Apuntes sobre Córdoba de Leandro Fernández de Moratín (1795)

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Apuntes de Leandro Fernández de Moratín sobre la ciudad de Córdoba en su viaje que tuvo lugar entre el año 1795 y 1805. Describe la realidad de la ciudad de Córdoba en esa época.

El camino de La Carlota hasta Córdoba es bastante montuoso y, llegando a una altura que llaman Los Visos, muy parecida a la Bochetta de Génova, se descubre una vega hermosísima por donde corre el famoso Guadalquivir, menos soberbio que en la gran Sevilla; enfrente, las faldas de Sierra Morena cubiertas de frondosidad, con muchas casas repartidas por ellas y, al pie, la antigua Córdoba. Entramos al anochecer.

El Alcázar de los Abdallas y Abderramenes le ocupa ahora el Santo Oficio. Vi la huerta poblada de árboles, llena de naranjos y verdura, abundante en aguas. Allí se ve todavía una puerta que, a lo que parece, sería del Serrallo que separaba el jardín Real de las habitaciones y jardines de las sultanas. Yo no sé decir lo que hay allí de extraordinario ni qué efecto debe producir una huerta mal cuidada en el ánimo de quien la ve, sólo diré de quien, al entrar en ésta y recorriendo la historia de otros siglos no sienta una deliciosa melancolía que suspenda y le enajene, carece de imaginación sin duda. La amenidad del sitio, los objetos que en él se presentan, los árboles robustos, la verdura de aquel terreno fertilísimo, el ruido de las aguas, las ruinas confusas de aquel edificio, los muros destruidos, la soledad, la memoria de lo que fue, quien no sienta e imagine ¿para qué ha de ir allí si allí no hay más que una huerta?

Vi las caballerizas del Rey, donde hay hermosos caballos es una de las cosas curiosas de esta ciudad. Pero creo que cuando el fiero Almanzor talaba los campos de Castilla, rompía los muros de León y entraba victorioso pisando el cadáver de su alcaide, abrasaba el templo de Compostela y huyan a su vista las tristes reliquias de nuestra nación, estarían en mejor estado las caballerizas de Córdoba.

La ciudad es vieja, fea, con algunas cuestas, calles torcidas y estrechas, exceptuando una u otra, y mal caserío en general. Quedan todavía algunas portadas antiguas de regular arquitectura como lo es la de la Iglesia de San Agustín, la de San Pedro y alguna otra de las casas particulares, aunque en muy corto número. De lo moderno merece verse la iglesia de Santa Victoria con una buena portada corintia formando lo interior un círculo con decoración igualmente corintia y cuatro grandes cuadros de algún mérito, obra de Don Francisco Agustín que reside en esta ciudad.

Si Roma fue célebre por sus triunfos, Córdoba no lo es ciertamente por los suyos. Así se llaman a ciertos armatostes de mármoles llenos de hojarascas y garambainas que a cada paso se hallan por las plazas y sitios públicos dedicados a San Rafael, cuya imagen dorada corona la punta de estos extravagantes monumentos. Hay uno entre ellos, bastante bueno, que consiste sólo en cuatro columnitas de mármol blanco sobre un pedestal y sobre ellas, la imagen del Arcángel, protector especial de la ciudad según ciertas revelaciones y apariciones de que no estoy informado bien. Otro, en que se gastó más dinero que en los demás, el más grande y el peor de todos ellos, con un peñasco de mármol y sobre él, un castillo y, sobre él, una columna y, sobre ella, el San Rafael, es una mala imitación de la famosa fuente del Bernini en Plaza Navona. Cuando se les dice a los cordobeses que aquello es malo, no tienen otra respuesta que dar sino que lo hizo un francés; lo peor es que ellos lo pagaron, çum Barcia y su cousín, Calles, paseo extramuros.

Lo más singular que hay en Córdoba es su célebre catedral, antigua mezquita de los moros. Toda ella forma un gran cuadrilongo con una selva de columnas que pasan de setecientas, puestas en largas filas, formando naves rectas, trasversales y diagonales. La variedad de mármoles de estas columnas, la varia forma de sus capiteles, los arcos unos sobre otros que descansan en ellas, los ornatos árabes que aún existen en dos o tres capillas, las inscripciones de que están llenas y, sobre todo, el considerar cómo estaría en otros tiempos, concurrida y venerada de tantas naciones que venían a venerar aquel lugar santo, ejercitan la fantasía y arrebatan al observador que lo ve, a otros siglos que ya pasaron, le acuerda costumbres y ritos que acabaron ya y le presenta objetos que ya no existen.

