Siglo XIX

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Artículos en Cordobapedia relativos al siglo XIX

Siglo de guerras

El siglo XIX fue un siglo convulso para España y no menos para la ciudad de Córdoba. Fue el siglo donde se transicionó desde el Absolutismo hacia la modernidad que trajo no sólo el parlamentarismo sino también la progresiva modernización de la sociedad fruto de la llegada de la Revolución Industrial, los medios de comunicación y los transportes. Esta transición trajo consigo 5 diferentes guerras en las que 3 tuvieron como uno de sus principales escenarios la ciudad de Córdoba: Guerra de la Independencia en Córdoba (1808-1812), I Guerra Carlista de 1836 así como la Revolución de 1868. En Córdoba combatieron defensores de la legalidad vigente contra aquellos que querían cambiar el orden o viceversa. Especialmente fueron cruentos para la población civil el saqueo de Córdoba durante la invasión francesa así como los acaeceres ocurridos durante el año 1836 y la invasión carlista de la ciudad.

Desde un punto de vista militar, la ciudad sufrió dos batallas en la misma ubicación Alcolea, tanto bajo la Guerra de la Independencia como durante la

A principios de siglo XIX, los franceses ocupan Córdoba en 1810, tras la Batalla de Alcolea, durante la Guerra de la Independencia.

La principal herencia de la invasión francesa fue el intento de modernización de la ciudad herencias que la invasión francesa dejó en la ciudad, fue el intento de modernizar Córdoba. Así durante la estancia francesa en Córdoba se produjeron diferentes reformas urbanas y algunas administrativas en la ciudad. Así encontramos la creación de la Academia de Ciencias, Bellas Letras, y Nobles Artes, construcción de diferentes cementerios, inaguración de los Jardines de la Agricultura, el trazado del primer plano de Córdoba de 1811, así como un proyecto de navegabilidad del río Guadalquivir.

El día 7 de marzo de 1820, el General Riego entra en la ciudad de Córdoba con más de 300 sublevados que habían proclamado a principios de enero, la llegada de Trienio Liberal. Al día siguiente éstos marcharon rumbo al este.


Población de Córdoba

  • ~ 1800: 40.000 habitantes
  • 1834: 40.296 habitantes
  • 1842: 41.976 habitantes
  • 1857: 42.909 habitantes
  • 1900: 58.275 habitantes

Infraestructuras

Alumbrado Público

El alumbrado público comienza a organizarse en el año 1831. Mediante una Real Orden, se organizaba el alumbrado público de los 713 faroles y 221 reverberos alimentados con aceite. En 1841, se había aumentado hasta 954 farolas y hacia 1850, el alumbrado llega al Campo de la Verdad, con la instalación de 43 faroles. En 1865, se da inicio a la iluminación mediante petróleo, mediante la instalación de 903 reverberos. En 1870, comienza el alumbrado por gas.

Sin embargo, el proceso de implantación de alumbrado por gas no fue rápido, ya que hasta 20 años después, se tiene constancia de la subasta de la utilización de petróleo para el alumbrado público. Fue en el año 1893 cuando hizo acto de presencia la electricidad en la fábrica de harinas de Santa Cándida y San José y la a Compañía Cordobesa de Electricidad. Es en el año 1895, cuando la primera empresa de electricidad y encargada del suministro, se instala en la ciudad y comienza a ofrecer sus servicios de electricidad en el Barrio del Espíritu Santo.


Obra del Murallón del Guadalquivir

Conocida popularmente como la obra del Murallón, esta la obra tenía como objetivo el proteger la ciudad de Córdoba del paso del río Guadalquivir por Córdoba. Aprobado en el año 1792 la construcción del murallón entre el Molino de Martos y la Cruz del Rastro, no se comenzó el mismo hasta el año 1802, aunque la invasión francesa del año 1810 y la grave situación política y económica de la época, retrasaron hasta mitad del siglo la continuación de las obras que apenas habían defendido a la ciudad de Córdoba.

