Joaquín Sama Naharro

De Cordobapedia
Saltar a: navegación, buscar
Joaquín Sama Naharro
J.Sama.jpg

Médico

Nacimiento: 14 de febrero de 1902
Madrid
Fallecimiento: 6 de noviembre de 1989
Córdoba
Destacado: Humorista dibujante

Contexto histórico

Décadas: 1940 - 1950 - 1960 - 1970 - 1980

Joaquín Sama Naharro

Médico, humorista, dibujante y escritor nacido en Madrid que vivió en Córdoba a partir de 1944, con consulta y residencia en la antigua calle Polifemo, posteriormente nominada con el nombre de este popular galeno.

Datos biográficos

Hijo de médico y nieto del famoso profesor Sama Vinagre, fue el mayor de cuatro hermanos, nacidos en el seno de una familia de la alta burguesía madrileña muy estrechamente vinculada con la Institución Libre de Enseñanza, donde se educó rodeado, además, de un ambiente de poetas, pintores y literatos.

Con 14 años ganó el primer premio al mejor cartel en un concurso que se celebraba todos los años en Madrid y desde entonces no cesaría su actividad publicando en diversos periódicos y revistas españoles y extranjeros, al tiempo que terminaba los estudios de bachiller y luego de Medicina en la Facultad de San Carlos de Madrid.

Terminó Medicina con 23 años y poco después, al fallecer su padre, tuvo que asumir todas las obligaciones profesionales de su progenitor, tanto de la consulta particular, como de médico de empresa de los Almacenes Rodríguez de Madrid.

Su incombustible humor y permanente creatividad artística le permite compaginar la actividad médica con colaboraciones en diversas publicaciones, así como desarrollando una intensa vida social con asidua asistencia a teatros, conferencias y tertulias literarias en el Ateneo de Madrid o el famoso café Gijón.

Excelente dibujante, especialmente brillante en la descripción de multitudes y detalles, introdujo en el humorismo gráfico español, la complementariedad entre el texto y el dibujo, antes de él, siempre disociados.

Con Enrique Jardiel Poncela, entabló una estrecha amistad compartiendo innumerables vivencias, confidencias y colaboraciones.

Militarizado en la Guerra Civil fue directamente ascendido a teniente médico del Ejército Republicano, sin haber pasado antes por Academia Militar ni escalafón castrense alguno. Fue destinado al Batallón del Subsuelo, colectivo encargado de la defensa del alcantarillado de Madrid, un enorme laberinto de interminables y oscuras galerías en el subsuelo de la capital.

Sin ninguna adscripción política padeció también el rechazo de las fuerzas izquierdistas, que lo veían poco escorado hacia ese lado, posiblemente debido a que su pensamiento independiente unido a la cuidada elegancia de su porte lo encasillaban en la reprochada burguesía. Durante la Guerra se sintió obligado a cambiar su habitual indumentaria por cazadora y boina proletaria.

Durante la triste contienda nunca abdicó en el ejercicio de su calidad de humorista, no cesando en sus comprometidas aportaciones periodísticas y publicando en la primera página del “Heraldo de Madrid” la viñeta humorística diaria.

Pocos meses después de terminada la guerra fue fulminantemente condenado por Tribunal Militar, en juicio sumarísimo, a 12 años y un día e inmediatamente encarcelado en la Prisión de Hombres nº 1 de Madrid, pendiente de destierro. Destinado hacía el sur, tras varios meses en Castro del Río fue trasladado a Córdoba, en cuya prisión del Alcázar de los Reyes Cristianos hacía falta un médico, para atender a los más de tres mil reclusos, lugar donde desarrolló una incontable y permanente labor humanitaria.

Cumplidos cuatro años de condena y tras padecer una larga temporada en que ni siquiera le permitieron desempeñar su profesión de médico, fue autorizado para trabajar con la condición de que ejerciera en un barrio de las afueras de Córdoba, ubicándose en la entonces marginal Huerta de la Reina, donde empezó a acudir a su particular consulta una clientela que se hizo enseguida muy numerosa y donde llevó a cabo una intensa y valorada labor asistencial.

El autor Diego Sanjosé escribió sobre Joaquín Sama:

“Tuve de compañero a Joaquín Sama, primero en el Heraldo de Madrid y, luego en la cárcel de Porlier; él era el médico encargado de la sala y además de su ciencia médica, daba la salud a los enfermos con la alegría de su optimismo y la comicidad de sus caricaturas, de las cuales tenía exposición permanente en su celda”.

