El Adalid

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El Adalid fue un diario político conservador y reformista que se publicó entre el año 1885 y 1891 y estuvo dirigido por Julio Valdelomar y Fábregues. Mantenía su redacción en la calle Osio y su parte administrativa en la calle Libreros.


Notas cordobesas sobre La Redacción del Adalid

Un de los periódicos políticos más importantes que se han publicado en Córdoba, y el que obtuvo mayor popularidad, fue, sin disputa, El Adalid.

Representaba á la fracción llamada romerista y tan bien identificado estaba con su jefe Romero Robledo que en casi todos los escritos de El Adalid reflejábanse el espíritu batallador, la travesura, el ingenio y la gracia del famoso Pollo antequerano.

Por reunir tales condiciones, muchas personas que no se hallaban afiliadas á la política romerista ni á otra alguna, buscaban dicho periódico para solazarse con su lectura, siempre amena.

La Redacción, situada en un amplio local de la antigua casa de la calle de Osio, hoy convertida en Escuela graduada de niñas, era punto de reunión de la mayor parte de los escritores de Córdoba y de cuantos visitaban nuestra ciudad.

Y allí pasaban horas agradabilísimas conversando con los inolvidables hermanos Valdelomar y con el gran Emilio Cabezas, encargados de la confección del periódico; los dos primeros literatos distinguidísimos, periodistas de la buena cepa, y el último un reporter activo y un hombre de verdadera vis cómica, como ahora se dice.

Enrique Valdelomar, el Director, escribía con más corrección que Julio, pero este le aventajaba en facilidad y donosura.

Los artículos de aquel, bien meditados, revelaban en su autor un conocimiento exacto de la vida política, muy revuelta y agitada entonces.

La especialidad de Julio era la sátira; él contribuyó poderosamente á dar popularidad á su periódico merced á una sección titulada Palique, en la que comentaba con extraordinario gracejo el asunto de actualidad; ponía en solfa á los políticos locales que no militaban en el bando romerista, y burla burlando dirigía las más acres censuras á todo lo que consideraba vituperable.

Durante algunos años estuvo encabezando esta sección con una semblanza de una personalidad conocida en Córdoba, siempre escrita en verso y la mayoría de las veces en sonetos, composición que llegó á dominar de un modo admirable.

No hay que decir que algunas de sus sátiras le proporcionaron serios disgustos y que tuvo cuestiones muy desagradables motivadas por el acaloramiento de las pasiones.

Una de las campañas que más regocijaron al público fué la sostenida contra un famoso Gobernador, apodado por Julio Valdelomar Planchifredo II, á causa de haber pretendido aquel detener a unos cómicos que simulaban reñir desde diversas localidades del teatro representando una escena de la zarzuela A ti suspiramos, escena que la cándida autoridad tomó por una verdadera riña.

Y de sus polémicas puramente literarias merece citarse, por el ingenio que en ella derrocharon, tanto él como su contrincante, la sostenida con el Director del periódico conservador de Córdoba La Lealtad, don Juan Menéndez Pidal, porque este escribió tijeras con g, y aunque reconociera el error padecido, trató de sostener, con habilidad y gracia sumas, que él no era el equivocado sino su travieso colega.

A veces resultaban sangrientas algunas sátiras de Julio.

En cierta ocasión un amigo suyo, que se distinguía por su elegancia y por su afán de notoriedad, ya que no por su talento, fue á rogarle que publicara una gacetilla anunciando su marcha á los baños y Valdelomar le lanzó la siguiente bomba en la sección de Palique: "Ha salido para Paracuellos de Giloca nuestro estimado amigo don (aquí el nombre del viajero). Por cierto que va estrenando un traje de rica lana dulce confeccionado con arreglo al último figurín".

iQuisiéramos haber visto la cara que pondría el interesado al leer la noticia!

Cuando instalaron en la calle de San Fernando los postes que sustentan los alambres del telégrafo, Julio Valdelomar decía, presa de gran indignación: ¡Esto es una vergüenza! ¡Esto no se consentiría en la calle más escusada del último villorrio! Mañana voy á dedicarle un palique tremendo. Y Emilio Cabezas, que le escuchaba con su calma habitual, contestóle muy serio: pues bastante va á conseguir un palique contra estos palos, que parecen vigas de molino!

