Arco del Portillo

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Arco del Portillo

El arco del Portillo, vano abierto a finales del siglo XIV en el lienzo este de la muralla que dividía la Villa y la Axerquía. Está situado en la calle San Fernando, frente a la Iglesia de San Francisco. Une el barrio de Santa María perteneciente a la antigua Medina y el barrio de San Nicolás de la Ajerquía.


El arco abierto después del amurallamiento de la Ajerquía, cuya función era la de facilitar el tránsito entre la parte alta de la ciudad (Medina) con la baja (Ajerquía). Denominado también "Arco de San Francisco" o "Portillo del Corbache" , es una puerta sencilla de escasa decoración, cuyo arco de herradura está abierto en un muro de sillería. Se reforma en el año 1703 ensanchando la parte inferior. Fue llamada también portillo de los Mercaderes, por el número de los mercaderes que se apostaban en las inmediaciones.

El portillo de los Mercaderes

El portillo de los Mercaderes, en Paseos por Córdoba, de Teodomiro Ramírez de Arellano

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Terminada esta calle salimos a una plazoleta a donde afluyen también la de los Mascarones, ya descrita, la de las Cabezas y la bajada al Portillo o salida a la Calle de San Fernando, de cuya apertura nos ocupamos al pasear el barrio de los Santos Nicolás y Eulogio de la Ajerquía. Debajo del arco del Portillo hubo hasta 1841 dos cuadros que hemos oído fueron llevados a una iglesia de Montoro; en la plazuela había otros dos, uno de ellos la Pastora. En la casa esquina conocimos también un escudo de piedra franca con una figura tocando una vihuela, cuyo significado ignoramos.

Durante siglos se llamó este sitio Portillo de los Mercaderes, porque aquellas pequeñas casas fueron dedicadas a tiendas de diferentes clases. Después, hasta nuestros días, se establecieron en ellas ciertas mujeres de mala vida que le dieron una triste y poco decente celebridad, lo que a fuerza de trabajo se ha ido desterrando.

En busca del alma de Córdoba

Capítulo En busca del alma de Córdoba, en Rincones de Córdoba con encanto de Francisco Solano Márquez. 2003. Diario Córdoba:

Si el viajero baja por la calle de la Feria, marco de antiguas celebraciones, festoneada por el verdor de los naranjos, le sale al paso por la derecha una de las viejas puertas que se abrían en la muralla para permitir el paso de la Ajerquía a la Medina o viceversa; una puerta tan modesta que acuñó como nombre propio el diminutivo de Portillo. Su imperfecto arco de medio punto abierto en el grueso muro de sillería entre viviendas desvencijadas, es hoy “la única entrada que se conserva en el lienzo oriental de la antigua medina (...) abierta en la muralla durante el siglo XIV”, ya en época cristiana, según el profesor Rafael Pinilla.

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El Portillo franquea la entrada a un dédalo de calles estrechas y quebradas cuyo trazado irregular evoca los rasgos del urbanismo bajomedieval. Traspasado el arco, la calle asciende en suave rampa, a la que abren sus puertas renovados negocios de gente emprendedora. Al término de la rampa se extiende un rellano rectangular, distribuidor de calles, una por cada punto cardinal, presidido por una casa de buen porte convertida hoy en hostal.

Buscando el norte sube la calle San Eulogio, umbrosa y angosta, como anclada en el tiempo, que tras quebrarse dos veces en ángulo recto –primero a la derecha y enseguida a la izquierda, donde sorprende el saludo de San Rafael desde un nicho avenerado– respira ya por la plaza de Séneca y Ambrosio de Morales.

Al frente arranca la calle más pintoresca de la encrucijada, la antigua de los Mascarones, dedicada hoy al pintor Julio Romero de Torres, igualmente quebrada; enseguida gira a la derecha, respira por un ensanche triangular embellecido por un capitel colgado de la esquina, luego se estrecha para girar a la siniestra y sorprender al viajero con la cascada vegetal de una buganvilla; la línea quebrada que dibuja la calle de nuevo gira a la izquierda y a la derecha para salir al encuentro de la plaza de Jerónimo Páez, cuya diáfana claridad tamizan los cipreses que se clavan en el cielo tras la tapia de la Casa del Judío y las casuarias que se enseñorean del lugar.

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Pavimentada con grises losas de granito –¿cuántas pisadas acumularán sus aristas redondeadas por el desgaste?–, su bendita condición peatonal convierte el tránsito en un paseo reposado, donde el oído se complace en el eco de los propios pasos, que subraya el silencio de esta Córdoba anónima y profunda por la que los forasteros pasan de largo porque no viene señalada en los someros itinerarios de las guías turísticas. Y si uno se deja sugestionar por el topónimo de la calle, es posible incluso que al doblar una esquina se encuentre redivivo al mismísimo Julio Romero de Torres envuelto en su capa oscura y acompañado del galgo Pacheco, inseparable como una sombra.

Por fin, con dirección al sur arranca de la encrucijada la calle Cabezas, que merece capítulo aparte por la historia, la leyenda y la arquitectura señorial que engarza en su trazado.

Calles como éstas, inéditas para los turistas, abundan en el casco antiguo, pero se mantienen discretas en su silencio para no atraer los pasos errantes de quienes puedan perturbar su recogimiento, tan valorado por sus afortunados vecinos. En ellas se preserva, como en un cofre, el alma de la ciudad, que no reside en gestos grandilocuentes sino en rasgos sencillos y cotidianos que el espíritu sensible aprehende al percibirlos a través de los sentidos.

Y así, la vista se complace en la arista de sol y sombra que dibuja una esquina encalada; el oído, en la campana de una cercana espadaña conventual; el olfato, en el aroma del nardo que exhala una cancela; el gusto, en la caricia abrasadora del vino en la taberna; el tacto, en el roce emocionado de un capitel romano prendido de una esquina. Y así sucesivamente a cada paso, si el viajero lleva abiertos de par en par los sentidos para impregnarse de cuantas sensaciones flotan alrededor, pues como escribí a propósito de un itinerario sentimental por Córdoba, lo que guarda el viajero de una ciudad no son las fechas que jalonan su historia, las edades de sus monumentos o los nombres de las gentes que la engrandecieron; lo que queda a la larga como imborrable huella son las sensaciones vividas y las impresiones recibidas, fuentes inagotables de emociones personales e intransferibles.

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