En los complicados años 40, el desterrado y preso político Joaquín Sama Naharro, pese a su origen y formación, debió sufrir en Córdoba las adversidades propias de la posguerra en una sociedad dominada por los fanatismos de la vencedora derecha. Adversidades que este singular profesional logró superar, sin duda, con su comprometida entrega, durante más de cuarenta años, a sus numerosos pacientes sin abandonar nunca su peculiar y saludable sentido del humor.

Falleció el 6 de noviembre de 1989, a los 87 años.

Escribió:

  • “Enrique Jardiel Poncela, amigo de juventud y asfalto”, inédito.
  • "Mi chapucera guerra civil", obra subtitulada"En la Guerra y con Humor"

Referencias externas

Conferencia sobre:

“Joaquín Sama Naharro, médico y, además, humorista”

pronunciada en el Círculo de la Amistad, el 14 de febrero de 2017 por su hijo Joaquín Sama, médico psiquiatra.

____________________________________________________

Cuando hace varios meses me propuso Victoria, en nombre del Colegio de Médicos, que diera una conferencia sobre mi padre, lo primero que pensé, fue que no vendría aquí esta noche a dar una conferencia; mi nivel no alcanza el nivel de un conferenciante, así que pido disculpas, pues lo más que les puedo ofrecer es, sencillamente, hablar sobre mi padre. “Es igual, pero no es lo mismo”, como diría nuestro gran torero “El Guerra”.

Y acepté complacido la invitación, sobre todo, por dos razones: -Una, porque cuando se quiere y admira a una persona que se ha ido para siempre, hablar de ella es, en cierta forma, insuflar a esa persona un ilusorio soplo de vida en forma de recuerdos… -Y la otra razón, no menos importante, es que el hablar sobre mi padre, tal vez pueda ser una buena ocasión para que cada uno de los aquí presentes, recordemos y hablemos también en nuestro interior, con aquellos familiares, con aquellos amigos y con aquellos profesores que, a pesar del tiempo que pueda haber transcurrido desde que se fueron, significaron mucho para nosotros, y por este motivo permanecen vivos en el rincón de la memoria, donde se guardan los recuerdos más valiosos, aquellos que forman parte de nosotros mismos, de nuestra propia identidad, aquellos que se conservan como un tesoro y siempre llevamos en el corazón.

Y es que la vida de nuestros padres y de toda esa generación que nos precedió, fue la vida de una generación que en muchos aspectos se puede calificar de ejemplar. Con una Guerra que sacudió España, sin que ninguno de ellos la hubiera querido y mucho menos provocado, pero en la que todos se vieron inmersos, supieron afrontar aquella situación con estoicismo y dignidad, en la inmensa mayoría de los casos, para luego, con perseverante trabajo, reconstruir todo lo que se había perdido, y dejarnos, a fin de cuentas, un país mucho mejor del que ellos recibieron.

Mi padre, fue uno más de esa generación a la que me acabo de referir, por lo que ahora, y sin más dilación, paso a narrar su biografía, como la de uno de aquellos hombres buenos, honestos y trabajadores, a quien le tocó vivir, como a tantos otros, tiempos difíciles.

Joaquín Sama Naharro, médico y, además, humorista, nació en Madrid el 14 de febrero del 1902; este es el motivo de que estemos celebrando este encuentro en el día de san Valentín.

Era el mayor de cuatro hermanos, nacidos en el seno de una familia estrechamente vinculada con la Institución Libre de Enseñanza, Institución que ha sido el intento más serio y fructífero que ha habido en España, para hacer de nuestro país un país mucho mejor, mediante la enseñanza a los niños, desde pequeñitos, desde la misma escuela primaria, -porque de mayores esta tarea es ya casi imposible-, a ser honestos y educados, tener bondad, ser respetuosos, trabajadores y amantes de la Ciencia y las Humanidades, sin esperar a cambio prebenda alguna, ni recompensas sobrenaturales, sencilla y llanamente porque la honradez, la ética y la estética, son metas imprescindibles para una convivencia en armonía.

El éxito de este proyecto pedagógico, que acabó con la entrada de las tropas de Franco en Madrid, ha quedado de manifiesto por la plétora de grandes hombres que salieron de sus aulas, nombres tan significativos como Nicolás Salmerón, presidente de la Primera República, quien renunció al cargo de presidente, antes que firmar una sentencia de muerte; Menéndez Pidal, Juan Ramón Jiménez, Unamuno, Ortega y Gasset, Dalí, Alberti, Lorca, Buñuel, Moreno Villa, Jorge Guillén, Azorín, Ramiro de Maeztu, Bartolomé Cossío, D. Santiago Ramón y Cajal, Manuel de Falla, Eugenio d´Ors, Luis Cernuda, María Zambrano, Severo Ochoa, Antonio Machado…y así toda una serie de grandes personalidades que sería cansado continuar nombrando.

