Hospital del Cristo de la Misericordia

De Cordobapedia
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Nos encontramos ante el acreditado hospital del Santísimo Cristo de la Misericordia, hoy provincial de Crónicos, uno de los establecimientos de beneficencia más notables de Córdoba, cuyo principio fue, por cierto, bien extraño y humilde. La multitud de defunciones que frecuentemente ocurrían en el campo, sin haber quien condujera los cadáveres a la población para enterrarlos en sagrado, no pudo menos de llamar la atención de algunas personas caritativas, y hacia el año de 1690 se formó una hermandad de varios trabajadores, en su mayor parte piconeros, con el objeto piadoso de remediar aquella falta, sensible a todos los amantes de la humanidad. Principiaron por formar sus constituciones o reglamento, que les aprobó el cardenal obispo de Córdoba don fray Pedro de Salazar, y en seguida comenzaron a cumplir su benéfica institución.
Medio siglo antes, o sea en 1640, un devoto llamado Gregorio Ponce compró a los Padres de Gracia un solar y labró una ermita cerca de la puerta Excusada a un Crucifijo de su devoción y a que daba el título de la Misericordia, y éste fue el lugar que la ya citada hermandad eligió para sus reuniones y exponer al público los muertos desconocidos, aunque esto también se hacía en los poyos de los Marmolejos, hoy plaza del Salvador, y ante la Virgen del Pópulo, en el Arco Bajo de la Corredera.
Cuentan, y hemos leído impreso, que el origen de la advocación de Santísimo Cristo de la Misericordia fue un milagro de esta venerada imagen, un tiempo refugio de todos los cordobeses. Un infeliz trabajador que se había quedado ciego, no hallando alivio con cuantas medicinas y promesas le dijeron para recobrar la vista, andaba por las calles, casi por completo trastornada su razón. No otra cosa podía ser cuando en aquellos tiempos, no tanto religiosos sino hasta fanáticos, entró un día en esta ermita, y haciendo que el lazarillo lo acercase al altar, levantó el palo en que se apoyaba y asestó un golpe a la imagen, diciéndole: "Si no puedes volverme la vista ¿para qué sirves?". Mas enseguida lanzó un grito, mezcla de temor y alegría, que a todos dejó suspensos: el ciego no sólo vio la imagen sino un cardenal que, casi brotando sangre, le había causado con su palo. Este milagro se divulgó por todo Córdoba, acudiendo multitud de gente a aquel punto, dándole al Santo Cristo el dictado de la Misericordia, por la que usó con el que tan sacrílegamente le acababa de ofender.
En 1690, siendo hermano mayor de la cofradía Andrés Francisco de Murga, le compró a un nieto del fundador la ermita, la casa y el derecho de patronato, y entonces constituyó una pequeña enfermería para asistir en ella los enfermos de tisis y asma, que no en todos los hospitales eran admitidos. Empezó a mejorar éste con las limosnas que se recogían, y en 1729 el canónigo don Sebastián de la Cruz Gimena construyó las dos enfermerías que forman línea del campo a la calle de Fernando de Lara.
Ya en este tiempo cuidaba de este hospital una congregación de hermanos parecidos a los que hay en los de Jesús y San Jacinto, y el presidente de ellos, Clemente de Lara, en unión del doctor don Cayetano Carrascal, tesorero de la Santa Iglesia, labraron las otras enfermerías que dan contra el muro o muralla de la ciudad, que pasa por detrás de esta piadosa casa. En 1733 le concedió el Ayuntamiento una rinconada que formaba en el campo, y en ella labraron algunas otras oficinas y un cementerio que ha estado en uso hasta 1839. El patio de entrada y aun algo más formaba una calleja o barrera que también le fue concedida por la corporación municipal.
Se ignora el número de enfermos que antes se asistirían, pues los libros y noticias anteriores al año 1782 fueron robados, según nota con que se encabeza el primero que existe en el archivo y que hemos registrado, por cierto que es curioso, en razón a que anotándose en él los cadáveres recogidos en las calles, da noticias de multitud de pendencias, suicidios y otras desgracias de igual clase. Creemos que se sostendrían de 15 a 20 camas; después las aumentó el hermano mayor Lucas Rodríguez, que falleció con gran fama de virtuoso, y últimamente tenía 60, hasta que, declarado provincial de Crónicos, se han aumentado a unas 160.
La hermandad se disolvió en 1834, haciéndose cargo de este hospital una junta que, como ya hemos dicho, lo tuvo a cargo del padre maestro fray José de Jesús Muñoz y de otros sacerdotes, y por último pasó a la provincia en 1849 ó 50, rigiéndose por las leyes del ramo, a que permanece sujeto, y desde entonces ha sufrido grandes reformas que lo han mejorado de una manera considerable. En 1872 se han instalado en él seis hermanas de la Congregación de San Vicente de Paúl.
En las primeras horas de la mañana del día 31 de agosto de 1867 las campanas anunciaron un incendio en el barrio de Santa Marina, y acudiendo multitud de personas vieron que el hospital de la Misericordia era pasto de las llamas. Los que fuimos en aquellos tristísimos momentos presenciamos el espectáculo más lastimoso que se puede presentar a nuestra vista: las mujeres de la vecindad, personas de diferentes clases sociales, todos, en fin, sacaban en sus hombros a los infelices enfermos, que en sus propias camas eran puestos en la huerta y el campo, en tanto que los arquitectos y operarios trabajaban con afán en sofocar aquel poderoso elemento, del que pudieron salvarse las enfermerías, reduciéndolo a la cocina, por donde empezó, y cuerpo de habitaciones del patio hondo o de la fuente. Despojada la iglesia, como todo el edificio, de cuanto en él había, un sacerdote cuidó de sacar el Sacramento del depósito, y con varias luces lo condujo al de la parroquia de Santa Marina, de donde, concluida la obra, fue llevado en una procesión muy solemne con extraordinaria concurrencia.
En el patio de entrada hay un pequeño monumento o triunfo dedicado a San Rafael, por cierto de escaso mérito, y costeado por la hermandad a mediados del siglo XVIII.
Nos resta describir la capilla, aunque de cortas dimensiones, de muy linda forma. Es de una sola nave con presbiterio y media naranja. En el altar mayor está el Santísimo Cristo con la Virgen al pie de la cruz; a los lados de la mesa hay otras dos, con urnas, figurando los sepulcros de Jesús y la Virgen. En aquel mismo punto, o sea de la verja adentro, hay otros dos altares con cuadros, que si no de gran mérito, son bastante buenos; uno representa el Descendimiento de la cruz, y el otro a San Pedro.
Más hacia la puerta están los altares de la Virgen del Rosario, de vestir, y San José, escultura. Otras se ven en repisas, como San Rafael y San Cayetano, ésta de mérito, y una Virgen de los Dolores. También están colocados varios cuadros, uno o dos que pasan por muy buenos. En la sacristía se conserva un hermoso crucifijo de marfil, cuya escultura tendrá una media vara de alto.
Descrito el barrio de Santa Marina en su parte intramuros, y mareados con el laberinto formado por sus calles, bueno es que antes de terminarlo sigamos el paseo por los barrios de las Ollerías y Matadero, dando sobre ellos algunas ligeras noticias.

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