Paseo de la Ribera (años 1830).jpg

Fue el alcalde, el Duque de Hornachuelos el que revitalizó el proyecto de la obra del Murallón, para la finalización de esta fase del obra. En 1854, tras la finalización del murallón como tal, se centró la atención en la adecuación y ampliación entre el Molino de Martos y la Cruz del Rastro del nuevo Paseo de la Ribera.

Parques y Jardines

La proyección del Paseo de la Victoria a finales del siglo XVIII, tuvo como consecuencia la necesidad de la creación de espacios ajardinados fuera de los cascos históricos para uso y disfrute de los ciudadanos.

De esta manera se planteó la creación de los Jardines de la Agricultura por parte del alcalde Badía y Leblich, siendo inaugurados estos en 1811. Posteriormente el Ayuntamiento adquirió estas tierras en 1866 para la creación de este Jardín que aún hoy en día perdura.

Asímismo, el campo de la Merced fue otro espacio de esparcimiento de los cordobeses durante gran parte del siglo XIX.

Recinto Amurallado

La segunda mitad del siglo se tradujo en una progresiva demolición de las puertas y murallas de la ciudad que rodeaban a la ciudad desde hacía más de 19 siglos. El perímetro amurallado de la ciudad de Córdoba se va destruyendo. Estos derribos tienen que ver con la corriente europeísta para liberar a las ciudades de todo tipo de murallas y recintos cerrados con el objetivo de hacer ciudades más higiénicas.

Administración de Córdoba

En las ordenanzas municipales del año 1884, se detalla minuciosamente la organización y administración de la ciudad, que regió ésta hasta bien entrado el siglo XX. Estas ordenanzas se dividen en seís Títulos: Gobierno y Administración de la Ciudad; Protección y Seguridad Personal; Higiene Pública; Abastos; Comodidad, Ornato y Construcciones; Policía Rural.

Estas ordenanzas deciden la división administrativa de la ciudad en ocho distritos:

  • 1er Distrito: Parroquia del Sagrario, Santa Iglesia Catedral
  • 2º Distrito: Parroquia del Espíritu Santo y barrio del Alcázar Viejo
  • 3er Distrito: Parroquia de San Juan y San Nicolás de la Villa
  • 4º Distrito: Parroquia del Salvador y San Miguel
  • 5º Distrito: Parroquia de San Pedro y San Nicolás de la Axerquía
  • 6º Distrito: Parroquia de la Magdalena y Santiago
  • 7º Distrito: Parroquia de San Lorenzo y San Andrés
  • 8º Distrito: Parroquia de Santa Marina y Campo de la Merced

Economía

Artículo principal sobre la economía en la Córdoba del siglo XIX

La economía de la ciudad de Córdoba en el siglo XIX siguió siendo eminentemente agrícola, no siendo hasta ya finales del siglo XIX cuando despunta algo la creación de un débil tejido industrial localizado extramuros de la ciudad (Barrio de las Margaritas, avenida de Ollerías y actual barrio de la Fuensanta). Como ejemplo de la debilidad de esta industria decir que a mediados de siglo Córdoba contaba con 9 fábricas de sombreros, 3 de ceras, 34 de jabón blanco, 4 de paños y bayetas, 11 lienzos de lino, 6 de seda, 6 de curtidos, 7 de almidones, 2 de jabón duro, 86 joyerías, 38 molinos de aceite y 13 de harina.

Industria

La llegada de la revolución industrial a la ciudad de Córdoba se debe a José Sánchez Peña. La llegada da la máquina de vapor y su instalación en la fábrica de sombreros en la antigua cárcel de la Plaza de la Corredera, fue el pistoletazo de salida para esta revolución. La fábrica fue inaugurada el 23 de agosto de 1846.

