La Romería de San Álvaro (1860)

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Artículo de Amador Jover Sans en la Revista cordobesa : de ciencias, literatura, artes é industrias de febrero del año 1860[1]

¿Que tumultuosa algazara, qué desusada animación y alegría son esas que vienen á turbar hoy el sepulcral silencio de nuestras calles y á sacar de sus casillas á los pacíficos habitantes de nuestra capital? ¿Qué viene á significarnos esa ruidosa muchedumbre, que desde los primeros albores del dia se agita de acá para allá, en confuso y bullicioso tropel, como las alteradas olas de un mar tempestuoso? ¿Qué instintivo impulso es ese, que asi pone en tan activo movimiento á tanto semoviente, á tantas y tan alegres cabalgatas que hacen estremecer la tierra bajo sus plantas, y que desde muy temprano empiezan á llenar el anchuroso y dilatado ámbito que ocupa el placentero y risueño campo de la Merced?

Todo esto viene á despertar en nosotros un recuerdo de nuestra infancia; todo esto supone que los dias de nuestra existencia se precipitan unos á otros, sucediéndose con dolorosa rapidez, que el tiempo huye con voladoras alas, y por último viene á anunciarnos también que estamos á diez y nueve de Febrero, dia de San Álvaro de Córdoba. No existe pueblo alguno que deje de consagrar á estas devotas romerías ciertos dias determinados, en los que suele entregarse á inocentes placeres dando rienda suelta á los naturales impulsos de su corazón; y si tales hábitos son tan generales y constantes entre todos los pueblos, entre nosotros militan mayor número de razones para que asi suceda.

Aparte de los sentimientos peculiares y característicos de esta población, que bajo el punto de vista religioso ofrece el mas grato y consolador aspecto relativamente al estado de indiferentismo y degradación en que tantas otras han caido, habiendo sabido sus habitantes conservar, por fortuna, fuertemente arraigadas en sus corazones las tradicionales y católicas creencias de sus mayores; aparte de esto, decimos, hallamos nosotros un poderoso estímulo á estas campestres escursiones en esa eterna verdura que cubre nuestros risueños campos, en ese esplendente sol que ilumina con sus radiantes resplandores un cielo siempre azulado y sereno; porque ¿quién á la vista de tales maravillas no se siente poseido de una viva admiración y esperimenta en su alma un profundo placer en la contemplación de la naturaleza y un ardiente anhelo de gustar las puras delicias del campo?

En esta grata visita á uno de los santuarios, que mas asunto ofrecen á la legítima admiración de los inteligentes, cuantos lugares se recorren hasta llegar á él presentan á la vista la perspectiva mas bella y los mas pintorescos paisajes. Sigamos, pues, el seguro itrnerario que nos va marcando el no interrumpido cordón de gentes, cuyos risueños semblantes están respirando la satisfacción y el contento y cuyos animados cantares, llenos siempre de gracejo, y rebosando malicia, pueblan alegremente los aires. Dejad á vuestra izquierda el Sto. Cristo del Pretorio, imagen venerada, objeto de la devota piedad de los cordobeses, y al que el espíritu de innovaciones y reforma, el nuevo aftin por las empresas industriales y la piqueta destructora de nuestros tiempos están amenazando hoy de continuo. Seguid mas adelante; cruzad por entre esos floridos olivares que cierran vuestro horizonte por uno y otro lado, circundando vuestro camino como de una magnífica guirnalda, y os hallareis á los pocos pasos junto á la Cruz de Juárez;

¡La Cruz de Juárez.! ¿Qué viene á significarnos sobre este lugar este símbolo sagrado de nusstra redención? ¿Qué misterioso suceso podrán guardar, oculto á nuestros ojos, esas mal labradas y toscas piedras? Aqui dieron muerte alevosa á un hidalgo castellano, os diría tal vez Alejandro Dumas, al noble Vargas de Fonseca, y al valiente escudero que á la sazón le acompañaba; y acaso os relataría sin mas ni mas toda una interesante historia llena da trágicos episodios, y os baria ver á la juz indecisa del crepúsculo y á los trémulos resplandores de la luna algún fantasma aéreo vagar entre las misteriosas sombras de la noche, y aun os haría percibir su voz sobrecogiéndoos de terror y glacial estremecimiento.

