Plaza de la Corredera

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La plaza de la Corredera es uno de los lugares más emblemáticos de la ciudad de Córdoba. Única plaza mayor rectangular de Andalucía y la más emblemática de España junto a la Plaza Mayor de Madrid y Plaza Mayor de Salamanca. Situada en el centro de la ciudad, a la bajada de la calle Rodríguez Marín o Espartería. Tiene su entrada y salida a través de los llamados Arco Alto y Arco Bajo, así como por las calles Sánchez Peña y Toril.

Actualmente la Plaza de la Corredera es un espacio de esparcimiento y ocio por parte de los cordobeses. Desde la remodelación de finales del siglo XX, los antaño tiendas y tabernas han dejado paso a bares con terrazas para el disfrute y el esparcimiento de los cordobeses.

Historia

Origen

Construida en el emplazamiento que se cree que en su día ocupó parte del Circo Romano, este espacio fue profundamente remodelado con el paso del tiempo. La plaza ha sido utilizada con diferentes fines, principalmente festivos tales como las corridas de toros, organización de juegos de caña, etc., derivándose el actual nombre de la plaza de este hecho.

Situada fuera del núcleo principal de la ciudad romana, el actual emplazamiento de la plaza tuvo seguramente funciones festivas y de ocio para los cordobeses. Asimismo y bajo dominación árabe, la plaza pudo ser perfectamente un lugar de intercambios comerciales, dada la situación entre la Ajerquía y la Medina árabe, y tal y como había ocurrido en otras plazas castellanas. Independientemente de estos hecho se cree que hasta el siglo XV, la plaza de la Corredera fue una gran explanada extramuros de la Medina o ciudad alta cordobesa y que fue utilizada para intercambios comerciales. En el siglo XVI y con el interés de regularizar esa zona urbanística, se piensa en la construcción de una plaza cuadrangular que permita regularizar toda esta zona, reforzando el carácter comercial que iba trayendo desde siglos anteriores, por decreto del rey Carlos I que concedió la celebración semanal de un mercado en el año 1526.

Dada las dimensiones de la plaza de la Corredera, ésta fue utilizada en numerosas ocasiones para la celebración de todo tipo de actos, bien fiestas y homenajes, como la de las Navidades del año 1571, con motivo de la victoria de las tropas españolas sobre los turcos en la Batalla de Lepanto, así como para autos de fe como los realizados el 2 de diciembre de 1625, 21 de diciembre de 1627 y 3 de mayo de 1655 [1]. También fue utilizada como lugar de ejecuciones

Descripción de la primitiva plaza[2]

Ya indicamos que a mediados del siglo XVI se ensanchó la plaza, y por el tiempo en que se verificaron las funciones descritas se le hizo una pequeña reforma que después ofreció grandes inconvenientes. El tramo desde la calle de Odreros al testero alto estaba completamente liso, sin puertas, rejas ni balcones, tanto que era conocido por "la Pared Blanca", contra la cual formaba la Ciudad unos andamios en todos los actos públicos, y durante siglos se colocaba el dosel de la presidencia hasta que, edificada la cárcel, su saliente balcón vino a cubrir aquel servicio. Entonces permitieron abrir algunas puertas en la Pared Blanca, con la condición de poderlas tapar en las fiestas públicas, y después los señores Angulos, dueños de aquellas casas, las edificaron de nuevo con multitud de ventanas, o sean tres galerías, con muchas columnitas que las dividían, pues las puertas que ostentan son del presente siglo. Por entonces pareció muy linda su decoración, y no dejó de pensarse en que estuviese igual toda la Corredera.

Cárcel tenía un gran balcón en el centro, que al ser sustituido por el actual lo colocaron en la fachada de la casa de recreo de la huerta La Favorita o de Morales, en la sierra.

Seguía el Pósito, útil establecimiento que se extinguió en la primera mitad de este siglo, y su edificio se enajenó en virtud de las leyes de desamortización. Su primitiva fachada era de las más bellas de Córdoba. Lucía en su primer cuerpo un juego de esbeltas columnas de mármol negro, sosteniendo una cornisa de lo mismo; sobre ésta, una galería con catorce ajimeces moriscos, divididos por lindas columnas de alabastro y con unos antepechos calados de primorosa labor, casi igual a una balaustrada con que concluía, teniendo varios pedestales ostentando, alternados, los escudos de España y Córdoba. Después se veía el mesón de la Romana con unas cinco varas de frente, formando esquina a la plazuela del Socorro, entonces del Hospital de los Ángeles.

