Miguel de Cervantes

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Para otros usos de este término, véase Miguel de Cervantes (desambiguación) Miguel de Cervantes Saavedra, novelista, poeta y dramaturgo español (29 de septiembre de 1547, Alcalá de Henares - 22 de abril de 1616, Madrid ). Es considerado la máxima figura de la literatura española. Es universalmente conocido, sobre todo por haber escrito El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, que muchos críticos describen como la primera novela moderna y una de las mejores obras de la literatura universal. Se le ha dado el sobrenombre de Príncipe de los Ingenios.

Su padre, de ascendencia cordobesa y de antepasados gallegos, se llamaba Rodrigo de Cervantes. En 1556 se dirigió a Córdoba para recoger la herencia de Juan de Cervantes, abuelo del escritor, y huir de los acreedores.

No existen datos precisos sobre los primeros estudios de Miguel de Cervantes, que, sin duda, no llegaron a ser universitarios. Parece ser que pudo haber estudiado en Valladolid, Córdoba o Sevilla.

Partició en la batalla de Lepanto, donde fue herido en un brazo. Regresando desde Nápoles a España, fue apresado y quedó cautivo en Argel durante cinco años.

Establecido en Sevilla, trabajó como cobrador de impuestos, empleo que le acarreará numerosos problemas y disputas. Es encarcelado en la Cárcel Real de Sevilla, tras la quiebra del banco donde depositaba la recaudación. Supuestamente Cervantes se había apropiado de dinero público y sería descubierto tras ser encontradas varias irregularidades en las cuentas que llevaba. En la cárcel «engendra» Don Quijote de la Mancha, según el prólogo a esta obra. El otro encarcelamiento documentado de Cervantes fue muy breve, en Castro del Río (Córdoba).

Murió el 22 de abril de 1616 en Madrid (fue enterrado el 23 de abril y popularmente se conoce esta fecha como la de su muerte).

Alusiones a Córdoba y su gente en El Quijote

Primera Parte.

Leyenda en la plaza del Potro

El ventero, que, como está dicho, era un poco socarrón y ya tenía algunos barruntos de la falta de juicio de su huésped, acabó de creerlo cuando acabó de oírle semejantes razones, y, por tener que reír aquella noche, determinó de seguirle el humor; y así, le dijo que andaba muy acertado en lo que deseaba y pedía, y que tal presupuesto era propio y natural de los caballeros tan principales como él parecía y como su gallarda presencia mostraba; y que él, asimismo, en los años de su mocedad, se había dado a aquel honroso ejercicio, andando por diversas partes del mundo buscando sus aventuras, sin que hubiese dejado los Percheles de Málaga, Islas de Riarán, Compás de Sevilla, Azoguejo de Segovia, la Olivera de Valencia, Rondilla de Granada, Playa de Sanlúcar, Potro de Córdoba y las Ventillas de Toledo1111, y otras diversas partes, donde había ejercitado la ligereza de sus pies, sutileza de sus manos, haciendo muchos tuertos, recuestando muchas viudas, deshaciendo algunas doncellas y engañando a algunos pupilos, y, finalmente, dándose a conocer por cuantas audiencias y tribunales hay casi en toda España; y que, a lo último, se había venido a recoger a aquel su castillo, donde vivía con su hacienda y con las ajenas, recogiendo en él a todos los caballeros andantes, de cualquiera calidad y condición que fuesen, sólo por la mucha afición que les tenía, y porque partiesen con él de sus haberes en pago de su buen deseo. (Capítulo III).


—Muchos años ha que es grande amigo mío ese Cervantes, y sé que es más versado en desdichas que en versos. Su libro tiene algo de buena invención; propone algo y no concluye nada. Es menester esperar la segunda parte que promete; quizá con la enmienda alcanzará del todo la misericordia que ahora se le niega, y, entretanto que esto se ve, tenedle recluso en vuestra posada, señor compadre.

—Que me place —respondió el barbero—. Y aquí vienen tres, todos juntos: La Araucana de don Alonso de Ercilla, La Austriada de Juan Rufo, jurado de Córdoba, y El Monserrate de Cristóbal de Virués, poeta valenciano. (Capítulo VI).

Escultura de Don Quijote por Aurelio Teno en Pozoblanco

Apeáronse don Quijote y Sancho, y, dejando al jumento y a Rocinante a sus anchuras pacer de la mucha hierba que allí había, dieron saco a las alforjas, y, sin ceremonia alguna, en buena paz y compañía, amo y mozo comieron lo que en ellas hallaron. No se había curado Sancho de echar sueltas a Rocinante, seguro de que le conocía por tan manso y tan poco rijoso que todas las yeguas de la dehesa de Córdoba no le hicieran tomar mal siniestro. (Capítulo XV).


