Mateo de la Fuente

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Mateo Diego de la Fuente, célebre eremita y abad, fue fundador de la Orden de los Basilios en España (* Tamajón 1524 - † Montilla, 1575)

Crióse en Salamanca donde estudió Gramática latina y después Filosofía, con gran aprovechamiento, profesando desde sus primeros años un gran amor a Dios. Tal era la fé que sentía que, enterado de que unos ermitaños vivían en la sierra de Baeza, marchó en busca de ellos, sin más equipaje que una Biblia, pero no conforme con ello, marcha a Montilla atraído por la fama de santidad del Padre Juan de Ávila

El Padre Ávila, hecho cargo de sus deseos, le encaminó para que lo lograse, al desierto de la Albaida, donde vivió en una cueva, haciéndose célebre no sólo por sus extremadas penitencias, sino por sus muchas virtudes y fama de santidad. Esta celebridad dio lugar a que como era contrario a ella marchase a Poniente a campo a traviesa. Anduvo así unos días hasta llegar al monte que llamaban de «Don Martín», término de la villa de Hornachuelos, donde encontró una pobre ermita abandonada y en ella se estableció par s hacer una vida de asombrosas penitencias.

El vestido de Mateo consistía en un pobre hábito hecho de una jerga de color ceniza, un escapulario y capilla parda y descalzo del todo yendo todos los días festivos a oir misa a la dicha villa de Hornachuelos, cargado con sus trabajos de mano para comprar las precisas provisiones para la semana.

En una de sus muchas visitas que hacía al Padre Ávila se encontró allí con un joven penitente llamado Diego Vidal, del que se hizo amigo y al que se llevó al desierto que se encontraba, a instancias del Padre Ávila. Juntos marcharon y se instalaron en unos de los sitios más bellos y encrespados de nuestra sierra .

Tal fama adquirieron aquellos dos penitentes que fueron muchos os hombres desengañados del mundo que solicitaban habitar con ellos y seguir su género, de vida, de tal modo que en muy corto tiempo se llegaron a reunir unos cuarenta por lo que Mateo solicitó del Ayuntamiento de la Ciudad de Córdoba se le concediese permiso para hacer él y otros compañeros una ermita a tres leguas de Hornachuelos.

Obtenido éste construyeron una pobrísima iglesia con un altar dedicado a San Miguel Arcángel, mientras que su vida la hacían en chozas distantes las unas de las otras, sirviéndose, para cuando tenían necesidad de congregarse para sus rezos, de una campanita pendiente de una encina o alcornoque. Todos estaban bajo la dirección de Mateo, si bien prestaron desde los primeros momentos obediencia al Obispo de Córdoba, que confirmó en su puesto de Hermano mayor a Mateo. Tal fué su fé y obediencia que el Pontífice San Pío V despachó un breve para que todos los ermitaños que vivían en soledad y con obediencia al Obispo pudieran constituirse en Comunidad y elegir cualquiera de las reglas aprobadas por la Iglesia.

Convinieron en vivir la vida cenobítica, adoptando la regla de San Basilio, fundando un convento al que dieron este nombre. Labraron las celdas y opcinas, convinieron en no tener más bienes de fortuna que su trabajo y en dar a todos los pobres las limosnas que tuviesen a su alcance y por último eligieron por abad a su fundador el Padre Mateo de la Fuente.

La vida de estos frailes fué modelo de ejemplaridad y toda llena de virtudes. Tal fama adquirieron de santidad que hasta Santa Teresa de Jesús habla de ellos en su libro de las «Fundaciones» en el capítulo XVI y cita al Padre Mateo de la Fuente. Casualmente encontróse en Montilla a la muerte de su querido y venerable maestro el Padre Ávila y Mateo lleno de achaques y completamente destruido entregó su alma al Creador el día 27 de Agosto de 1575. Su cadáver fué trasladado por los monjes de Hornachuelos a su convento y allí enterrado donde aún debe permanecer, pues hasta ahora no se tienen noticias de que se hallan practicado excavación alguna.

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