Entre esta embocada y la calle del Toril o de los Toros estaba la iglesia del Socorro, tal como ya la describimos. Seguían dos o tres casas; en una de ellas habitaba el ejecutor de la justicia, y esto hacía que todos le llamasen el Rincón del Verdugo. Desde éste al Gollizno -nombre que daban a la entrada de la Espartería- había 33 casas desiguales en su altura y líneas de fachada, y por último, el testero alto describía dos curvas que eran conocidas por la Panza y el Codillo. En general, las casas formaban unos portalejos sostenidos por pilarotes de madera, de la que estaban también hechos los balcones o ajimeces. Los frentes eran llamados los Gualderos, y al alto le decían la Valla


Construcción de la actual Plaza

La morfología actual, proviene del proyecto del arquitecto salmantino Antonio Ramós Valdés, quien bajo mandato del Corregidor Francisco Ronquillo Briceño, construyó un rectángulo semirregular de 113 metros de largo y 55 metros de ancho, en 1683. La obra, que tuvo como maestros mayores de la ciudad a Antonio García y Francisco Beltrán, tuvo un coste de 752.972 reales y 8 maravedises. La construcción no fue integral ya que se limitó a la fachadas de las mismas debido a la falta de fondos. Los dueños de las casas que daban a la plaza, fueron adquiriendo los metros de fachada que querían para sus correspondientes balcones.

Para ello derribaron la fachada primitiva del Pósito así como la Ermita de los Ángeles, creando las mismas de nuvo. Se inutilizó una calleja existente, la calle de Carreteras, construyéndose los arcos Alto y Bajo como entrada a la plaza.

Descripciones de la época

Las descripciones que encontramos de la época nos la muestran tal y como era en el siglo XVII:

"...lo que allí se ve de notable es la plaza mayor, cerrada por casas hermosas semejantes a las de la Plaza de Madrid sostenidas de pórticos y de arcadas donde están establecidos los más ricos mercaderes de la ciudad y en los días de las grandes gestas del año, se dan corridas de toros, como vivimos en Madrid. Esta plaza está en uno de los extremos de la ciudad..." A. Jouvin (Siglo XVII)

"...casi todas las fachadas de la construcción sobresalen hacia fuera con terracillas de madera, la mayor parte con tres y unas pocas con cuatro planos, por o que cuando se hacen las fiestas se agregan alrededor de las escalinatas de madera, decoradas ricamente con telas de varios colores sin dejar desnudas las pilastras que las sostienen, Donde se sitúan las damas, ponen sobre el tapiz grandísimos cojines de terciopelo y de brocado y, en suma, no queda parte alguna de la plaza que no se va o llena de pueblo o embellecida con adornos. En el centro de uno de los lados mayores hay un edificio muy bueno, ene le cual está la Cárcel Pública. Junto a éste está la antedicha casa en la que tiene su lugar acotado el Corregidor y los Veinticuatro regidores de la ciudad...". Antonio Guzmán Reina. Córdoba, siglo XVII

Siglo XIX

Vista de la Corredera en los años 1940

La Plaza de la Corredera siempre fue un alto enclave comercial hasta el siglo XX. La descripción de Pío Baroja en La Feria de los Discretos es un claro ejemplo de cómo era la plaza en el siglo XIX:

(...) No había dejado de los arcos rinconadas sin puesto ni columna sin tenderete al pie. En el fondo de los proches aparecían los portales de las posadas, con sus patios clásicos y sus nombres castizos como la posada de la Puya del Toro...Las alpargaterías ostentaban como enseña sus ruedos de pleita: los establecimeintos de bebidas, sus anaqueles llenos de botellas de colores; las tiendas de los talabarteros, sus jáquimas, cinchas y atahares; las triperías, las vejigas y cedazos hechos de piel de burro de Lucena. Aquí, un tejedor de caña iba construyendo cestas; allá, un baratillero ponía en montón unos cuentos libros grasientos, y cerca, una vieja entantigua sacaba del fondo de una sartén una rodaja de merluza y la ponía sobre una lámina de hoja de lata


El día 5 de abril de 1893, comienza a construirse en mitad de la plaza, un edificio tendente a albergar el Mercado de abastos de la Plaza de la Corredera, inaugurándose el 2 de agosto de 1896 y se concede a una empresa su explotación durante 50 años.