En el mismo campo industrial, proliferaron las fábricas de paños que fueron una de las industrias más boyantes que tuvo Córdoba en la segunda mitad del siglo XIX contando con seis fábricas de paños importantes repartidas por la ciudad. En el último tercio del siglo XIX, la existencia de otros paños, la competencia de nuevas telas como el algodón o la lana, así como la superior industralización de la industria catalana, hizo que poco a poco el sector industrial que empleaba a cientos de trabajadores en Córdoba se fuera extinguiendo.

Por otra parte, el último cuarto del siglo XIX, en la zona de Las Margaritas algunos empresarios abrieron sus negocios instalando fábricas de materiales de construcción, así como para la elaboración de jabones mediante la extracción del aceite de orujo, propiedad ésta última de Joaquín de la Torre y Compañía. Por otra parte, la actual Avenida de Ollerías acogió varias fábricas en este siglo como la fábrica de jabón, que durante más de tres generaciones, produjo jabón, y que fueron posteriormente reconvertidas en las Fundiciones Alba, fundada por Bernardo Alba Romero, donde durante las tres generaciones anteriores, había existido una fábrica de jabón.

Otra de estas fábricas importantes a finales del siglo XIX fue la Fábrica de Cristal, llegando a ser uno de los principales comercios de toda Andalucía, teniendo como clientes a personas tanto de Sevilla como de Málaga, o La Merced, fundición de hierro y construcción de máquinas de vapor para toda clase de industrias.

Es de destacar por otra parte la figura de Antonio Carbonell Llacer, quien crea en el año 1866, la casa Carbonell S.A y que su hijo Carlos Carbonell y Morand consiguió convertir en una de las empresas más importantes de la Córdoba del siglo XIX y del siglo XX, siendo germen de la actual Carbonell.

Servicios

En cuanto al comercio, a mitad del siglo XIX, los comercios de la ciudad eran más bien modestos. sí existían en la ciudad las especierías y almacenes, despachando todo tipo de mercancias. También se estilaban las almonas o fábricas de jabón. Este entramado comercial se situaba principalmente en el entorno de la Plaza de la Corredera así como en la zona de la calle Ambrosio de Morales, calle principal de la ciudad en el siglo XIX y adyacentes.

Fue a mitad del siglo XIX cuando comenzaron los cordobeses a conocer los primeros cafés y restaurantes en la ciudad, destacando entre ellos el Café Suizo en la Calle Ambrosio de Morales nº5 de los hermanos Puzzini, así como el restaurante en la calle de la Plata, nº 11, propiedad de Antonio Muñoz Collado, la Casa Miguel Gómez, propiedad de Miguel Gómez Pavón o el restaurante de la Estación, regentado por José García Rodríguez

Sector financiero

El sector financiero de la ciudad era escaso en la segunda mitad del siglo XIX, reforzándose algo más con la creación de la banca Pedro López por parte de un industrial de paños asentado en la ciudad, Pedro López así, y más importante a lo largo del tiempo de la creación del Monte de Piedad en 1864 por parte del Cabildo Catedralicio con su continuación en la Caja de Ahorros de 1878, para conformar el Monte de Piedad y Caja de Ahorros de Córdoba, germen del actual Cajasur.

Educación

El día 17 de noviembre de 1892, mediante bando municipal, se declara la obligatoriedad de la enseñanza primaria para los niños comprendidos entre los 6 y 9 años. Entre los colegios de la ciudad se encontraban las Reales Escuelas Pías, el Colegio de la Asunción para enseñanzas superiores y, durante un breve periodo de tiempo, la Universidad Libre además de la Facultad de Veterinaria.


Sociedad Cordobesa

Deportes

En la segunda mitad del Siglo XIX, existían diferentes deportes que los cordobeses practicaban, tal y como profusamente Ricardo de Montis comenta en sus afamadas Notas Cordobesas. Entre ellos se encontraban:

Durante los meses de verano, multitud de personas se acercaban a las inmediaciones del Molino de Martos para bañarse. El tramo comprendido entre este y el Puente Romano, eran lugares elegidos por parte de los cordobeses para disfrutar de la natación. Cuenta Ricardo de Montis que había muchachos que animaban a los visitantes de la ciudad, que echaran monedas desde el Puente Romano al río para que ellos la cogieran.