Precisamente, la familia de los Machado estaba muy unida a la familia Sama, incluso por lazos familiares, pues una tía de mi padre, Victoria Naharro, estaba casada con un hermano de Antonio Machado, -Joaquín-, y yace en el Cementerio Civil de Madrid junto a su suegro Antonio Machado Álvarez, padre de los Machado.

Pues bien, el abuelo de mi padre, Joaquín Sama Vinagre, extremeño, era uno de los profesores de la Institución Libre de Enseñanza, con la que conectó durante su época de estudiante en Sevilla, donde el krausismo estaba muy arraigado y, no sería mal profesor, cuando desde hace años el premio anual a la Innovación Pedagógica en Extremadura lleva su nombre. Por otra parte, también dejaría buen recuerdo en lo personal, ya que en el pueblo donde nació, San Vicente de Alcántara, de Badajoz, hacen de cuando en cuando una representación de su vida en el Estadio Municipal, participando como actores buena parte de sus habitantes.

Se trasladó a Madrid tras un largo exilio, primero en Portugal y luego en Inglaterra, por no aceptar una orden del entonces ministro de Fomento, el equivalente ahora al de Cultura, Marqués de Orovio, que restringía la libertad de cátedra en universidades e institutos. Otros catedráticos, como Francisco Giner de los Ríos, fundador y alma de la Institución, fueron apartados de la enseñanza e incluso encarcelados. Concretamente, Giner de los Ríos, estuvo preso en la Cárcel Militar del Castillo de Santa Catalina en Cádiz.

El padre de mi padre, Valentín Sama Pérez, era médico y, entre otras ocupaciones relacionadas con la Medicina, como atender a la familia de Joaquín Sorolla, de la que fue médico de cabecera tras la muerte del doctor Simarro, tenía una casa de reposo en un chalet de la calle Serrano de Madrid, casa de reposo que ahora llamaríamos Unidad Psiquiátrica de Media Estancia o de Sub agudos.

Pues bien, allí estuvo alojado Valle Inclán durante bastante tiempo, debido a las dificultades de relación y convivencia que tenía este gran escritor que, sin embargo, disfrutaba narrándole cuentos e historias a mi padre, por aquella época, todavía un niño.

En aquel ambiente de poetas, pintores y literatos, y acudiendo a las aulas de la Institución Libre de Enseñanza, fue creciendo mi padre, por lo que no es de extrañar que con 14 años ganara el primer premio al mejor cartel en un concurso que se celebraba todos los años en Madrid.

Desde entonces no cesaría de dibujar y publicar en diversos periódicos y revistas españoles y extranjeros, al tiempo que terminaba los estudios de bachiller y luego de Medicina en la Facultad de San Carlos de Madrid, donde estaban de profesores D. Santiago Ramón y Cajal y el doctor Negrín, aunque el mejor maestro que tuvo siempre, a quien acompañó toda su vida, el más constante, quien le inculcó el amor a la Medicina, el interés humano hacia el enfermo y la integridad moral inherente a la profesión, fue su padre, como le oí decir en varias ocasiones.

Terminó Medicina con 23 años y cuatro años después, al fallecer su padre, tuvo que asumir las obligaciones profesionales de su progenitor, tanto de la consulta particular, -entonces no existía Seguridad Social-, como de médico de empresa de los Almacenes Rodríguez de Madrid, una especie de Galerías Preciados de aquella época, y del Hotel Regina que, por cierto, todavía sigue abierto en el mismo sitio en la calle de Alcalá.

Las actividades médicas las compaginaba con la colaboración habitual en periódicos y revistas, asistencia a teatros, tertulias literarias en el Ateneo de Madrid, en el café Gijón, etcétera.

Como anécdota, puedo contar que en varias ocasiones coincidió en el café Gijón con Julio Romero de Torres, que entonces residía en la capital, y en uno de aquellos encuentros, mi padre, al ver que estaba algo amarillo, -murió por una enfermedad hepática-, le preguntó si se encontraba bien, ante lo que don Julio se encogió de hombros y le dijo:

“Además de no encontrarme bien, me he ido a sentar en este sofá azul, con lo mal que combinan estos colores”.

Por aquella época de la Dictadura de Primo de Rivera, se fraguó su amistad con Enrique Jardiel Poncela, compartiendo innumerables vivencias y confidencias, como un horripilante viaje Madrid-Zaragoza en sexticiclo, -tres bicicletas unidas en paralelo-, en justa correspondencia con otro viaje realizado desde Zaragoza hasta Madrid, nada menos que en patinete, por varios periodistas del “Heraldo de Aragón”.