El altar mayor de mármoles es cosa buena y el tabernáculo, compuesto también de piedras escogidas, es de lo mejor que puede verse. El crucero es gótico, enriquecidas sus bóvedas con bajorrelieves muy recargados y de mala ejecución; el trascoro y la fachada que tiene enfrente son de buena arquitectura. Hay repartidos por la Iglesia buenos cuadros de Céspedes, Juan de Sevilla, Castillo, Palomino..., pero en éstos y en los que he visto por la ciudad, de autores cordobeses todos ellos, reina un gusto de colorido negruzco y melancólico que desagrada y echa a perder lo bueno que en ellos hay. Entre las alhajas se conserva la custodia de Enrique de Arfe, obra de mérito en su línea, con toda la ligereza y ornatos y figurillas del estilo gótico. Cualquiera que vea esta iglesia sentirá el verla desfigurada con el crucero, las capillas y las frecuentes interrupciones y atajos que se han hecho para diferentes usos. Si se conservase como los moros la hicieron, sería un monumento, el más precioso de la nación y, aún así, como está, es, sin disputa, el único que hay en Europa por este género.

Siempre he oído citar a San Sebastián por ejemplo de desnudez, pero ¿quién creerá que en esta Iglesia, en la capilla que llaman de Villaviciosa, existe un San Sebastián muy jovencito, afeitadillo, con su peluca, su vestido de militar, su sombrero de tres picos debajo del brazo, sus flechas en la mano para denotar el martirio que padeció, su espadincico de plata, sus medias de seda, sus hebillas y sus zapaticos de castor? Yo pregunté por qué habían puesto de aquella manera al Santo bendito y me dijeron que era mayordomo de la Virgen y estaba vestido de aquella manera para acompañarla con la decencia correspondiente en las festividades, a lo cual no hallé nada que responder.

Hay en Córdoba una buena plaza que forma un cuadrilongo, espaciosa, con pórticos alrededor. Los edificios, exceptuando una pequeña parte, todos uniformes. Hay un buen paseo donde se junta los domingos razonable número de gente de a pie y bastantes coches; los días de trabajo sólo. La policía de Córdoba no merece grandes alabanzas; no hay alumbrado público; el empedrado es detestable y el Corregidor actual no quiere que las calles se barran porque, según me dijeron, dice que el barrido descarna las piedras; por consecuencia, la plaza, las calles y sitios públicos parecen letrinas y muladares. La falta de artes contribuye también a que los sentidos padezcan; difícilmente se halla en los edificios públicos o particulares, sagrados o profanos, un altar, una puerta, una fachada que no sea un despropósito. De las iglesias podrían sacarse carros de leña dorada para calentarse un ejército y quedarían mejor si las dejaran desnudas de ornatos tan ridículos. ¡Cuántos mármoles hay allí perdidos!, ¡cuánto dinero gastado inútilmente!

No deja de haber algunos curiosos que adornen sus casas con mejor dirección. El conde de Torres Cabrera tiene en la suya una colección de cuadros donde, entre muchos malos, hay algunos de mérito sobresaliente y siempre es laudable su afición aunque no haya sido grande su inteligencia.

Esta ciudad muestra en su decadencia señales nada equívocas de lo que fue. A cada paso se hallan trozos de columnas de escogidos mármoles y algunas anuncian por su magnitud haber pertenecido a grandes edificios, aras, inscripciones, sepulcros, monedas, capaces de excitar la curiosidad de cualquier hombre estudioso que se interese en las glorias pasadas de la famosa Bética.

En casa de D. Rafael Villaceballos hay porción de inscripciones romanas y árabes, algunas cabezas, una grande estatua armada sin piernas, brazos ni cabeza y otras piezas curiosas halladas en excavaciones y cuya ilustración sería estimable para nuestra historia. El mismo caballero posee un numeroso monetario que le dejó su padre, pero, como no heredó su gusto ni su inteligencia, harto hará si lo conserva en su poder como está hasta que pase a manos más dignas. En casa del Conde de Hornachuelos se ven grandes trozos de columnas istriadas de mármol, un capitel y otras ruinas sacadas en su casa misma que no dejan duda de que allí hay un grande edificio subterráneo cuyo descubrimiento sería plausible, pero los gastos que hay que hacer para verificarlo le han retraído de esta idea.

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