Siglo XX - XXI

El 14 de julio del año 1951 se recibe información por parte del Jefe de Servicios Veterinarios de la ciudad en la cual se notifica las pobres condiciones higiénicas del mercado de abastos. No será sin embargo hasta el año 1959, cuando Antonio Cruz Conde, alcalde de Córdoba, aprueba el derribo del mercado, para realizar uno en el subsuelo. En esta demolición se encontraron numerosos mosaicos, que hoy en día se encuentran expuestos en el Alcázar de los Reyes Cristianos.

En el año 1986 se acuerda la rehabilitación de la plaza de la Corredera, cuya culminación se produce el 9 de diciembre de 2001, acudiendo Manuel Chaves, presidente de la Junta de Andalucía así como la alcaldesa Rosa Aguilar

Edificios actuales

Mercado de Sánchez Peña

El actual Mercado de Sánchez Peña sirvió de sede consistorial así como cárcel, hasta que en el siglo XIX, 1846, el empresario cordobés José Sánchez Peña, compró el edificio e instaló allí la más moderna industria de Córdoba con máquinas de vapor para crear una fábrica de sombreros, instalando a los obreros en la parte alta del inmueble, donde tuvieron sus viviendas.

A finales del siglo XX fue reconvertida a Mercado de Abastos. En la planta superior actualmente alberga el Centro Cívico Municipal Centro

Casas de Doña Ana Jacinta

Las casas de Doña Ana Jacinta se sitúan en la parte suroeste de la plaza y que son reflejo del urbanismo del siglo XVI y XVII.

Antiguos edificios

Celebraciones

Corridas de Toros

La plaza de la Corredera ha sido históricamente un sitio privilegiado para la celebración de corridas de toros, siendo uno de los mejores preparados en toda la ciudad para la lidia. De hecho, fue la plaza de toros de la ciudad, entre el siglo XVI hasta principios del siglo XIX, cuando la plaza de toros del Campo de la Verdad, asumió parte de las corridas.

Celebraciones singulares

  • En las Navidades de 1571 y con motivo de la victoria de la Armada española frente a la turca, se construyó un castillo de unos 36 metros de largo (50 pasos) y 4 metros de ancho (6 pasos), con una altura que superaba el Pósito existente en la plaza. El castillo estaba rematado con un pelícano que a través de su pico echaba vino tinto así como una serpiente llena de cohetes que proyectaba hacia todas partes.
  • Desde hace unos años, se viene celebrando en el entorno de la plaza de la Corredera, plaza de las Cañas y la plaza del Potro, una feria medieval de considerable participación ciudadana.

Personajes y negocios singulares Siglo XX

Siempre fue La Corredera lugar donde hubo personajes singulares ligados a diferentes profesiones u oficios o al mundo de la picaresca. Se puede afirmar que desde que fue mercado de abastos a mediados del siglo XIX hasta los años ochenta del siglo XX llegó a ser el lugar más popular Córdoba por la negociación de cualquier trato, venta o compra. Sitio de encuentro de personajes pintorescos en sus tabernas, con pensiones de poca monta donde existía oculta alguna que otra prostituta, igualmente había casas de comidas baratas, tiendas y comercios donde se vendía cualquier cosa, desde baratijas, hasta ropa usada, herramientas o elementos agrarios.

Tal ambiente comercial, daba para escribir una novela cervantina por ser encuentro de todo tipo de personal, especialmente de la farandula o picaresca, ya que se juntaban soldadesca, chusmetas, mendigos, bebedores pendencieros, prostitutas, carteristas y bohemios. Dentro de la misma Corredera había un lugar más proclive a ese submundo que era el espacio comprendido en los Arcos Bajos, en del rincón que está entorno a la calle Toril. Todos estos personajes eran atraído al son del dinero tocante y sonante que allí se movía. No obstante a ese ambiente, era un lugar frecuentado por la mayoría de los cordobeses, que lo veían con normalidad, pues no entrando en ese mundo marginal todo transcurría en el orden ordinario de cada día.

