Palacio Episcopal

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Palacio Episcopal
PalacioEpiscopal01.jpg
Localización Calle Torrijos mapa
Cronología Siglo XV
Estilo Renacentista
Promotor/impulsor Leopoldo de Austria (obispo)
Catalogación Bien de Interés Cultural (1995)
Uso Sede del Obispado de Córdoba
Destacado Se construye sobre el antiguo Alcázar Andalusí, del que se conservan parte de los muros y alguna torre


Situado en la Calle Torrijos, número 1, el Palacio Episcopal de Córdoba se encuentra frente a la fachada occidental de la Mezquita Catedral.

El edificio actual data del siglo XVI, , con reformas del XVIII debido a un incendio. Sin embargo, la primera obra del palacio se realiza en el siglo XV, sobre los restos del Alcázar andalusí.


Historia

El palacio se construye sobre el Alcázar Califal, del que aún perviven los Baños Califales en el Campo Santo de los Mártires, además de la muralla que delimitaba el conjunto, incorporándose los torreones a la actual fachada renacentista.

Desde la conquista cristiana hasta nuestros días ha sido sede del Obispado de Córdoba. A mediados de los años ochenta parte de este complejo se convierte en Museo Diocesano.

La primera reforma importante del palacio se realiza en el siglo XV, con una construcción de estilo gótico ojival. En 1745, sufrió un gran incendio que hizo que durante ese siglo y el siguiente, se le añadieron otras dependencias como la fachada en la plaza del Campo de los Santos Mártires del siglo XVII, así como patio del XVIII.


Descripción histórica

De Teodomiro Ramírez de Arellano, en Paseos por Córdoba, disponible online


Mas allá de la Casa central de Expósitos se encuentra el Palacio Episcopal, uno de los edificios más notables de Córdoba, si bien su exterior o fachada principal es de malísimo gusto arquitectónico. Ésta tiene 261 pies de longitud por la calle de Torrijos y 547 en el lado frente al seminario de San Pelagio, que aunque sencillo es más arreglado y prueba el buen gusto del arquitecto don Ventura Rodríguez, autor del plano. Todo es de gran solidez, midiendo el muro foral 9 pies de espesor.

Lo que se llama el Palacio viejo y está hoy casi en alberca, fue labrado como a la mitad del siglo XV por el obispo don Sancho de Rojas. De este edificio, cuyo exterior debió ser muy lindo, se conservan dos ventanas en el rincón del Campo Santo, contiguo a la calle de las Pavas. El descuido en que hace siglos las tienen hace que se vaya destruyendo unos de los mejores fragmentos, aún existentes, de la arquitectura de aquella época tan gloriosa para las artes.

Don Leopoldo de Austria construyó el Palacio nuevo, ampliando el antiguo, y dicen algunos escritores que por un arco, también hacia la calle de las Pavas, se pasaba a sus entrevistas con una señora de quien tuvo algunos hijos, entre ellos don Maximiliano de Austria, uno de los más notables que ha tenido Córdoba. La elevada alcurnia de aquel prelado hizo que todos respetasen los devaneos y libertades de su juventud, pues es, sin duda, el obispo de menos edad que se ha sentado en la silla cordobesa.

Don Cristóbal de Rojas y Sandoval costeó el cuerpo de la calle, y no sabemos cuál de los ya nombrados hizo construir unos arcos enlazando el Palacio con la Catedral para que se pasase en los días lluviosos sin recibir el agua. En lo alto había una Virgen de piedra que titulaban de los Arquillos, que hasta hace pocos años hemos visto en una ventana de la nave que está detrás del crucero y aún existe en una atarazana.

Don fray Diego de Mardones continuó la obra en el siglo XVII, y por último, en el XVIII, amplió el jardín, tomando terreno del Campo Santo, don fray Francisco de Solís en 1714. Pocos años después, en el de 1745, un voraz incendio consumió gran parte de este extenso edificio, y entre otras oficinas la que servía de archivo eclesiástico, donde se perdieron multitud de documentos en extremo curiosos, Reedificose a seguida, poniéndole muchos adornos, entre ellos los de la cúpula y muros de la escalera, revelando el mal gusto de aquella época tan funesta para las artes.