Existía una gran afición a la equitación entre los cordobeses. Tanto los picaderos de Antonio Cañero como de Paco Cala eran los lugares elegidos por parte del pueblo para aprender el arte de la equitación. Posteriormente paseaban por el Paseo de la Victoria así como organizar "carreras de cintas" en la Plaza de Toros de los Tejares

Durante finales del siglo XIX, el ciclismo llegó a popularizarse entre la población cordobesa. Fue animada por el velódromo construído por obra de José Simón Pérez, primero uno provisional en el Campo de la Merced, y uno más definitivo en el Barrio de las Margaritas

También a finales de siglo, se produjo la introducción de la pelota vasca entre algunos cordobeses. Para ello se utilizó uno de los patios del Círculo de la Amistad como frontón. Por otra parte, también fue el Colegio de Santa Clara lugar escogido para este deporte. Aparte de estas iniciativas, no se arraigó este deporte entre los cordobeses.

Fotografía

En el año 1844 se tomó la primera fotografía en Córdoba por J. Albors, que en 1854, abría un taller fotográfico tal y como aparece registrado en un artículo incluido en La Voz de Córdoba el día 7 de marzo de ese año.

El distinguido profesor cordobés J. Albors, tan beneficiado por su distinguida clientela, discipulo de Mr. Daguerre de Paris, comunica que tiene abierto su estudio en la calle de San Pablo n.69, ofreciendo las últimas novedades de la capital de Francia en cuanto al nuevo arte se refiere, dijes, alfileres y marquitos.

Como es bien sabido, el invento del Sr. Daguerre ha sido perfeccionado por diversos profesores. De todos los adelantos ninguno sea tan de interés para el arte como el aparato del daguerreotipo que usa un espejo cóncavo. Todas aquellas personas que quieran favorecer le con su presencia, comprobarán como el Sr. Albors (...)

Córdoba vista por terceros

* Córdoba alrededor de 1870

Según cuenta Teodomiro Ramírez de Arellano en sus Paseos por Córdoba, los barrios de Córdoba tenían diferentes características:

Barrio de San Lorenzo

Barrio de Santiago "Al extremo Sur de la Población y casi aparado de los demás de ella, se encuentra (dicho barrio), uno de los más cortos en extensión y vecindario intramuros. El vecindario en general es pobre, dedicados a las artes mecánicas o a las faenas agrícolas, aparte de algunos propietarios e industriales habitantes casi todos en la calle principal o sea la que llaman del Sol" (Paseos por Córdoba. (Teodomiro Ramírez de Arellano)

Barrio de la Magdalena Según Ramírez de Arellano albergaba una gran población rural. Muchos vecinos de esta collación se dedicaban a la cría de los gusanos de seda y en bastantes casas había telares para la fabricación de lienzos". (Paseos por Córdoba. (Teodomiro Ramírez de Arellano)

Barrio de Santa Marina Uno de los mayores de Córdoba, no sólo en su extensión sino en el número de sus habitantes, entre los que hay de todas clases de la sociedad, sin embargo de estar ya entregadas a vecinos muchas de las casas principales en los que los nobles de Córdoba tenían sus moradas. Es pues un barrio que cuenta con aristócratas, clase media y proletaria, muchos agricultores y no poco industriales. (Paseos por Córdoba. (Teodomiro Ramírez de Arellano)

Cordobeses del Siglo XIX

Alcaldes de la Ciudad

La convulsa situación política que caracteriza la España del siglo XIX, no es ajena a la ciudad de Córdoba. Este hecho provocó que durante todo el siglo, casi noventa alcaldes gobernaran la ciudad.

