Colecciones de fieras y animales domesticados (Notas cordobesas)

De Cordobapedia
Saltar a: navegación, buscar

"Colecciones de fieras y animales domesticados". Ricardo de Montis en Notas cordobesas. Marzo de 1928</ref>


Ahora que hemos tenido en Córdoba un magnífico parque zoológico, por el cual han desfilado muchos millares de personas, creemos oportuno dedicar una crónicas retrospectiva a las colecciones de fiestas y animales domesticados que, desde tiempos muy remotos, se han visto en nuestra ciudad.

Hace medio siglo frecuentemente nos visitaban hombres y chiquillos, italianos en su mayoría, que recorrían las calles tocando un organillo, el cual llevaban pendiente del cuello por medio de una correa. Sobre el organillo un pequeño mono grotescamente vestido lucía sus habilidades; bailaba al compás de la música, saltaba por un aro, hacía la instrucción militar, daba vueltas al molinillo de una chocolatera, tocaba el violín y simulaba leer en un libro, colocándose antes unas enormes antiparras.

También venían con frecuencia caravanas de húngaros con osos que bailaban en la vía pública al compás de extrañas canturias de sus domadores, acompañadas por un pandero.

En cierta ocasión uno de dichos animales, que trabajaba ante un numeroso grupo de espectadores en la calle de Céspedes, negóse a obedecer a su dueño; éste tiróle tan fuertemente de la cadena con que lo tenía sujeto de la boca por medio de una argolla, que le partió el labio; la fiesta; ya en libertad, dió un tremendo rugido y las personas que le rodeaban huyeron presa de un indescriptible pánico. Sólo permaneció inmóvil, ajeno al peligro que corría, un niño de corta edad. El oso se le aproximó, cogióle entre sus brazos cuidadosamente y, sin causarle el menor daño, lo sentó en la gradilla de una puerta próxima.

20 de junio de 1865. Diario de Córdoba

Hace más de cincuenta años llamó poderosamente la atención de los cordobeses, pues apenas se había visto aquí un animal de su clase, el famoso elefante Pizarro; su amo recorría con él la población, y previa entrega de dos cuartos, subía sobre el lomo del enorme paquidermo a los chiquillos y los paseaba por varias calles.

El dueño del elefante anunció un espectáculo sensacional: la lucha de áquel con un bravo toro de seis años de la ganadería Barbero.

Para presenciar la original lucha, numerosísimo público acudió al circo de la carrera de los Tejares.

El elefeante colocóse en el centro de la plaza, sentado, y sujeto de una pata, con una cadena, a un trozo de viga clavado en el suelo; su amo se hallaba, en pie, detrás de las manos del animal.

Salió el toro y empezó a dar vueltas al ruedo sin acercarse a Pizarro; entonces varios toreros le echaron los capotes para obligarle a que se aproximara al paquidermo y, al fin, le embistió, causándole una pequeña herida en una pata.

El elefante, sin variar de posición hizo un movimiento brusco y rompió la gruesa cadena con que estaba amarrado.

Las res, ya confiada, se dispuso a embestirle de frente y Pizarro la cogió con la trompa y, con la misma facilidad que si se tratase de un gato, la estrelló a varios metros de distancia.

Los huesos del toro crujieron como un haz de cañas al ser machacado y el cornúpeto quedó sin vida.

En las ferias de Nuestra Señora de la Salud y Nuestra Señora de la Fuensanta abundaban antiguamente las barracas con fieras y animales domesticados.

Nunca faltaba el teatro en que monos y perros hacían ejercicios gimnásticos, bailaban y realizaban escenas tan cómicas como la del desafío en que moría un mono, el cual era depositado en un coche fúnebtre tirado por perros, a los que guiaban otros monos con galoneadas libreas.

también era indispensable la barraca de las focas que según sus dueños, decían papa y mama y a las que la gente denominaba el pez de la tina.

Cierto día penetró en una de estas barracas un negro, muy popular en Córdoba, donde ejercía el oficio de albañil; acercóse a la balsa en que se hallaban las focas; quedóse fijo en ellas y, al oir los gruñidos que lanzaban, semejenates en efecto, a las palabras papa y mama, dichas con voz muy gutural, exclamó: ¡bah, a mí no me han comulgar con ruedas de molino; ese que habla es un francés que está escondido debajo de la tina!

Muchos años consecutivos nos visitó, durante la feria de Nuestra Señora de la Salud, una domadora de serpientes que traía otros animales, entre ellos, un enorme gorila.

El ejemplar mejor de de sus serpientes y el corpulento gorila murieron cuando su dueña los exhibía en pueblos de esta provincia y ambos animales fueron, disecados, en el gabinete de Historia Natural del Instituto de Segunda Enseñanza de Córdoba.

En la feria de Nuestra Señora de la Fuensanta, una noche, hace bastantes años, se propaló una falsa alarma: la que se había escapado una fiera de una barraca y la gente huyó a la desbandada, atropellándose muchas personas y resultando bastantes con heridas y contusiones.