Jardiel Poncela escribía las crónicas de las etapas y mi padre las ilustraba con sus dibujos y caricaturas, crónicas que eran publicadas en el “Heraldo de Madrid”, periódico patrocinador de tan destornillante periplo.

Esta colaboración entre el escritor Jardiel y el dibujante Sama, se repitió en muchas otras ocasiones y circunstancias, tanto de tipo artístico como personal.

Fruto de esa amistad, mi padre dejó escrito un libro titulado “Enrique Jardiel Poncela, amigo de juventud y asfalto”, que está pendiente de ser publicado.

Su actividad como humorista comenzó en la revista “Buen Humor”, donde, al llevar su primera viñeta, el director de aquella publicación, Pedro Antonio Villahermosa, cuya firma artística era “Sileno”, una excelente persona, le dijo: ¿Y por qué no ha venido antes?

Colaboró asiduamente en “Buen Humor” hasta el final de su publicación en 1931. Los dibujos que voy a mostrar a continuación son de aquella época, si bien antes quisiera hacer un breve comentario sobre dos aspectos de Sama como dibujante:

-Por un lado, él fue quien introdujo en el humorismo gráfico español, la complementariedad entre el texto y el dibujo. Hasta entonces, el texto decía algo, lo que fuera, y el dibujo era simplemente un adorno que se añadía al texto. A partir de él, el texto y el dibujo se complementarían, de modo que no se entienden ni conciben el uno sin el otro. Tendremos ocasión de ver esto en muchos de sus dibujos.

- Y por otra parte, comentar cuales fueron sus dos principales sellos de identidad como dibujante: Las multitudes, en las que era un maestro. Nadie ha podido igualarlo en este aspecto… Y la otra característica, es la inclusión de múltiples detalles en los dibujos, para aumentar el humorismo de los mismos.

La revista “Buen Humor” podía ser el equivalente a la conocida como “La Codorniz”, y hacía un nuevo humor, el humor del absurdo, que alcanzó un notable éxito al contar con firmas tan prestigiosas como la de Juan Pérez Zúñiga, Ramón Gómez de la Serna, Edgar Neville, el propio Jardiel Poncela, José López Rubio, Julio Camba, Wenceslao Fernández Flores, entre otros; y además tenía dibujantes de una enorme valía y popularidad, como Xaudaró, Tovar, Penagos, K-Hito, Summers, padre de Enrique Summers, aquí presente, y de su hermano Manuel que fue director de cine y también humorista; “Tono”, el cubano “Sirio”

Varios de estos artistas, entre los que se encuentra mi padre, fueron destacados por don Santiago Ramón y Cajal, en su libro “El mundo visto a los 80 años”.

Es sabido que don Santiago era un gran aficionado al dibujo y él mismo, tras hacer las tinciones del Sistema Nervioso Central y observabas al microscopio, las dibujaba con una gran maestría. Eran tantos y tan buenos humoristas los que publicaban allí, que surgió la necesidad de crear otra revista más, y así nació, de la mano de “K-Hito”, pseudónimo de Ricardo García López, una revista llamada “Gutiérrez”, que para algunos era el remoquete, el apodo, con el que se referían a Alfonso XIII.

Era una revista similar a “Buen Humor”, pero con mayor dosis de absurdo y parodia de los estereotipos sociales.

Fueron años de frenética actividad humorística, en que mi padre, que nunca perdió el sentido del humor, como veremos más adelante, debió disfrutar muchísimo mostrando el aspecto más amable de la vida.

En una entrevista que le hicieron por aquella época, cuando le preguntaron si estaba contento con la evolución de la Medicina, respondió:

-Contento estaría si pudiera curar a mis pacientes con un parche de humorismo. Llegar, examinar al enfermo, hacer unos dibujos alusivos a la dolencia, aplicárselos en la zona enferma, y a otra cosa. ¡Qué curas tan maravillosas haría!

En plena Guerra Civil, colaboró en la revista “La Ametralladora”, que el público en general debía abonar, como es lógico, pero que se distribuía gratis para los soldados republicanos, con el evidente propósito de alta estrategia militar, de satirizar al bando nacional que, a su vez, editaba “La Trinchera”, revista satírica también, que se dedicaba a lo mismo, pero con el otro bando.

Como se ve, durante la Guerra, no solo hubo intercambio de balas y obuses, sino también un auténtico bombardeo de chistes y caricaturas que los contendientes se arrojaban con más o menos gracia y eficacia bélica, aunque mi padre, en su modestia, siempre estuvo convencido de que sus dibujos en aquella revista, debieron influir bien poco en el desarrollo de los acontecimientos bélicos en curso.