Se enumeran algunos personajes, negocios o trapicheos que fueron conocidos por los cordobeses que vivieron la época comprendida desde los años cuarenta a los ochenta.

Como tabernas estaban: La Primera; Bar Salinas; Taberna El Gallo; Taberna Andaluza que era también pensión de ligues; Taberna Cordobesa donde daban especialmente comidas para soldados; restaurante Monroy; Casa Lopera el boxeador, esquina al Arco Bajo; Bar Conde. Las pensiones eran La Andaluza, La Estrella, La Paloma que daba también comidas y La Bombilla.

En los soportales había todo clase de oficios ambulante nada menos que diez relojeros, varios zapateros, latoneros, pajareros, jauleros, quincalleros; el mecánico que arreglaba las máquinas de coser; el Afilador Enrique Flores último de este gremio; Filomeno que vendía ropa usada y botas de soldado; La Tomasa que tenía un puesto ambulante de venta de libros viejos y de ocasión; Carmen la Jeringuera del Arco Bajo; las famosas estraperlistas La Cordobesa, Encarna, Leoncio el Cojo, de una forma más esporádica Angelita " La Estraperlista", ellos vendían especialmente alimentos como pan blanco a cantos de Peñarroya o de avena, centeno y otros desechos; el Chaquetas que con el achaque de vender ropa vieja tenía un trapicheo de tabaco con las famosas pastas de Gibraltar y otros que vendían medicamentos como la penicilina, papel de fumar o tabaco verde, etc. etc. Por estos lares ambulaban carteristas, entre ellos el famoso El Cascabel que tenía su radio de acción cerca del Pósito o cuartelá en el Arco Bajo.

En locales cerrados estaban los Almacenes Aguilar; La familia Hernández que vendían toda clase de cacharros de barro desde lebrillos que servían de baño, cazuelas, macetas, botijos hasta pitos de agua; la barbería donde trabajaban como maestros el “Mudo” el “Golfes” o el “Quini” cuya dueña era la llamada Encarna Ruiz "La Barbera" y el último en cerrar su negocio fue Antonio Mancha Millán en cuya tienda vendía toda clase de artículos variadísimos algunos difíciles de encontrar en toda Córdoba.

En el año 2009 había muy pocos negocios y puestos ambulantes en comparación de lo que fue esta plaza de la Corredera, pues quedaba un local de venta de libros antiguos y de ocasión, un local de anticuallas, una zapatería llamada Maldonado y dos negocios de muebles rústicos. En esta plaza se había impuesto a principios del siglo XXI el negocio de la hostería al haber numerosos bares donde al exponer sus veladores se podía disfrutar de un clima agradable, tanto para tomar el sol de invierno, como para las noches calurosas de verano. Igualmente llega a ser lugar para espectáculos callejeros organizados por el Ayuntamiento.

Vídeo

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Vista 3D, de Monumentos cordobeses en 3D

Galería de fotos

Fuentes


Referencias

  1. RAMÍREZ DE ARELLANO, TEODOMIRO. Paseos por Córdoba. Barrio de San Pedro. Autos de fe y grandes celebraciones
  2. RAMÍREZ DE ARELLANO, TEODOMIRO. Paseos por Córdoba. Barrio de San Pedro. Imagen de la plaza antes de su reforma

Enlaces Externos



La Corredera en Rincones de Córdoba con encanto [1]

Sentado junto a uno de los veladores que los bares extienden en la plaza de la Corredera, cuya reciente remodelación ha transformado en salón de estar un antiguo mercado, las envolventes fachadas de color transportan el viajero a finales del siglo XVII, cuando la plaza adquirió su aspecto actual. Ante una fresca cerveza, este marco sugerente invita a viajar con la memoria y la imaginación a través del tiempo para sumergirse en su historia y vicisitudes.

Así, el viajero puede evocar que la plaza actual es fruto de las obras realizadas entre 1683 y 1687 por el corregidor Ronquillo Briceño con el fin de embellecer el semblante arquitectónico de una explanada irregular, alinear sus fachadas y mejorar la seguridad de los espectáculos públicos. Se limitó a construir las crujías de fachada, con soportales en la planta baja y balconajes corridos de hierro forjado en las tres superiores, obras que costeó mediante festejos, préstamos, venta de sitios y aportaciones de los propietarios de las casas preexistentes, a los que permitió conectarlas con la nueva crujía. Los estudiosos consideran que constituye el primer ejemplo de plaza mayor cerrada, de ascendencia castellana y concepción barroca.

