Los cafés de Córdoba (Notas cordobesas)

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Los cafés de Córdoba por Ricardo de Montis en Notas Cordobesas.


La reciente apertura de un café en una de las calles del centro de la población, cuando todos los establecimientos de esta clase han sido instalados en un extremo de la ciudad, porque allí se desarrolla más activamente la vida cordobesa, nos sugiere estos recuerdos de otros días, ya bastante lejanos.

En la segunda mitad del siglo XIX se establecieron los primeros cafés en nuestra capital, para sustituir, con ventajas a los viejos aguaduchos, botellerías y tabernas.

Innecesario creemos decir que en tal época se diferenciaban mucho de los que hay en la actualidad.

Carecían del lujo de los cafés modernos, de su profusa iluminación, de sus relucientes cafeteras y bandejas niqueladas, de sus elegantes tazas de rica porcelana y de sus talladas copas y botellas de finísimo cristal.

Varias lámparas de petróleo, colgadas del techo, alumbraban débilmente las oscuras paredes y proyectaban sombras sobre los veladores de madera, alrededor de los cuales sentábanse los parroquianos en sendas sillas de enea, pesada sy toscas, hechas en Cabra.

Alí, en recios vasos de vidrio, saboreaban la infusión del rico fruto americano, después de verterle algunas gotas del ron o coñac fabricado, generalmente, en casa con este objeto, y servidor en botellitas que indicaban la cantidad de que cada consumidor podía disponer.

Tal indicación resultaba, muchas veces inútil, pues el parroquiano, después de echar en el vaso las gotas que creía oportuno, vertía gran parte del líquido restante en el platillo del azúcar, ennegrecido por esta operación, inflamábalo con un fósforo y en un segundo improvisaba un obrador de confitería para hacer caramelos con los terrones sobrantes.

Vermús, gaseosas, cervezas y otras muchas bebidas, eran completamente desconocidas en tales establecimientos.

En ellos sólo se tomaba café o té, la copa de ron con marrasquino y, en el verano, el helado corriente o la horchata hecha con pastillas de almendra o con el zumo de las naranjas o limones de nuestra Sierra incomparable.

La parroquia de los cafés tampoco era entonces tan variada como ahora; constituíala, casi exclusivamente, la clase media. Ni el aristócrata ni el obrero acostumbraban a frecuentar dichos centros de reunión. Y puede decirse que en ellos la mujer brillaba en absoluto por su ausencia.

Todos los cafés se hallaban casi juntos en la parte que entonces era más céntrica de la población; donde estaba el comercio; en las calles que servían de paseo al vecindario en las noches de otoño y en las menos crudas del invierno.

Merece especial mención entre otros cafés, por la importancia que tuvo, el llamado del Recreo, establecido en la calle del Arco Real, hoy de María Cristina, en el edificio destinado luego a Audiencia Provincial y demolido para prolongar la calle Claudio Marcelo.

Aquel café-teatro era el lugar predilecto de reunión para los cordobeses; por su escenario desfilaron las mejores compañías que hubo en su época, algunas de las cuales permanecieron años enteros trabajando en Córdoba.

Los artistas adquirían gran familiaridad con nuestro público y allí se inició una historia de amores, bastante conocida, entre un aristócrata y una actriz, que a la muerte del primero originó un pleito entre la familia de aquel y un hijo del aristócrata y la artista que reclamaba una participación de la herencia de su padre.

En una vivienda aneja a este café-teatro, nació el popularísimo actor cómico Pepe Moncayo, cuyos padres eran entonces empresarios del Recreo.

Dos cafés bastante concurridos, también casi en la misma época, fueron los titulados de Iberia y del de Cervantes.

El primero se hallaba en la esquina izquierda de la plaza de las Azonaicas y la calle de las Nieves o del Liceo, donde hoy se eleva el edificio en que están las oficinas de la Fábrica del Gas.

En él congregábanse los comentaristas de las revueltas políticas, muy frecuentes entonces, pues se trataba de los tiempos en que terminó el reinado de Isabel II.

Allí formábanse corrillos que leían la prensa con gran avidez para informarse de las últimas noticias o discutían, en voz baja, sobre los acontecimientos y las consecuencias que pudieran tener en el porvenir.

Uno de los republicanos entonces más populares de Córdoba, don Francisco de Leiva Muñoz, acudía casi diariamente a este café para cambiar impresiones con sus correligionarios.

