Cabra

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Bandera de Cabra Escudo de Cabra
Término municipal
Municipio de Cabra
Código postal 14940
Coordenadas
 - Latitud:
 - Longitud:

37°28' N
04º26' 0
Superficie 229 km²
Altitud 452 m
Población (2004) 20.940 hab.
Gentilicio Egabrense
Ríos Río Cabra
Alcalde Fernando Priego Chacón (PP)
Comarca Subbética
Partido Judicial Cabra
Pirámide de población
Grupos quinquenales.
Cohortes plantilla h.png Cohortes plantilla m.png
Fuente INE, censo 2001.
Vista aérea.

Geografía

- Ubicación:

- Vías de acceso: A-318, A-339, A-342 y A-3129

- Clima:

- Flora y fauna:

Población

- Pedanías:

La Alcaidia La Alcantarilla Los Aranda La Benita - Huertas Bajas Ermita de la Esperanza
Ermita Virgen de la Sierra La Estación Gaena - Casas Gallegas El Martinete

- Centros educativos:

C.D.P. San José C.E.I.P. Andrés de Cervantes C.E.I.P. Ángel Cruz Rueda C.E.I.P. Juan Valera C.E.I.P Huertas Bajas Centro Escolar RR.MM Escolapias
C.E.I.P. Ntra. Sra. de la Sierra C.E.M. Isaac Albéniz I.E.S. Aguilar y Eslava I.E.S. Dionisio Alcalá Galiano
I.E.S. Felipe Solís Villechenous R.E. EE.MM. S.E.P. Cabra

- Centros sanitarios:

Centro de Salud de Cabra Hospital Infanta Margarita

- Medios de comunicación

- Datos poblacionales

Economía

Historia

Escudo de Cabra

- Heráldica:












- Lugareños ilustres

Cultura

- Tradiciones:

- Gastronomía:

- Productos Típicos:

Turismo

Monumentos y lugares de interés

- Hostelería:

Fiestas locales

Direcciones de Internet

Fuentes bibliográficas

Galería

Vídeo de Cabra en Youtube

Ciudades hermanadas

Manchester Canadá Bandera de Canadá.png

Santa Coloma de Gramanet Barcelona (España) Archivo:Bandera de España.png


El contenido de este artículo incorpora material de una entrada de la Enciclopedia Libre Universal, publicada en castellano bajo la licencia GFDL.


Fuente

El contenido de este artículo incorpora material de una entrada de Wikipedia, publicada en castellano bajo la licencia GFDL.


Cabra / Un recibidor esplendoroso en Rincones de Córdoba con encanto[1]

Tras salvar por el puente Junquillo el río de su nombre, Cabra recibe al viajero con un espacio fascinante y monumental, formado por la conjunción de dos plazas: a la izquierda se extiende la Plaza Vieja, dominada por sus edificios de ladrillo, mientras que a la derecha remonta la suave, colina la plaza de los Condes de Cabra, en la que testimonian pasados esplendores el castillo medieval y la parroquia mayor, erigida sobre una mezquita.

Pero habrá que poner un poco de orden en las sensaciones que asaltan al viajero. Lo primero que llama su atención es el palmeral que crece en la falda de la parroquia mayor, entre cuyos penachos juega la torre al escondite. Esta primavera los jardineros municipales han plantado una alfombra de petunias y gitanillas en la ladera. Despierta curiosidad la reproducción de la famosa espada Tizona, en un pedestal con esta leyenda: “Por su gesta ante este castillo moros y cristianos llamaron Cid Campeador a Rodrigo Díaz de Vivar”.

A la derecha del palmeral domina el conjunto la poderosa torre del homenaje del antiguo castillo de origen musulmán, que evoca los tiempos en que Cabra fue cabecera de cora. Legendarias crónicas sitúan en esta fortaleza, citada en el Cantar del Mío Cid, el nacimiento del futuro rey Enrique II, hijo de Alfonso XI –que la reedificó– y Leonor de Guzmán. A partir del siglo XV los Condes de Cabra lo transformaron en palacio, época de la que conserva un suntuoso salón mudéjar de resonancias nazaríes.

El castillo palacio fue más tarde convento de los Capuchinos –cuya iglesia conserva en el retablo mayor un soberbio lienzo de Valdés Leal que representa a San Francisco ofreciendo las reglas de la Porciúncula– y hoy es colegio de las Escolapias, cuyos alumnos llenan la cuesta de algarabía infantil al salir de clase.

Una verja de hierro rematada por escudo permite ver desde el exterior el patio del colegio. Junto a ella, en un rincón discreto, un afilado ciprés protege la cruz de los caídos, flanqueada, ay, por dos lápidas negras llenas de nombres. Al lado se abre el convento de las Franciscanas, que quienes lo han visto comparan con un bello palacio evocador de Las mil y una noches. El escritor José Manuel Ballesteros descubre su secreto: “Un padre lo hizo construir para su hijo, que se casó con una condesa. Pero el hijo murió joven...”