A simple vista no apreciará el viajero que el rectángulo de la plaza mide 5.525 metros cuadrados, ni que sus lados son ligeramente desiguales –112 metros mide el norte, 109 el sur, 35 el oriental y 37 el occidental–, pero sí puede entretenerse, mientras saborea la cerveza, en contar los arcos y balcones que se abren en las fachadas, a ver si son 61, incluyendo los dos de acceso, y 360, respectivamente. Por poco observador que sea el viajero apreciará asimismo que aquella remodelación emprendida a finales del siglo XVII no afectó a dos edificios de la vertiente meridional: la Casa del Corregidor y Cárcel, respetada por su valor artístico, y las llamadas casas de Doña Jacinta, que se opuso al derribo.

La Casa del Corregidor y Cárcel, edificio manierista en el que se aprecia la mano de Hernán Ruiz III, se había construido entre 1583 y 1586. La prisión permaneció allí hasta su traslado, en 1821, al Alcázar de los Reyes Cristianos, y veinte años más tarde el edificio fue adquirido al Ayuntamiento por el emprendedor industrial José Sánchez Peña, que instaló una fábrica de fieltros y sombreros, transformada más tarde por su hijo en mercado, antecedente del mercado cubierto. “Este edificio se construyó en el año 1583 como Audiencia y Cárcel. La ciudad de Córdoba lo restauró para mercado municipal en el año 1989”, reza una inscripción en el dintel de la puerta principal. La benefactora restauración ha devuelto a la fachada su noble aspecto original y ha restituido el escudo real.

En cuanto a las casas de la antigua Pared Blanca –tres pisos con dieciséis balconcillos cada uno, separados por columnillas toscanas, que tras la reciente restauración aumentan a veintidós–, la propietaria Ana Jacinto de Angulo se opuso al derribo argumentando su reciente construcción, y el propio rey Carlos II, al que recurrió, le dio la razón mediante real cédula.

Si el viajero tiene los años suficientes, recordará que hasta 1959 la plaza estuvo “oculta en su grandeza y profanada por un mercado de hierro”, según el historiador Torres Balbás, cuya construcción fue emprendida por José Sánchez Peña con aportación de capital francés. El nuevo mercado cubierto, cuya inauguración en 1896 presidió la imagen de la Virgen del Socorro, importó 409.467,23 pesetas; tenía una longitud de 91 metros y una anchura de 36, es decir, 3.276 metros cuadrados, y disponía de 400 puestos.

Terminada la concesión administrativa el alcalde Antonio Cruz Conde emprendió su demolición en 1959. Para reemplazarlo se construyó un mercado subterráneo, cuya excavación permitió el hallazgo de los valiosos mosaicos romanos que hoy puede admirar el viajero en el salón principal del Alcázar de los Reyes Cristianos. Tras la demolición del mercado, el arquitecto municipal Víctor Escribano Ucelay suprimió el enfoscado de las fachadas de la Corredera y dejó el ladrillo visto, al estimar que así habían estado originalmente, pero en la última reforma sus colegas le han rectificado, y el ladrillo ha recobrado el enfoscado, pintado en suaves tonalidades de rojo, verde y ocre, propias de época barroca.

La reciente reforma ha suprimido también, por ahora, el colorista mercadillo de superficie, así que para imaginarlo el viajero podrá leer, mientras apura la cerveza, la descripción que Pío Baroja hace en La feria de los discretos del que él contempló, que describe con detalle en el capítulo XII del libro, cuando el protagonista Quintín entra en la Corredera por el Arco Alto y “presentaba desde allá la plaza un aspecto gracioso y pintoresco. Era como un puerto lleno de velas amarillas y blancas, agitadas por el aire, resplandecientes de luz, que llenaban toda la extensión de la plaza”. Más tarde desde los soportales percibe Quintín “una algarabía de pregones, de voces, de cánticos, de mil ruidos. Los veloneros de Lucena pasaban repiqueteando un velón contra otro; los sarteneros iban dando con un martillo en un hierro, con un compás extraño; los amoladores silbaban en su flauta...”. Un vivo cuadro impresionista en el que la “turbamulta de vendedores, de aldeanos, de mujeres, de chiquillos desnudos, de mendigos, charlaba, gritaba, reía, gesticulaba...”