Su lema fue siempre “Dejad hacer, dejad pasar”, lema al que durante la Guerra debió añadir este otro: “No molestar a la guerra, para que la guerra no le moleste a uno”; pero este último de poco le sirvió, ya que enseguida fue militarizado y directamente, sin más trámite, ascendido a teniente médico del Ejército Republicano, sin haber pasado antes por la Academia Militar ni escalafón alguno. A un compañero suyo de promoción lo hicieron capitán, seguramente, porque estaba bastante más gordo que él.

Fue destinado nada menos que al Batallón del Subsuelo, batallón encargado de defender las alcantarillas de Madrid, un oscuro y húmedo laberinto de enormes galerías, por donde querían colarse los nacionales, objetivo que no consiguieron porque allí estaban “Los Leones Rojos”, aguerrido nombre que adoptaron los dependientes de comercio que conformaban la mayor parte de aquel batallón, si bien, en el caso de mi padre, de rojo poco, y de león, menos, como dejó escrito en su libro “Mi chapucera Guerra Civil”, donde narra con detalle y humor, sus peripecias en aquel Madrid sitiado.

Durante la Guerra, sintió el rechazo de las fuerzas izquierdistas, que lo veían poco escorado hacia ese lado. Un comisario político quiso requisarle su coche deportivo, un dos plazas, con el pretexto de llevar munición al frente, y en una ocasión, al principio de la Guerra, fue encañonado y puesto contra la pared por un grupo de milicianos que lo vieron bajarse del coche, con impecable traje azul marino y corbata. A partir de aquel incidente, dejó de usar traje, apareciendo desde entonces en todas las fotografías, con una raída cazadora de paño y boina proletaria.

Amigos de confianza que conocían lo que estaba ocurriendo en el Madrid republicano, -mi padre vivía en ese mundo ideal de los hombres buenos-, le aconsejaron como garantía para su seguridad, que llevara siempre encima el carnet de algún partido republicano, afiliación que cuando llegaron los otros, sirvió de base acusatoria para imputarlo como a un izquierdista contumaz.

Y es que, como recogió en su libro, de la pluma de D. Gregorio Marañón, a quien cita textualmente:

“…el sino del liberal puede ser glorioso en los tiempos de paz y tristísimo cuando la vida social se arremolina. Cuando hay que elegir entre uno y otro lado de la barricada, el liberal, el pobre liberal, no sabe lo que hacer. No porque ignore, como el hombre que duda, dónde está la razón; sino porque no alcanza a quitar la razón del todo a nadie. Ni a dársela a nadie por entero. Por eso en los dos lados, le miran con desconfianza. Muchas veces, desde los dos lados le lapidan.”

¡No se puede decir mejor, Don Gregorio!

Durante toda la Contienda, siguió publicando la viñeta humorística del día en la primera página del “Heraldo de Madrid”, intentando distraer a los contendientes y distraerse él mismo con sus viñetas y dibujos, que casi siempre firmaba con su apellido y una humeante máquina de tren, aunque también usó distintos seudónimos como Quince, Rabat, Kekulé, Isaac, etcétera.

-En aquella época, un tema de actualidad era la llegada de Hitler al poder y había, como siempre, temas recurrentes de todos los tiempos, como las batallas políticas de los partidos o la epidemia de gripe de todos los años.

Con la Guerra, casi todos los redactores del periódico habían abandonado sus puestos y solo quedaba un núcleo de periodistas, que vivían las incomodidades de un Madrid sitiado y, además, con un censor que el Gobierno había colocado en la propia sede de la redacción.

Pero como dijera Antonio Machado, “Todo pasa en la vida, porque la vida es pasar”, y, por fin, también pasó la Guerra.

Meses después de terminada, se presentaron dos policías en su domicilio de la calle Claudio Coello de Madrid, que lo trasladaron hasta la misma cárcel de Porlier en un cómodo vehículo oficial, deferencia que supo agradecer dándole las gracias a aquellos señores por no haber elegido el Metro, medio de transporte que siempre resulta algo más incómodo.

La cárcel de Porlier, -en realidad, Prisión de Hombres nº 1-, era un antiguo colegio del Calasancio,  que anteriormente había sido utilizado como cárcel por la República, y era llamada así por encontrarse en la calle del general Díaz Porlier, un héroe de la Guerra de la Independencia que, por cierto, terminó ahorcado en La Coruña por el absolutismo de Fernando VII.

Allí se encontró con buena parte de la intelectualidad madrileña, al menos, la que no salió corriendo antes de que entraran las tropas de Franco en Madrid.

La mayoría de los que allí se encontraban, creían ingenuamente que aquel encierro duraría algunas semanas, acabando todo con una especie de amonestación administrativa. Pero no fue así, como ahora veremos.