Mas dejémonos por hoy de apariciones nocturnas y de tan sombríos relatos, y entreguémonos lo mas libremente que podamos á los sencillos placeres con que nos está brindándola lozana naturaleza, que tan magestuosamente desplega sobre este privilegiado suelo sus mas brillantes galas, y embriaguémonos sin cesar con el fresco vientecíllo que sopla agradablemente, y el ambiente embalsamado que llega hasta nosotros escapado de los pétalos de las flores.

Mas detened un momento vuestros pasos; hemos llegado á la Asomadilla, y es fuerza no seguir mas adelante sin hacer antes alto sobre este lugar, y sin convertir nuestras miradas hacia nuestra encantadora ciudad, hacia esa sultana de las flores, que envuelta entre los vapores de la mañana ofrece desde aqui el mas risueño y seductor aspecto, y que tendida sobre la verde llanura y velada entre mágicos celajes recuerda involuntariamente á nuestra memoria los dulces ensueños de nuestra juventud y los maravillosos cuentos de las mil y una noches. Mas vuestros briosos corceles piafando denotan su impaciente ardor; apresuraos pues, á llegar.

Vuestras repetidas bromas y festivas chanzonetas contribuyen á hacer mas amena tan alegre fiesta, y el natural alborozo de que os sentís poseídos y que embarga completamente todas vuestras potencias parece animar vuestra marcha acelerando insensiblemente vuestros pasos, y hé aquí que sin saber cómo os encontráis ya frente á frente del hermoso santuario de Scala Coeli.

Situado este antiguo monasterio del orden de Sto. Domingo en medio de las soledades de Sierra Morena, rodeado de pintorescas colinas, con los distintos nombres que tan tiernos recuerdos encierran para el corazón cristiano, de Monte de las Olivas, del Tabor, de Getsemani, se cstasia aqui el alT ma en sania contemplación, creyendo hallarse sobre los mismos lugares que fueron testigos de la doloroso Pasión de nuestro Divino Salvador, y de los profundos, misterios obrados diez y nueve siglos há por amor al hombre y para redención del mundo. Matizando sus verdes márgenes de candidas azucenas, de mirtos y encendidas rosas podéis también contemplar aqui serpenteando á vuestros pies el arroyo de los Cedros.

Aqui fué, junto á la fresca Orilla de este arroyuelo, y al pié de esta modesta cruz, que la piedad cristiana ha levantado después, como justo aunque pobre homenaje á la esclarecida memoria del doctísimo varón Fray Luis de Granada; en este apartado retiro y aplacible soledad donde el ánimo conturbado halla la anhelada paz y encuentra un seguro puerto contra la desecha borrasca de las pasiones, dictó este escritor piadoso algunas de sus admirables páginas, llenas de elocuencia y de inefable unción.

Ya hemos indicado que el santuario de Scala-Coeli, tanto por las preciosas imágenes que decoran sus altares como por las milagrosas reliquias de S. Alvaro que se custodian en este lugar, ha sido siempre constante objeto de la' piedad y admiración de los cordobeses. Entre las esculturas que existen en esta iglesia tenidas en mayor estimación, sobresalen la de Sta. Maria Magdalena y la de S. Francisco de Asis.

Dignas asimismo de fijar la alepeionde los verdaderos amantes del arte son las varias pinturas a! fresco que embellecen las pare, des laterales y bóveda de este templo, como igualmente los distintos grupos de ángeles y demás imágenes de sanios. De igual suerte que las de la iglesia se hallan piuladas al fresco las paredes del coro, situado á espaldas del altar mayor, sirviendo de asunto á estas pinturas algunos pasajes y episodios que hacen referencia á la vida de Sto. Domingo. No recordaremos aquí el origen del Señor de S. Alvaro ó Crucifijo de! Pobre, de historia milagrosa, que iodos conocemos y hemos escuchado desde nuestra mas tierna infancia llenos de religioso recogimiento y de cristiana fé; fé que debemos guardar como el mas preciado tesoro del alma, como la mas rica herencia que nos pudieron legar los precedentes siglos, á los cuales debemos sin duda el poder hoy admirar templos como el de Scala — Coeli, y tantos otros, fruto esclusivo de esa fé viva y acendrada piedad, que fueron siempre los mejores timbres de que con tan jusla razón se honraron y de que hicieron tan glorioso alarde nuestros ilustres antepasados.

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  1. Revista cordobesa : de ciencias, literatura, artes é industrias: Año 3 Número 73 - 1860 febrero 19

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