Sin duda habrá oído hablar el viajero de las innumerables celebraciones que acogió la plaza a lo largo de su historia. Una de las más singulares acaeció en 1571, en que, para festejar la victoria en la batalla de Lepanto contra los turcos, se organizó un combate naval “entre varias barcas de a seis varas, colgadas de maromas, lanzándose las unas a las otras infinidad de cohetes”, según Teodomiro Ramírez de Arellano. También escuchó inflamados sermones, como el de fray Diego de Cádiz en 1786, que originó “multitud de confesiones generales, y como fruto de ellas, muchas restituciones de objetos robados, reuniones de matrimonios desavenidos, casamientos que antes debieran realizarse”.

Por poco observador que sea el viajero ya se habrá percatado que el topónimo Corredera tiene relación con las corridas de toros, y que incluso pervive en la vertiente oriental la calle Toril, por donde los cornúpetas accedían a la plaza para su lidia. Y es que una de las actividades más frecuentes que contempló la plaza fueron las corridas de toros y cañas. Así, en 1624 se lidiaron quince toros en honor de Felipe IV; en 1651 no faltaron los toros en unas solemnes fiestas dedicadas a San Rafael Arcángel; en 1668 se organizó un festejo en honor del príncipe florentino Cosme de Medicis, minuciosamente relatado por su cronista.

En 1683 el obispo fray Alonso Salizanes conmemoró con toros la terminación de la capilla catedralicia de la Inmaculada Concepción –ocasión en que una falsa alarma desató el pánico, lo que impulsó a emprender la comentada reforma de la plaza–;en 1749 se festejó con una corrida la conclusión de la guerra contra los ingleses; en 1766 se le dedicó otra corrida al embajador marroquí Sidi Hamel El Gacel; en mayo de 1796 se celebraron tres funciones en honor de Carlos IV y su familia, en las que se anunció la presencia de los célebres diestros Pedro Romero y Pepe Hillo; en septiembre de 1812 se festejó con dos corridas la proclamación de la Constitución liberal; y en octubre de 1823 los realistas organizaron otras dos en honor de Fernando VII.

En contraste con su uso festivo, en la Corredera se escribieron también páginas de la crónica negra de Córdoba. Así, la Inquisición celebró numerosos autos de fe, especialmente en el siglo XVII. También estuvo aquí el patíbulo en que se ejecutaba mediante horca o garrote a los condenados a muerte; el bienio más cruento se extendió entre octubre de 1810 y septiembre de 1812, en que los invasores franceses perpetraron 76 ejecuciones, 10 en la horca y 66 mediante garrote. Y cerca de la calleja del Toril estaba “el rincón del verdugo”, llamado así por la casa que habitó el ejecutor de muchos desgraciados.

La Corredera tuvo también su fuente, aquella que en 1367 el rey Pedro el Cruel amenazó con “henchir (llenar) con tetas de cordobesas”, que algunos identifican con la de la plaza del Vizconde Miranda. La remodelación ha incorporado junto al ángulo noreste una austera fuente de mármol negro, con inscripción alusiva a “la rehabilitación y adecuación” de la plaza, terminada el 19 de diciembre de 2001.

El concurso de anteproyectos convocado en 1996 para adecuar la plaza a los usos y actividades actuales fue ganado por el arquitecto Juan Cuenca Montilla, quien la concibe como “un patio de la ciudad” delimitado por “un contorno edificado modular y repetitivo”. En consecuencia, libera la plaza de obstáculos y la pavimenta con granito gris claro organizado en retículas cuadradas de 12 metros de lado, equivalente a tres arcos, y limita el tráfico a las vertientes sur y oeste. La polémica generada por el diseño de las nuevas farolas quedó en una mera anécdota ya superada, pues, apurada la cerveza, el viajero aprecia al caer la noche cómo las farolas cumplen con eficacia y discreción su misión de iluminar, claramente desmarcadas del ambiente barroco que caracteriza la plaza.


Referencia

  1. MÁRQUEZ, F.S.. Rincones de Córdoba con encanto. 2003. Diario Córdoba

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