En aquel colegio-cárcel estaba el escritor Diego San José, autor de más de cien comedias, condenado a muerte, aunque gracias a la intervención de Millán Astray, amigo personal suyo, le conmutaron a treinta años. (Es curiosa la acusación que le hacía el fiscal: “Incitar al odio con sus escritos a las masas analfabetas”).

Pues bien, este autor, en su libro “De cárcel en cárcel”, reeditado y presentado hace unos días en Madrid, escribió:

-Tuve de compañero a Joaquín Sama, primero en el Heraldo de Madrid y, luego en la cárcel de Porlier; él era el médico encargado de la sala y además de su ciencia médica, daba la salud a los enfermos con la alegría de su optimismo y la comicidad de sus caricaturas, de las cuales tenía exposición permanente en su celda.

Pues… doce años y un día fue la sentencia que le propinó un Tribunal Militar en Juicio Sumarísimo de Urgencia nº 65.162. La cifra nos puede dar una idea de los “sumarísimos” que había por aquel entonces.

Los siete compañeros periodistas juzgados junto a él, -había tantos que juzgaban de ocho en ocho o de diez en diez-, corrieron peor suerte, ya que no pudieron contar con la recomendación de un general nacionalista, Don Francisco de Asís Borbón y León, duque de Sevilla, amigo de la familia Sama, ni con otras notas favorables que tenía mi padre, como haber silenciado que en el piso superior al suyo estuvo escondido durante toda la Guerra un sacerdote, con el que jugaba al ajedrez alguna tarde que otra.

Por cierto, como era un buen ajedrecista, en una ocasión lo llevaron hasta la misma línea del frente para que jugara con Tito, que luego fue presidente de la antigua Yugoslavia, y que se encontraba luchando en Madrid encuadrado en las Brigadas Internacionales.

Con prisas por irse de allí, ganó una partida, empató otra y perdió la última, antes de salir corriendo hacia su Batallón del Subsuelo, un lugar ya casi familiar para él y, desde luego, bastante más seguro que la primera línea del frente.

En aquel Juicio Sumarísimo, entre los chistes que señaló el fiscal militar togado, como prueba irrefutable de delito, había uno donde aparecía el general Queipo de Llano, arengando a las tropas nacionales ante un micrófono de radio, con la nariz enrojecida y  una botella de vino en cada mano, al tiempo que decía: “Ayer las tropas nacionales tomaron Montilla y mañana vamos a tomar Valdepeñas…”

Es sabido que Queipo de Llano, excelente militar, era también un gran orador y, más aún, cuando se tomaba unas copitas… Pero los miembros de aquel Tribunal Militar no debían tener muy desarrollado el sentido del humor, o tal vez fuera por exceso de trabajo.

El caso es que no solo no sonrieron ante aquellos dibujos, sino que tampoco parece que les hiciera la menor gracia, lo que dijo mi padre, cuando le tocó hablar en el turno de alegaciones, tras escuchar el veredicto: “Señor juez, la verdad es que yo nunca pude imaginar que mis dibujos iban a valer tanto… la pena”.

Aquella broma le costó la accesoria de destierro fuera de Madrid.

Así fue cómo emprendió viaje hacia Córdoba, como él decía, nada menos que escoltado por la Guardia Civil, pero no precisamente en comitiva triunfal, sino en cuerda de unos treinta presos políticos que, para que no se perdieran, tuvieron la amabilidad de amarrarlos de dos en dos, con alambres que cosían en la ropa a la altura de los hombros y los tobillos.

Ya en Linares, donde el tren se detuvo varias horas, se había hecho amigo de uno de los guardias, quien pidió permiso al superior para llevar al preso a su casa y que viera a su suegra que se encontraba enferma. Hay que comprender que en aquella época había muy pocos médicos en España. Si hubiera sido ahora, muy posiblemente aquel guardia civil hubiera tenido varios médicos en la familia, alguno de ellos en paro y quizás otros contratados a tiempo parcial…

Al regreso, aquel benemérito, cogió de nuevo los alicates y volvió a trenzarle los alambres a la ropa entre disculpas y justificaciones, porque, según le dijo, era mejor para su seguridad, ya que si algún preso tenía un mal pensamiento y echaba a correr, la orden era disparar inmediatamente. Mi padre le agradeció la franqueza, añadiendo que obraba muy bien al cumplir con su obligación.

Como en la cárcel de Córdoba no se cabía, -diríamos ahora que había overbooking-, lo llevaron primero a Castro del Río, donde alojaron a los presos en un antiguo convento que se había quedado vacío durante la Guerra.