En sitio muy visible de la Redacción había siempre una enorme porra adornada con lazos y cintas de colores, y cuando algún impertinente se presentaba á solicitar cualquier aclaración importuna Emilio Cabezas levantábase de su asiento, cogía la porra, daba con ella un terrible golpe sobre la mesa de trabajo y exclamaba con voz estentórea: aquí tiene usted nuestra pluma de rectificar.

Huelga decir que el visitante, al ver la actitud, simulada por supuesto, de aquel hércules, adoptaba la determinación de marcharse.

En las horas de descanso de la ruda labor periodística pasábase un rato delicioso en aquella casa, donde imperaba siempre el buen humor y siempre se estaba en broma, no sin falta de sinsabores, ciertamente, sino tal vez para olvidarlos.

Cuando visitaban la Redacción periodistas o literatos forasteros improvisábanse allí amenísimas veladas y los hermanos Valdelomar se desvivían para agasajar á sus compañeros.

Y apropósito de agasajos recordamos el siguiente suceso: un amigo de Enrique regalóle una botella de Champagne y el obsequiado la guardó en un armario de la Redacción, sin duda esperando el momento oportuno para abrirla.

A los pocos días recibió la visita de un colega y después de charlar con él largo rato dijo dirigiéndose á Emilio Cabezas: abre ese estante y saca una botella de Champagne para que la bebamos con este amigo.

Cabezas, que no tenía noticias del obsequio, oyóle absorte [sic] y se dirigió al armario, dispuesto á coger la botella de la tinta, única que, á su juicio, había en el lugar indicado.

La sorpresa que experimentó al ver la de Champagne fue casi tan extraordinaria como el asombro del colega, pues este nunca pudo imaginar que se obsequiara á los visitantes con tal vino en la redacción de un modesto periódico de provincias.

Los hermanos Valdelomar, como ya hemos dicho, á la vez que excelentes periodistas eran notables literatos.

Todos los domingos publicaban en El Adalid una "Hoja literaria" genuinamente cordobesa, en la que describían, lo mismo en prosa que en verso, tipos y escenas de esta población, y á la vez insertaban interesantes crónicas locales y composiciones de nuestros mejores poetas.

En referida Hoja aparecieron, firmados con el pseudónimo de Sislán, numerosos artículos de costumbres, también de Córdoba, en los que su autor, Emilio Cabezas, revelaba, á la vez que su gracia por todos reconocida, un delicado espíritu de observación.

Personas que no trataban á fondo á Enrique y Julio Valdelomar, juzgándoles por su trabajos periodísticos, les creían hombres rencorosos de los que se complacen en hacer el mal, pero eran todo lo contrario, nobles y buenos, verdaderos corazones de oro, cuyos impulsos tenían á veces que supeditar á una voluntad de acero, templada en el yunque de la desgracia.

En una polémica entablada entre El Adalid y La Lealtad, Julio Valdelomar, que la sostenía en el primero, excitado por su temperamento nervioso, hubo de deslizar algunas frases las cuales molestaron á su contrincante, que era el ilustre poeta don Manuel Fernández Ruano, maestro de la juventud literaria de su época.

Fernández Ruano contestóle en un articulo admirable, lleno de dignidad y de energía, y cuando el público esperaba que se concertara un desafío, al encontrarse ambos escritores en el pórtico de la iglesia del Salvador, Valdelomar abrazó á Fernández Ruano y, emocionado, felicitóle por su réplica.

Tales eran los sentimientos del malogrado autor de Luz Meridional.

Cuando El Adalid desapareció del estadio de la prensa, aquellos tres periodistas, que más que compañeros eran hermanos, tuvieron que separarse para siempre.

Emilio Cabezas obtuvo un destino, que desempeñó hasta morir.

Julio Valdelomar, tras desesperada lucha con el infortunio, en la que agotó todas las energías de la juventud, cayó rendido para no levantarse jamás, sin tener siquiera el triste consuelo de que guardara sus cenizas la ciudad que le vió nacer y á la que profesaba un inmenso cariño.

Enrique marchó á América en busca de más amplios horizontes y cuando, después de una dolorosa odisea, empezaba á disfrutar los inefables goces del triunfo, la muerte arrebatóle inesperada y rápidamente.

¡Triste fin el que suele reservar el destino á los hombres de verdadera valía!

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