La colección de animales más completa que se había visto hasta entonces en Córdoba estuvo aquí dos veces por los años 1884 a 86. La primera se instaló en el Campo de la Merced y la segunda en el Campo de la Victoria, cerca del lugar en que se hallaba la ría. Poseía raros ejemplares y una buena colección de perros y monos amaestrados.

Un hombre muy conocido en esta capital, indispensable en toda juerga, porque cantaba con mucho gusto el género flamenco, visitó cierto día el parque zoológico indicado y al pasar cerca de un elefante que se hallaba en el centro de la barraca, hubo de molestarlo con el bastón; siguió viendo las fieras y cuando , al dar la vuelta ala tienda, pasó de nuevo por donde se hallaba el paquidermo, éste le dió tan tremendo golpe con la trompa que lo estrelló contra las jaulas del otro extremo del parque.

La persona aludida resultó con multitud de lesiones, por fortuna leves, en todo el cuerpo.

Posteriormente el conocidísimo domador Malleu trajo su colección de fieras, muy completa y numerosa, y la instaló en la sala del butacas del Teatro Circo del Gran Capitán.

Con este domador venía una joven, la señorita Barnusell, que se encerraba en la jaula llena de leones, tigres, leopardos, chacales y otras bestias feroces, a las que convertía en mansos corderos, obligándolas a realizar múltiples trabajos.

Malleu anunció la lucha de un león con un toro, que debería efectuarse en el circo de los Tejares, dentro de una jaula de gran tamaño. El espectáculo careció de interés, pues los dos animales huían el uno del otro y no llegaron a acometerse.

En los antiguos circos de compañías ecuestres y gimnásticas, espectáculo hoy a punto de desaparecer, además de los caballos amaestrados, siempre había otros animales que realizaban múltiples trabajos, llamando poderosamente la atención del público.

4 de junio de 1904. El defensor de Córdoba

Hace medio siglo, la mejor compañía de las indicadas, que era la de don Eduardo Díaz, casi todos los años actuaba en Córdoba durante una larga temporada, instalando su circo en el lugar conocido como el Galápago, próximo al edificio de la Diputación provincial, y otras en el solar del paseo del Gran Capitán, donde después fue levantado el Teatro Circo.

Un payaso muy notable de dicha Compañía, Tony Grice, fué el primero que presentó un burro amaestrado, el famoso burro Rigoletto, después indispensable en todos los circos, con el que su dueño hacía ejercicios y escenas rebosantes de gracia.

El mismo artista tuvo la humorada y la paciencia de domesticar a un cerdo que evolucionaba en la pista con arreglo a las indicaciones de su amo.

Algunas veces negábase a trabajar y entonces Tony Grice decía al público: Señores: no les extrañe que no me obedezca, porque, al fin, es un marrano.

Fessi, director de otro circo que en época ya lejana, figuraba casi todos los años entre los espectáculos de la feria de Nuestra Señora de la Salud, presentó aquí por primera vez un número interesante que al poco tiempo, también figuraba en casi todos los circos: el de los cuatro toros amaestrados. Estos animales daban vueltas a la pista cambiando de dirección según su amo se lo ordenaba; se subían en unos pedestales de madera, se arrodillaban y se mecían colocándose en los extremos de una tabla apoyada por su centro sobre un borriquete.

Cierta noche uno de los toros se negó a obedecer al domador;éste fustigóle duramente y la res saltó la barrera de la pista frente a la puerta del circo y salióse al paseo de la Victoria, emprendiendo veloz carrera. Huelga decir que la gente huyó despavorida, atropellándose, en la creencia de que se trataba de un toro bravo y no de un manso buey que iba en busca de la dehesa.

Fessi conservaba un recuerdo muy desagradable en Córdoba; un borracho, durante una función, penetró en el departamento del circo donde se vestían las artistas. Como el director de la compañía tratara de arrojarle violentamente, el beodo le asestó una tremenda cuchillada en el cuello que le puso en grave peligro la vida.

Diario de Córdoba. 1 de abril de 1887

En la compañía del circo levantado, hace cuarenta años en el Campo de la Merced figuraba un domador de fieras que se titulaba el coronel Boone.

Encerrábase este en una jaula con cuatro magníficos leones y les obligaba a realizar diversos trabajos.

En una función invitó a la persona que quisiera a penetrar en la jaula, garantizándole que no correría peligro. Un joven muy conocido aceptó la invitación ya los pocos momentos entraba en el recinto de las fiestas pero estas tan pronto como se dieron cuenta de la presencia del visitante, dispusiéronse a a arrojarse sobre él lanzando terribles rugidos, y el coronel Boone, a costa de gran trabajo, los acorraló, por medio del castigo mientras el intruso abandonaba la jaula precipitadamente. La escena produjo en el público una impresión terrible y hubo señoras que sufrieron desmayos.

Un año entre los espectáculos de la feria de Nuestra Señora de la Salud, había uno titulado Circo ruso de fieras domesticadas. Era una barraca humildísima, cubierta con lienzos rojos y descoloridos; interiormente sólo contenía varias tablas apoyadas sobre piedras a guisa de asientos y la iluminaban, débilmente, unas humeantes candilejas alimentadas con aceite.