Allí llegó a pesar 45 kilos, aunque medía uno noventa.

El problema de la falta de alimentos se resolvió, cuando llevaron a aquella cárcel-convento a varios presos comunes, gente acostumbrada al campo, que enseguida se pusieron a cazar ratas, de las muchas que por allí se paseaban, lo que inauguró un próspero negocio para el director de aquella prisión, que les vendía a los presos la leña necesaria para el asado de aquellos nutritivos animalitos.

Tras varios meses en Castro del Río fue trasladado a Córdoba, en cuyo Alcázar de los Reyes Cristianos hacía falta un médico, para atender a los más de tres mil presos allí recluidos, mientras se construía una nueva y hermosa prisión, -la que ahora están derribando en el barrio de Fátima-, que no llegó a disfrutar, pues antes de los cuatro años se le concedió la libertad vigilada, debiendo presentarse en la prisión con regularidad.

Con tanta población reclusa, -contaba que solo en la sala que ahora es de los mosaicos, donde se celebran las bodas civiles, había más de trescientos presos, que para poder dormir tumbados en el suelo, debían hacerlo de lado, y para darse la vuelta tenía que ponerse de acuerdo la fila entera-; el trabajo en la enfermería, le mantenía entretenido y, a veces, hasta divertido, como cuando de noche, a la luz de una vela, con tinta china de varios colores, que compró con la excusa de pintar los bellos jardines del Alcázar, fue transformando en una vistosa maceta, plena de geranios, una cabeza de Lenin que llevaba tatuada, ¡cómo no!, en el brazo izquierdo, un antiguo comisario político del Partido Comunista, que negaba haberlo sido, estaba pendiente de juicio, y temía ser fusilado en el acto si llegaban a verle semejante prueba.

Poco a poco, en sucesivas noches, la calva de Lenin quedó convertida en tiesto de barro, tal vez como una premonición de lo que luego certificaría la Historia, y su barba sirvió para tatuarle al ex comisario político, un hermoso ramillete de flores, con lo que aquel brazo quedó monísimo y, sobre todo, libre de cabezas comprometedoras.

Hubo presos a quienes les salvó la vida teniéndolos en la enfermería, a la espera de que pudiera llegar algún indulto, como en el caso de Matías Camacho, que luego fue senador por Córdoba.

Para ello, uno de los trucos que empleaba, era producir una pequeña herida quirúrgica tras el velo del paladar, lo suficiente para que el supuesto enfermo sangrara al toser y los carceleros se alejaran rápido de allí, pensando estar ante una enfermedad contagiosa y convencidos de haber comprobado que era cierto el padecimiento de algún ingresado en la enfermería.

Hubo un tiempo en aquel castillo-cárcel, en el que morían a diario varios presos, con el abdomen hinchado por falta de proteínas. Esta situación se solucionó cuando él y otros reclusos, se organizaron para denunciar al director de la cárcel por la alimentación que les daban: sopas de nabos y chorizos hechos a base de remolacha y pimentón. Hubo un juicio y aquel director fue condenado a veinte años de cárcel por corrupción, aunque no los llegó a cumplir.

A este episodio judicial, los presos lo llamaron la batalla nabal, con b de nabo, por la composición de las sopas que les daban.

El nuevo director que ocupó el cargo fue una persona honesta, que pronto entabló amistad con mi padre, a quien invitaba a salir con él para pasear por la Judería.

Había un viejo piano abandonado por los anchos corredores del Alcázar, y mi padre solicitó permiso para amenizar a los presos con algo de música, tras el toque de silencio.

Al director le pareció bien la idea y cuando el toque de corneta de las tropas moras, con túnica hasta los pies, que vigilaban aquellos muros, dejaba sumido al Alcázar en el mayor de los silencios, comenzaban a oírse en el aire las melodías interpretadas por mí padre.

Las notas se propagaban a lo largo de los oscuros corredores y los salones del Alcázar, abarrotados de veteranos combatientes republicanos, que las escuchaban en absoluto silencio.

Una de aquellas melodías era “El carnaval de Venecia”.

Pues bien, -esto nunca lo había contado antes-: esta melodía, con sus melancólicas notas, en realidad, era la contraseña que mi padre tenía acordada con los presos condenados a muerte, para comunicarles si de madrugada iba a haber fusilamientos o no. Como él tenía acceso a las oficinas, sabía con antelación, cuándo se iban a producir. Si interpretaba “El carnaval de Venecia”, los condenados a muerte podían dormir tranquilos esa noche, evitándoles así uno de los mayores sufrimientos que padecían, como era intentar dormirse sabiendo que podían ser despertados para no volver jamás.