Políticos

Empresarios & Emprendedores

Cultura

Religiosos

Periodistas

Toreros

Otros

Córdoba vista por terceros

Alexander Mackenzie. A year in Spain by a young American. 1829

"Las calles de Córdoba son casi todas cortas, estrechas y muy ruidosas, como es el caso de todas las ciudades donde estuvieron establecidos los Árabes durante un largo periodo; como ellos no usaban vehículos de ruedas, y procediendo de un clima suave, construyeron sus calles estrechas, ya que los alerdos de los tejados, podían con eficiencia protegerlas de los rayos del sol. Ellas, no obstante, se mantiene completamente limpias y las casas se enjalbegan primorosamente de balcón, cada una de ellas con ventanas enrejadas y sus zaguanes, y encima un balćon saliente, adornado con narcisos, claveles y rosas, y de vez en cuando un pequeño limonero, entre cuyo follaje con frecuencia se pueden vislumbrar los ojos negros y las mejillas morenas de una beldad, tan excelsa como la fruta madura que pende de él"

Antonio de Latour, Viaje por Andalucía de Antonio de Latour. 1848

"A mi vuelta de la Mezquita me perdí por las calles de Córdoba. Cuando se quiere conocer bien una ciudad, es lo mejor que puede ocurrirnos. No habría conocido Córdoba si no hubiese tenido que buscar mi camino en el laberinto de sus calles. Confieso que mientras más perdido me hallaba, más lamentaba la posibilidad de volver a encontrar ese camino. Aquellas casas blancas estaban llenas para mi de agradables misterios que las rejas pintadas de sus ventanas apenas ocultaban. Sus antiguos dueños hace mucho tiempo que emprendieron la ruta de África llevando consigo a las bellas cautivas de las que tan celosos se sentían; pero la transparencia de sus dulces miradas quedó en los ojos de los nuevos habitantes de sus harenes. A través de las puertas entreabiertas las veía soñadoras, sentadas en los patios de mármol, al murmullo de la fuente, o deslizándose para atender los quehaceres domésticos, entre los naranjos cargados de sus frutos de oro. De vez en cuando una palmera sobrepasaba el muro de un jardín ; por intervalos una voz dulce, aunque un poco aguda, se elevaba en el silencio de aquellas calles medio desiertas y llenaba de un encanto melancólico todas las imágenes dispersas de la vida oriental. Esta poesía, de una modalidad nueva, de una civilización vencida, pero en la que algunas huellas han resistido al tiempo y a costumbres más duras, la encontraba en Córdoba hasta en los hospitales"

L. Godard, L´Espagne, Moeurs et paysages. Historie et monuments. Tours. 1862, página 195

"Córdoba es una ciudad venida amenos, pero donde sin embargo me gustaría vivir...Yo no encuentro menos atractivas estas ciudades silenciosas, medio adormecidas en medio de los monumentos de su pasada grandeza...Ahí están esas calles estrechas, pero pavimentadas y limpias; esas casas blancas con verdes rejas, y en el centro de las casas edificadas en un cuadrado, esos patios, rodeados algunas veces de galerías con arcadas...Córdoba es un basto museo..."

Leandro Fernández de Moratín, Viaje a Roma (publicado en 1867 y que fue escrito a finales del siglo XVIII y principios del siglo XIX)

El camino de La Carlota hasta Córdoba es bastante montuoso y, llegando a una altura que llaman Los Visos, muy parecida a la Bochetta de Génova, se descubre una vega hermosísima por donde corre el famoso Guadalquivir, menos soberbio que en la gran Sevilla; enfrente, las faldas de Sierra Morena cubiertas de frondosidad, con muchas casas repartidas por ellas y, al pie, la antigua Córdoba. Entramos al anochecer.