La biblioteca

Cuando la expulsión de los jesuítas no faltó quien rogase al rey que la rica biblioteca de su colegio se destinase para instrucción de la juventud cordobesa. Accedió a ello aquel monarca, y el obispo don Agustín de Ayestarán y Landa se ofreció a costear local donde pudiera establecerse. Al efecto, como antes indicamos, encargó el plano y dirección al arquitecto don Ventura Rodríguez y se construyó la crujía que hay desde la esquina hasta la parte del palacio destinada a cárcel de sacerdotes, estableciéndose la biblioteca, ampliada después por otros prelados como el señor Caballero y Góngora, que hasta dejó algunas de sus obras inéditas, que ya debieran haberse publicado, y el señor Trevilla, que con su incansable celo logró llevar allí las obras encontradas en el archivo de la Inquisición, ejemplares estimadísimos, unos por lo desconocidos y otros por las anotaciones hechas por el Santo Oficio.

Algunos obispos, entre ellos el ilustrado señor Tarancón, la han tenido abierta al público; otros la han descuidado por completo, dejando apolillarse los libros y siendo causa de la pérdida de no pocos. Pero a ninguno se le ha ocurrido pedir que se le nombre bibliotecario del cuerpo general, considerando aquello como unos muebles viejos de su propiedad, de los que podían disponer a su antojo, estando privados los cordobeses de poder entrar en horas marcadas en una biblioteca formada para su instrucción, tanto por el rey como por el señor Ayestarán, que tan gustoso y espléndido contribuyó al pensamiento. Tiene 22 estantes y en ellos había 11.132 volúmenes.

No se aclara si el terreno que ocupa la obra del señor Ayestarán correspondía al gran patio allí existente o si esto era vía pública o plaza. En uno y otro sentido encontramos apuntes. El primer concepto lo indica la línea recta formada desde el cuerpo de la calle hasta la cárcel ya mencionada; el segundo lo da a entender la gran fachada y puerta central que del grupo principal da a aquel patio y las citas que hacen algunos escritores antiguos de la plaza que había delante del palacio, donde estaba también la Casa de Moneda mandada demoler por don Alonso de Aguilar, según los historiadores de este caudillo, una de las figuras más grandes de la historia cordobesa.

El interior del palacio

La planta baja de este gran edificio es en parte lóbrega y está ocupada por oficinas y habitaciones de los dependientes. En cambio la alta es magnífica; tiene hermosísimas habitaciones, siendo muy de notar el salón de los Retratos y el del Apostolado. En el primero están los de todos los obispos que ha tenido la diócesis, acertado pensamiento realizado por don Francisco de Alarcón y Covarrubias, quien encargó este trabajo al notable pintor cordobés Juan de Alfaro, al que ayudó fray Juan del Santísimo, con cuyo pretexto lo sacaron del convento de los Carmelitas de Aguilar, donde lo tenían preso, como lego de la orden.

Ambos artistas se valieron para su trabajo de retratos antiguos, inventando algunos por los pocos datos adquiridos al efecto. En general son buenos, algunos de primer orden, logrando inaugurar la galería en 1 de abril de 1667. Desde entonces todos los obispos han ido colocando sus retratos, contándose hoy hasta el del señor Alburquerque, obra del pintor señor Escosura. El señor Barcia advirtió que no todos eran iguales en dimensiones, y al encargar el suyo a fray Gerónimo Espinosa, lego en el convento de San Pablo, donde lo dimos a conocer a nuestros lectores, le mandó igualar aquéllos, haciéndolo con tal perfección que sólo un ojo muy inteligente conoce en algunos los añadidos.

En el salón de los Apóstoles hay una colección de éstos pintados por el expresado Espinosa, pero además hay otro de mucha mejor mano. También existen los retratos de Carlos III, Carlos IV y sus mujeres, y otros dignos de conservarse.

Al final de estos salones hay una bonita escalera para ir al jardín, y más allá una extensa galería con barandales a éste y un balcón frente al seminario. Hemos oído que está medida y calculados los paseos, que forman una lengua, para que los obispos, en los días de lluvia, paseasen lo que cada cual tuviese por costumbre. El jardín es muy lindo, con bonitas y bien surtidas fuentes. En el primer patio, cerca de la escalelera, está la capilla, de medianas dimensiones y tres altares. Su adorno es en general de muy mal gusto.

Desde que el Alcázar de los Reyes fue entregado a la Inquisición para su establecimiento en Córdoba, todos los reyes que han venido a esta ciudad se han hospedado en el palacio de los Obispos, preparado al efecto, exceptuando a don Alfonso XII, que lo ha hecho en el de los señores condes de Torres Cabrera, y en uno de aquellos salones fue donde los Reyes Católicos pusieron en libertad al Rey Chico de Granada después de caer prisionero cerca de Lucena.

Localización

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