Leyendas del Convento de Santa Isabel de los Ángeles

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Existen diferentes leyendas asociadas al Convento de Santa Isabel de los Ángeles que fueron escritas por Ramírez de Arellano en Paseos por Córdoba


Entre su patrimonio se cuenta que existe un imagen del Niño Jesús que antaño tuvo fama de milagroso: aquella persona justa que realizara su petición ante él, recibía una sonrisa en señal de asentimiento.

También es más o menos milagrosa la aparición de la Cabeza de Jesús Crucificado. Según la leyenda, un marinero vio algo (una red??) flotando a la deriva. Curioso, se acercó y lo recogió. Una vez hubo quitado los peces, descubrió la escultura, que trajo a Córdoba para ser donada a este convento.

Una de las hermanas de la comunidad, llamada Sor Magdalena de la Cruz, tuvo fama de santa por los muchos milagros que se le atribuían, como el ver una procesión a través de los muros de la celda en que la enfermedad la mantenía encerrada, tantos, que se cuenta que el rey mandaba sus reliquias para que se las bendijera. sin embargo nada tenía de bendita, o así lo afirmaron dos monjas que vieron entrar una noche a un joven apuesto en la habitación de la santa, y le oyeron decir "Así me tratas, cuando te he dado todo cuanto has pedido?". Con ello, no les quedó duda de que todos los prodigios procedían del demonio y no de Dios. La denunciaron al tribunal de la Inquisición y, tras días de tortura, acabó confesando sus tratos con el diablo. Debido al arrepentimiento que mostró, la sentenciaron a vivir el resto de su vida en un convento fuera de Córdoba, dónde cada día debía postrarse en el suelo y servir de alfombra a sus hermanas, a fin de mostrar cuan indigna era.

También se cuenta, relacionado con este convento, la historia de dos hermanos huérfanos. La muchacha se enamoró de un joven. La relación no era posible, pues el joven era de clase inferior a ella, de modo que al enteresarse su hermano, prohibió la relación. Mas la joven no atendía a razones por lo que su hermano la encerró en el convento para impedir que se vieran. Fue inútil: no sé sabe cómo pero los amantes consiguieron verse y trazaron un plan de fuga. La noche indicada, la joven huyó del convento junto a su amado. Enterado el hermano por un amigo, salió tras ellos, logrando alcanzarlos. A ella, sin mediar palabra, la mató allí mismo. A él, en cambio lo desarmó, y cuando el joven se disponía recibir la muerte, vio con sorpresa como el caballero daba media vuelta. Ante semejante gesto, no pudo menos que preguntar el por qué, a lo que el otro contestó: Tú no has manchado mi honra.


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