Quiso la mala suerte del desdichado Sancho que entre la gente que estaba en la venta se hallasen cuatro perailes de Segovia, tres agujeros del Potro de Córdoba y dos vecinos de la Heria de Sevilla, gente alegre, bien intencionada, maleante y juguetona; los cuales, casi como instigados y movidos de un mismo espíritu, se llegaron a Sancho y, apeándole del asno, uno de ellos entró por la manta de la cama del huésped, y, echándole en ella, alzaron los ojos y vieron que el techo era algo más bajo de lo que habían menester para su obra, y determinaron salirse al corral, que tenía por límite el cielo. Y allí, puesto Sancho en mitad de la manta, comenzaron a levantarle en alto y a holgarse con él, como con perro por carnestolendas. (Capítulo XVII).


—Ahora, bien —dijo el cura—, traedme, señor huésped, aquesos libros; que los quiero ver. —Que me place —respondió él. Y, entrando en su aposento, sacó dél una maletilla vieja cerrada con una cadenilla, y, abriéndola, halló en ella tres libros grandes y unos papeles de muy buena letra, escritos de mano. El primer libro que abrió vio que era Don Cirongilio de Tracia, y el otro de Felixmarte de Hircania, y el otro la Historia del Gran Capitán Gonzalo Hernández de Córdoba, con la vida de Diego García de Paredes.

...

—Hermano mío —dijo el cura—, estos dos libros son mentirosos y están llenos de disparates y devaneos. Y este del Gran Capitán es historia verdadera y tiene los hechos de Gonzalo Hernández de Córdoba; el cual, por sus muchas y grandes hazañas mereció ser llamado de todo el mundo Gran Capitán, renombre famoso y claro y dél solo merecido. (Capítulo XXXII).


...le vinieron nuevas que Lotario había muerto en una batalla que en aquel tiempo dio monsiur de Lautrec al Gran Capitán Gonzalo Fernández de Córdoba en el reino de Nápoles, donde había ido a parar el tarde arrepentido amigo... (Capítulo XXXV).


Segunda Parte.

Leyenda en la calle Osario

Había en Córdoba otro loco que tenía por costumbre de traer encima de la cabeza un pedazo de losa de mármol, o un canto no muy liviano, y, en topando algún perro descuidado, se le ponía junto, y a plomo dejaba caer sobre él el peso. Amohinábase el perro y, dando ladridos y aullidos, no paraba en tres calles. Sucedió, pues, que entre los perros que descargó la carga, fue uno un perro de un bonetero, a quien quería mucho su dueño. Bajó el canto, diole en la cabeza, alzó el grito el molido perro, violo y sintiolo su amo, asió de una vara de medir y salió al loco, y no le dejó hueso sano; y cada palo que le daba decía: «Perro ladrón, ¿a mi podenco? ¿No viste, cruel, que era podenco mi perro?» Y, repitiéndole el nombre de podenco muchas veces, envió al loco echo una alheña. Escarmentó el loco y retirose, y en más de un mes no salió a la plaza, al cabo del cual tiempo volvió con su invención y con mas carga. Llegábase donde estaba el perro y, mirándole muy bien de hito en hito y, sin querer ni atreverse a descargar la piedra, decía: «Este es podenco; guarda». En efeto, todos cuantos perros topaba, aunque fuesen alanos o gozques, decía que eran podencos, y así, no soltó mas el canto. Quizá de esta suerte le podrá acontecer a este historiador, que no se atreverá a soltar mas la presa de su ingenio en libros que, en siendo malos, son mas duros que las peñas. (Prólogo al lector).


—Vive Roque, que es la señora nuestra ama mas ligera que un alcotán y que puede enseñar a subir a la jineta al mas diestro cordobés o mejicano. (Capítulo X).


—Porque doy al celoso, al desdeñado, al olvidado y al ausente las que les convienen, que les vendrán más justas que pecadoras. Otro libro tengo también, a quien he de llamar Metamorfóseos, o Ovidio español, de invención nueva y rara, porque en él, imitando a Ovidio a lo burlesco, pinto quién fue la Giralda de Sevilla y el Ángel de la Madalena, quién el Caño de Vecinguerra de Córdoba, quiénes los toros de Guisando, la Sierra Morena, las fuentes de Leganitos y Lavapiés en Madrid, no olvidándome de la del Piojo, de la del Caño Dorado y de la Priora, y esto, con sus alegorías, metáforas y translaciones, de modo, que alegran, suspenden y enseñan a un mismo punto. (Capítulo XXII).

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