El Alcázar de los Abdallas y Abderramenes le ocupa ahora el Santo Oficio. Vi la huerta poblada de árboles, llena de naranjos y verdura, abundante en aguas. Allí se ve todavía una puerta que, a lo que parece, sería del Serrallo que separaba el jardín Real de las habitaciones y jardines de las sultanas. Yo no sé decir lo que hay allí de extraordinario ni qué efecto debe producir una huerta mal cuidada en el ánimo de quien lave, sólo diré de quien, al entrar en ésta y recorriendo la historia de otros siglos no sienta una deliciosa melancolía que suspenda y le enajene, carece de imaginación sin duda. La amenidad del sitio, los objetos que en él se presentan, los árboles robustos, la verdura de aquel terreno fertilísimo, el ruido de las aguas, las ruinas confusas de aquel edificio, los muros destruidos, la soledad, la memoria de lo que fue, quien no sienta e imagine ¿para qué ha de ir allí si allí no hay más que una huerta?

Vi las caballerizas del Rey, donde hay hermosos caballos es una de las cosas curiosas de esta ciudad. Pero creo que cuando el fiero Almanzor talaba los campos de Castilla, rompía los muros de León y entraba victorioso pisando el cadáver de su alcaide, abrasaba el templo de Compostela y huyan a su vista las tristes reliquias de nuestra nación, estarían en mejor estado las caballerizas de Córdoba.

La ciudad es vieja, fea, con algunas cuestas, calles torcidas y estrechas, exceptuando una u otra, y mal caserío en general. Quedan todavía algunas portadas antiguas de regular arquitectura como lo es la de la Iglesia de San Agustín, la de San Pedro y alguna otra de las casas particulares, aunque en muy corto número. De lo moderno merece verse la iglesia de Santa Victoria con una buena portada corintia formando lo interior un círculo con decoración igualmente corintia y cuatro grandes cuadros de algún mérito, obra de Don Francisco Agustín que reside en esta ciudad.

Si Roma fue célebre por sus triunfos, Córdoba no lo es ciertamente por los suyos. Así se llaman a ciertos armatostes de mármoles llenos de hojarascas y garambainas que a cada paso se hallan por las plazas y sitios públicos dedicados a San Rafael, cuya imagen dorada corona la punta de estos extravagantes monumentos. Hay uno entre ellos, bastante bueno, que consiste sólo en cuatro columnitas de mármol blanco sobre un pedestal y sobre ellas, la imagen del Arcángel, protector especial de la ciudad según ciertas revelaciones y apariciones de que no estoy informado bien. Otro, en que se gastó más dinero que en los demás, el más grande y el peor de todos ellos, con un peñasco de mármol y sobre él, un castillo y, sobre él, una columna y, sobre ella, el San Rafael, es una mala imitación de la famosa fuente del Bernini en Plaza Navona. Cuando se les dice a los cordobeses que aquello es malo, no tienen otra respuesta que dar sino que lo hizo un francés; lo peor es que ellos lo pagaron, çum Barcia y su cousín, Calles, paseo extramuros.