Había un teniente que resultaba especialmente cruel y antipático cuando le tocaba hacer las sacas. Era bajito y delgado y entraba en la galería de los condenados a muerte, rodeado de un piquete de soldados con las bayonetas caladas. Allí había más de cien personas esperando no ser nombradas.

Sacaba un papel del bolsillo de su guerrera, lo desplegaba con parsimonia, y después de mirarlo un rato, decía, por ejemplo: “Antonio”; se daba un paseo, comentaba cualquier cosa con algún soldado y, después de otro rato, añadía “Sánchez”, para finalmente, decir el segundo apellido, seguido de la orden de que saliera. Nuevo nombre, por ejemplo: “Rafael”, encendía un cigarro, otro paseo, citaba el primer apellido, que podía ser Pérez o García, o cualquier otro apellido común a muchos de los que allí estaban; varias caladas más al cigarro, y, por fin, el segundo apellido: ¡Qué salga!, y así sucesivamente…

La salida de aquellos presos del Alcázar era desgarradora, en muchas ocasiones, entre gritos de “Asesinos” y reclamando venganza, gritos que intentaban impedir que se oyeran, acelerando los motores de los camiones que aguardaban a la puerta del Alcázar.

A pesar de todo aquello, él continuó creyendo en el ser humano, en la necesidad de ser bondadosos, tener respeto y ayudar a los demás, exactamente lo que había aprendido de sus padres y en la Institución Libre de Enseñanza. Por eso, y por sus muchos conocimientos de Medicina, tras una larga temporada en que ni siquiera le permitieron ejercer su profesión de médico, ni ganarse la vida de vendedor de aceitunas después de haber salido de la cárcel, cuando al fin le autorizaron al cabo de un año para trabajar con la condición de que fuera en un barrio de las afueras de Córdoba, como era entonces la Huerta de la Reina, la clientela que empezó a acudir a su consulta se hizo enseguida numerosísima. Se formaban colas para ser vistos por él y, muchas veces, lo que les cobraba a unos, se lo daba a otros para que compraran las medicinas o pudieran comer algo.

Ejerció siempre la Medicina de forma libre, sin adscribirse a compañías o seguros, y así, de manera ininterrumpida, hasta los 84 años, sin tomar jamás vacaciones ni guardar un solo día de cama, pues disfrutó de una excelente salud. Seguramente, su sentido del humor y el saber sonreír, que ahora se ha demostrado pueden elevar las defensas contra las enfermedades, le protegieran de padecerlas.

Como muestra de ese Humor, inseparable compañero suyo, he traído algunas de las postales de felicitación que enviaba a sus amigos por Navidad, así como una pequeñísima muestra de los miles de dibujos humorísticos que hizo a lo largo de su vida.

Espero que nadie se sienta incomodado o herido en su sensibilidad por alguno de estos dibujos. Puedo asegurar que jamás hubiera sido esa su intención. Pero el Humor es así…:

Le fue bien y, como él mismo comentó, no careció de automóviles, lavadora, colchón-espuma, televisión, paraguas, boinas y fregonas.

Ya al final del viaje, tuvo la satisfacción de que viera la luz su libro, ya citado, “Mi chapucera Guerra Civil. En la Guerra y con humor”, así como exponer una amplia muestra de sus dibujos en la Diputación de Córdoba y en la Institución Libre de Enseñanza en Madrid, así como ver colgado uno de sus cuadros en el Museo de Arte de los Amigos del Serrallo, nada menos que en el Pirineo Aragonés y de que sus dibujos y caricaturas, se encuentren en todas las hemerotecas, archivos y enciclopedias de humoristas españoles del siglo XX.

Sabiendo que estaba próximo a recorrer la última vuelta del camino, me pidió que pusiera en la esquela, debajo de su nombre y su profesión de médico, “fallecido a consecuencia de cáncer uterino”.

Me decía: “Ya verás lo divertido que puede resultar cuando algunos se sorprendan y, dudando del significado de uterino, vayan a consultar al diccionario”.

Y a mi hermana Natalia, la menor de los hermanos, le recomendó que no llorara en el día de su despedida “Porque tú lloras por cualquier tontería…”.

Se fue para siempre el 6 de noviembre de 1989, a los 87 años.

Al día siguiente fue publicada una nota en el Córdoba, que titulé “Nos dejó un amigo”.

Terminaba así:

Soñador de libertades y de historias divertidas, tu ventana la han tapiado para siempre las malévolas ninfas de la noche . Y ya solo existirán muros eternos. Y un recuerdo imborrable.

Córdoba 14 de febrero de 2017

Principales editores del artículo

Valora este artículo

0.0/5 (0 votos)