda en 1530. La fachada del lado de la epístola se despliega panorámica en la meseta superior de la cuesta, y en ella llama la atención del viajero la portada de finísima labor plateresca, una joya, que eclipsa totalmente a otra barroca procedente de la antigua ermita de San Antonio Abad. Entre ambas, y protegido por una sencilla verja cuadrangular, se alza el triunfo a la Inmaculada, conmemorativo de la proclamación del dogma en 1857. Por encima del tejado asoma el modesto campanario de planta octogonal.

Interiormente sorprende la magnificencia gótico-mudéjar del templo, erigido en el primer tercio del siglo XVI gracias al mecenazgo de Catalina Fernández de Córdoba, marquesa de Priego, con intervención de Hernán Ruiz I, que en las centurias siguientes fue enriqueciéndose con capillas, entre las que sobresalen las del Sagrario y la Inmaculada, del XVII y, sobre todo, la de Jesús Nazareno, ya dieciochesca, que el profesor Rivas Carmona considera “uno de los principales conjuntos barrocos de la provincia”.

El segundo espacio con encanto que Aguilar regala al viajero se centra en la plaza octogonal de San José y su entorno. Pero el agradable paseo hasta ella está jalonado de hermosas casas señoriales y otras bellezas que no pasarán desapercibidas ante los ojos del observador atento. Así, en la calle Arrabal hay que ver las fachadas de las casas números 13, o de las Cadenas, 11 y 5. “Es para verla por dentro”, comenta una señora al pasar. Y enseguida desemboca la calle en el cuidado paseo de Agustín Aranda, que los aguilarenses siguen llamando Llano de las Coronadas, por el convento de clarisas de Santa María Coronada que hasta finales del siglo XIX se alzó en el lugar. Conserva el viejo quiosco de la música y un hermoso conjunto de palmeras.

Prosigue el camino por la calle Moralejo, el mejor escaparate de casas señoriales. Aunque algunas ya desaparecieron lamentablemente, cuando no existía normativa protectora –y fueron reemplazadas por edificios poco respetuosos con el entorno–, y otras permanecen cerradas, presagio de paulatino deterioro, aún se puede admirar una docena, muchas de ellas blasonadas; así, en la acera de los pares conviene detenerse ante los números 52, 38, 34, 32, 28 y 24, mientras que en la de los impares llaman la atención los números 29, 15, 11 y, ya en la calle dedicada al poeta Vicente Núñez, la que ostenta la imagen de Santiago matamoros en una hornacina.

Hacia su mitad, la calle Moralejo se ensancha para formar una placita triangular, espacio que realza la presencia de la iglesia conventual de San José y San Roque, popularmente conocida por las Descalzas. Si está abierta porque sea hora de culto, no debe el viajero pasar de largo, pues es como un recargado relicario revestido de pinturas y exuberante decoración barroca que no da tregua a los ojos.

Cualquiera de las dos calles que se abren por la izquierda de Moralejo –Granada y Mercaderes– conduce a la plaza octogonal de San José, proyectada en 1806 sobre un altozano por un terrateniente ilustrado, Juan Vicente Gutiérrez de Salamanca y Fernández de Córdoba, con destino a mercado y celebraciones. Mide su superficie 2.964 metros cuadrados, y su perímetro 198 metros, organizado en forma de polígono regular de ocho lados, cada uno de los cuales da lugar a un módulo de tres alturas que comprende tres casas. Y aunque a primera vista parezca monótona, observará el viajero que los módulos responden a cuatro diseños diferentes, que se alternan, salvo el del arco central y el de la fachada del Ayuntamiento, el más singular.

La plaza de San José es un blanco y envolvente abrazo que traslada al viajero a la época de la Ilustración. Pero su belleza incomparable sucumbe, ay, a los automóviles, que la convierten en vulgar aparcamiento. Un disparate de fácil rectificación si así se lo propone la autoridad competente, anteponiendo el idealismo del disfrute estético al pragmatismo de la necesidad utilitaria.

Si se ingresa en la plaza a través del arco de la calle Ipagro –nombre primitivo de Aguilar– se apreciará asomada sobre los tejados la cercana torre civil del Reloj, su complemento arquitectónico, construida en ladrillo en 1774 con arreglo al proyecto de un joven Juan Vicente Gutiérrez de Salamanca, el mismo autor de la plaza, inspirado en modelos sevillanos.



Referencia

  1. MÁRQUEZ, F.S.. Rincones de Córdoba con encanto. 2003. Diario Córdoba

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