El de Cervantes estaba, asimismo, en las Azonaicas, ocupando el extenso y no vulgar edificio, después dividido en varias viviendas y que hace algunos años desapareció, construído por el arquitecto don Amadeo Rodríguez en la acera izquierda, el cual comprendía desde la mediación de la calle hasta su extremo contiguo a la de Letrados.

Dicho establecimiento era el más frecuentado por las clases populares que en él buscaban lícitos recreos, como el juego de la lotería de cartones o el de las damas.

En la ya mencionada calle del Arco Real, cerca de Letrados, en un local de la acera izquierda, estuvo durante muchos años el pequeño café conocido por el de la Viuda de Lázaro.

Tenía ocupada casi toda la planta baja con mesas de billar y en el piso alto se daban cita los mejores jugadores de dominó de Córdoba para entregarse a su distracción favorita entre sorbo y sorbo del exquisito moka, legítimo o falsificado.

Pero los dos cafés más importantes y renombrados de Córdoba, fueron, sin duda, los llamados vulgarmente del Suizo viejo y el Suizo nuevo, que desaparecieron hace pocos años.

El primero, como saben todos nuestros lectores, se hallaba en la calle del Reloj, en el edificio de la confitería Suiza. Era modesto, no se encontraba tan a la vista del público como los demás y, por estas circunstancias, servía de punto de reunión a las personas poco amigas de exhibirse, de bulla y de jaleo, a los ancianos y, sobre todo, a los cazadores que en una de las aquellas salitas, libres de testigos inoportunos a quienes pudieran servir de mofa, comentaras y triunfos cinegéticos, imaginarios casi siempre o exagerados por la fantasía.

Los jugadores de damas y ajedrez también buscaban aquel tranquilo y apartado refugio para concertar partidas, a veces interminables.

Verdadera antítesis del anterior resultaba el café Suizo nuevo. Suntuoso, elegante, bien decorado, podía competir con los mejores de las primeras capitales de España.

Por este motivo y por su situación, puesto que se hallaba en una de las calles más importantes de Córdoba, la de Ambrosio de Morales, muy cerca del Teatro Principal, era el predilecto del público, sin distinción de clases y a cualquier hora del día o de la noche notábase en él extraordinaria animación.

Anuncio de 1886

Allí se reunían los labradores para tratar de las faenas agrícolas; allí se fijaban los precios de los productos del campo y los jornales de los labriegos y allí se concertaban muchos importantes negocios.

El famoso torero Rafael Molina Sánchez (Lagartijo) tenía en aquel café su tertulia, a la que acudían numerosos compañeros, amigos y admiradores del diestro insustituible.

En noches de Carnaval, cuando los aficionados a las fiestas del Momo salían de los bailes del Círculo de la Amistad y el Casino Industrial, una multitud abigarrada invadía el café Suizo para poner digno remate a la carnavalesca diversión con una opípara cena.

Y en estos días bulliciosos y alegres, de feria, de la inolvidable feria de Nuestra Señora de la Fuensanta, tesoro de hermosas tradiciones, suprimida para crear otra que nació muerta y no merece ni el calificativo de velada, innumerables forasteros acudían también a aquel centro de reunión, al ir al mercado o al regresar de él, para cambiar impresiones con los labradores cordobeses sobre asuntos agrícolas, para efectuar tratos, para pasar un rato en amena charla con los amigos de la capital.

Destruído el Teatro Principal por un incendio, alejado el comercio de aquellos alrededores, el café Suizo nuevo empezó a perder parroquianos, a quedarse antiguo, como todo, y en su ultima época puede afirmarse que estaba casi desierto.

Otros cafés hubo en nuestra ciudad, pero de mucha menos importancia que los citados y de efímera duración; uno de ellos también estuvo muy cerca de los que citamos en estas notas: en un local de la calle de la Librería que durante muchos años fué establecimiento de quincallas y otros artículos, titulado La Estrella.

Al extenderse y fomentarse la población por su extremo próximo a las estaciones de los ferrocarriles, llevando todas sus corrientes de vida, también se instalaron los cafés en aquella parte de la capital, llamada a ser, algún día, el centro.

Hoy un industrial atrévese a abrir uno de esos establecimientos donde estuvieron los primitivos de Córdoba y tal atrevimiento, digno de que el éxito lo corone, nos ha sugerido los anteriores recuerdos de otros días acerca de los cafés de Córdoba


Septiembre 1917

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