Las fieras amaestradas reducíanse a un escuálido camello que daba vueltas a una pista guiado por un nombre cubierto de andrajos y a un solo al parecer moribundo, al que se abrazaba a un muchacho y ambos caían al suelo. Aquel cuadro de miseria contristaba el ánimo de los espectadores.

Un joven nervioso, impresionable, que pertenecía a la Junta de Protección a la Infancia, vío la escena de la "terrible lucha de un niño con un oso", como anunciaban los voceadores del circo y apresuróse a denunciar ante el gobernador civil aquel espectáculo a su parecer peligrosísimo, inhumano, cruel, intolerable.

La primera autoridad de la provincia ordenó a uno de sus agentes que fuera a ver de lo que se trataba y cuando se informó de él de la escena aludida en vez de clausurar el circo y encarcelar a su ueño, como pretendía el joven de la Junta de Protección de la Infancia, socorrió con una limosna a esa pobre gente.

En el solar del paseo del Gran Capitán en que estuvo el Salón Ramírez, instalóse antes el circo de la Condesa de Valsois, quien presentaba cuatro elefantes muy bien amaestrados.

Fueron los primeros que trabajaron en Córdoba y llmaron exgtraordinariamente la atención del público. En el mismo circo presentbábase una artista vestida de zafora, con una juría de mperros.

De una enorme cesta colgada en el techo salían unas palomas y revoloteando por el circo, la cazadora disparaba su rifle y, a cada disparo, caía al suelo una palma, al parecer muerta.

Entonces uno de los perros abalanzábase sobre ella, la recogía y se la entregaba a la artista. Este colocábasela en un nombre desde el cual levantaba el vuelto , yendo seguidamente a ocultarse en la cesta.

Dicho número del espectáculo, original y nuevo, que no lo hemos vuelto a ver gustaba tanto como el de los elefantes de la Condesa de Valsois.

En los teatros de Córdoba también han sido presentados muchas veces, fieras y otros animales domesticadosde los que recordaremos aquí a los más notables.

Antes hemos de consignar un caso curioso. Cuanco actuó en el Gran Teatro, Arderius, con sus famosos bufos, puso en escena un baile en la que había una escena de pavos. Aquel espectáculo original no era el resultado de una labor admirable de paciencia, como el público suponía, sino una refinada cruledad.

Colocábase a los pavos, para que bailasen, sobre una plancha de hierro que había estado expuesta al fuego durante largo rato y los pobres animales, al quemarse las patas, levantábalas y constantemente simulando una danza, a la que podía aplicarse el calificativo de macabra con mucha propiedad.

En el Teatro Circo del Gran Capitán trabajó una compañía de perros comediantes que, solos en la escena, representaban mímicamente por supuesto, dramas y comedias, mejor que algunos actores.

En el mismo teatro lució sus habilidades el popular mono Maxim, que comía, fumaba, tomaba café, recorría el escenario en bicicleta, patinaba, se desnudaba y se vestía como si fuera una persona.

También en el citado coliseo se presentó una domadora de leones que poseía una colección de estos animales raquíticos, escuálidos, al parecer moribundos. La domadora penetraba en la jaula de los leones y los obligaba a realizar varios ejercicios a duras penas, pues trabajosamente se tenían en pie.

Aquí murieron dos leones, sin duda de hambre, porque aquel deplorable espectáculo producía muy poco dinero.

En una compañía de circo que funcionó en el Teatro a que nos referimos figuraba una artista, Pepita de Oro, que presentaba seis vaquitas del tamaño de cabras, las cuales hacían múltiples evoluciones obedientes a la voz de la dueña. Acompañaba a Pepita de Oro un payaso, casi tan diminuto como las vacas, que exhibía una colección de patos amaestrados.

por el Salón Ramírez desfilaron, igualmente, muchos animales domesticados, entre los que sobresalieron unos osos, hábiles patinadores, ciclistas y jugadores de balompié, y en todo nuestros teatros, alternando con las exhibiciones cinematográficas, hemos visto trabajar perros, monos, poneys y cabras, de las cuales recordamos una que, teniendo equilibrios prodigiosos, se subía en una pirámide formada con botellas.

en la Plaza de Toros presentóse una colección de focas que no se limitaban a decir papa y mama como las que se exhibía en las antiguas barrcas de las ferias, siuno que efectuaban ejercicios difíciles y originales, como el de tocar una especie de guitarra.

Allí también admiramos, en un circo, varios gatos que servían de caballas a unas ratas, constituyendo un espectáculo originalísimo.

Finalmente, en una función benéfica celebrada en la Plaza de Toros, un joven muy conocido en esta capital penetró en la jaula de unos leones, invitado por su domadora, a tomar una copa de Champaña entre las fieras.

El joven aludido apuró la copa del espumoso vino sin que le molestaran sus acompañantes.

Pero hay que advertir que se trataba de los leones pequeños escuálidos, moribundos al parecer, que antes fueron presentados en el Teatro Circo del Gran Capitán.


Principales editores del artículo

Valora este artículo

0.0/5 (0 votos)