Lo más singular que hay en Córdoba es su célebre catedral, antigua mezquita de los moros. Toda ella forma un gran cuadrilongo con una selva de columnas que pasan de setecientas, puestas en largas filas, formando naves rectas, trasversales y diagonales. La variedad de mármoles de estas columnas, la varia forma de sus capiteles, los arcos unos sobre otros que descansan en ellas, los ornatos árabes que aún existen en dos o tres capillas, las inscripciones de que están llenas y, sobre todo, el considerar cómo estaría en otros tiempos, concurrida y venerada de tantas naciones que venían a venerar aquel lugar santo, ejercitan la fantasía y arrebatan al observador que lo ve, a otros siglos que ya pasaron, le acuerda costumbres y ritos que acabaron ya y le presenta objetos que ya no existen. El altar mayor de mármoles es cosa buena y el tabernáculo, compuesto también de piedras escogidas, es de lo mejor que puede verse. El crucero es gótico, enriquecidas sus bóvedas con bajorrelieves muy recargados y de mala ejecución; el trascoro y la fachada que tiene enfrente son de buena arquitectura. Hay repartidos por la Iglesia buenos cuadros de Céspedes, Juan de Sevilla, Castillo, Palomino..., pero en éstos y en los que he visto por la ciudad, de autores cordobeses todos ellos, reina un gusto de colorido negruzco y melancólico que desagrada y echa a perder lo bueno que en ellos hay. Entre las alhajas se conserva la custodia de Enrique de Arfe, obra de mérito en su línea, con toda la ligereza y ornatos y figurillas del estilo gótico. Cualquiera que vea esta iglesia sentirá el verla desfigurada con el crucero, las capillas y las frecuentes interrupciones y atajos que se han hecho para diferentes usos. Si se conservase como los moros la hicieron, sería un monumento, el más precioso de la nación y, aún así, como está, es, sin disputa, el único que hay en Europa por este género. Siempre he oído citar a San Sebastián por ejemplo de desnudez, pero ¿quién creerá que en esta Iglesia, en la capilla que llaman de Villaviciosa, existe un San Sebastián muy jovencito, afeitadillo, con su peluca, su vestido de militar, su sombrero de tres picos debajo del brazo, sus flechas en la mano para denotar el martirio que padeció, su espadincico de plata, sus medias de seda, sus hebillas y sus zapaticos de castor? Yo pregunté por qué habían puesto de aquella manera al Santo bendito y me dijeron que era mayordomo de la Virgen y estaba vestido de aquella manera para acompañarla con la decencia correspondiente en las festividades, a lo cual no hallé nada que responder.

Hay en Córdoba una buena plaza que forma un cuadrilongo, espaciosa, con pórticos alrededor. Los edificios, exceptuando una pequeña parte, todos uniformes. Hay un buen paseo donde se junta los domingos razonable número de gente de a pie y bastantes coches; los días de trabajo sólo. La policía de Córdoba no merece grandes alabanzas; no hay alumbrado público; el empedrado es detestable y el Corregidor actual no quiere que las calles se barran porque, según me dijeron, dice que el barrido descarna las piedras; por consecuencia, la plaza, las calles y sitios públicos parecen letrinas y muladares. La falta de artes contribuye también a que los sentidos padezcan; difícilmente se halla en los edificios públicos o particulares, sagrados o profanos, un altar, una puerta, una fachada que no sea un despropósito. De las iglesias podrían sacarse carros de leña dorada para calentarse un ejército y quedarían mejor si las dejaran desnudas de ornatos tan ridículos. ¡Cuántos mármoles hay allí perdidos!, ¡cuánto dinero gastado inútilmente!

No deja de haber algunos curiosos que adornen sus casas con mejor dirección. El conde de Torres Cabrera tiene en la suya una colección de cuadros donde, entre muchos malos, hay algunos de mérito sobresaliente y siempre es laudable su afición aunque no haya sido grande su inteligencia.

Esta ciudad muestra en su decadencia señales nada equívocas de lo que fue. A cada paso se hallan trozos de columnas de escogidos mármoles y algunas anuncian por su magnitud haber pertenecido a grandes edificios, aras, inscripciones, sepulcros, monedas, capaces de excitar la curiosidad de cualquier hombre estudioso que se interese en las glorias pasadas de la famosa Bética.

En casa de D. Rafael Villaceballos hay porción de inscripciones romanas y árabes, algunas cabezas, una grande estatua armada sin piernas, brazos ni cabeza y otras piezas curiosas halladas en excavaciones y cuya ilustración sería estimable para nuestra historia. El mismo caballero posee un numeroso monetario que le dejó su padre, pero, como no heredó su gusto ni su inteligencia, harto hará si lo conserva en su poder como está hasta que pase a manos más dignas. En casa del Conde de Hornachuelos se ven grandes trozos de columnas istriadas de mármol, un capitel y otras ruinas sacadas en su casa misma que no dejan duda de que allí hay un grande edificio subterráneo cuyo descubrimiento sería plausible, pero los gastos que hay que hacer para verificarlo le han retraído de esta idea.

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