Es agradable perderse en el entorno de la parroquia de la Asunción y Ángeles, corazón de la Villa, donde las casas brillan de cal y limpieza. La angosta calleja Esparragosa, de blancos arcos y truncados cipreses, asoma al viajero al antiguo adarve, balcón sobre las huertas cercanas y el barrio de San Juan. En la placita dedicada a Rubén Darío, “príncipe del verso castellano”, como reza un medallón, las reconstruidas almenas del antiguo recinto amurallado parecen un decorado dispuesto para representar un drama histórico. Su austeridad medieval contrasta con el recargado barroquismo de la portada lateral de la parroquia, flanqueada por salomónicas columnas y estípites. El viajero no debe perderse el espectáculo interior que ofrece este templo mayor, que, aunque de origen medieval, fue reformado en los siglos XVII y XVIII, con sus cinco naves separadas por arcos peraltados sustentados por 44 columnas de mármol rojo, que evocan el ambiente de una mezquita.

La calle Mayor desciende a un lado de la ajardinada rampa para devolver al punto de partida. Tras cruzar la extemporánea cinta de asfalto el viajero llega a la Plaza Vieja. Puede tomar asiento en cualquiera de los bancos de piedra que festonean el agradable jardín, con su pavimento de enchinado artístico y su fuente curvilínea con surtidor de mármol, que abre el agua en forma de abanico. Formando esquina con la calle dedicada a José Solís pervive un edificio dieciochesco de rojo ladrillo, con sus plantas altas recorridas por balcones; son bellísimos los que forman esquina. Al lado pervive el antiguo asilo San José, de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados, de rasgos regionalistas.

El viajero se puede adentrar en el viejo barrio de San Juan y remontar la cuesta de este nombre, que regala bellas perspectivas de la torre de la Asunción. A un paso está el convento de las Agustinas, cuyas deliciosas bizcotelas acuden a buscar los viajeros golosos. Por no hablar del patio del Círculo de la Amistad, que se conserva casi tal como lo describe Juan Valera en Pepita Jiménez. Etcétera. Y es que abundan los encantos en esta ciudad luminosa, cuyo poso cultural le confiere una distinción señorial y acogedora, que la hace ideal para vivir. </div>

Referencia

  1. MÁRQUEZ, F.S.. Rincones de Córdoba con encanto. 2003. Diario Córdoba

Cabra / Agua clara que canta en Rincones de Córdoba con encanto[1]

Parafraseando a Manuel Machado, aquella “agua oculta que llora” en Granada se hace agua oculta que canta en la Fuente del Río. Un paraje incomparable, a escasa distancia de Cabra, que cautiva los cinco sentidos del viajero. Los ojos se enredan en la espesa vegetación, acaricia los oídos el persistente murmullo del agua naciente, refresca la boca el hilo cristalino del surtidor, se embriaga el olfato con aromas trenzados de naranjo y de melia, y acarician los dedos con veneración los rugosos troncos de los viejos árboles.

He aquí un paraje natural embellecido y mimado por el hombre, que concentra la belleza, al que hay que ir predispuesto a dejarse envolver por los encantos que desprende. Aquí no está permitida la prisa, pues no basta simplemente con mirar; hay que dejarse envolver, pasivamente, por la magia seductora que emana del lugar.

Habrá quien se extasíe en la contemplación de la arboleda que acuna con sus frescas sombras los esponsales de la roca y el agua. Sorprenden entre ellos los centenarios álamos blancos de inabarcables troncos, las acacias de verdor fresco y transparente si las inflama el sol a contraluz, las acicaladas palmeras abanicando el cielo son su penacho oriental, los viejos naranjos que flanquean el canal y depositan en su cauce las frutas desprendidas, en fin, las sóforas, las robinias, el laurel, los prunos, las adelfas, los melancólicos sauces llorones o los afilados cipreses coronando la rocosa pared, por cuya meseta superior silbaba antaño el añorado ‘tren del aceite’.

Asiste el viajero en este paraje al infrecuente espectáculo de ver nacer un río, el río Cabra, que brota fresco y tembloroso a los pies de la pared rocosa para formar un lago cristalino, y enseguida se transforma en impetuosa corriente, que ruge con gravedad en los tramos subterráneos y desmelena sus plateados cabellos cuando se desploma sobre el canal, multiplicándose en surtidores y cascadas.

En medio de la pared caliza se abre una oscura oquedad, habitada por la radiante blancura de una imagen toscamente esculpida en piedra. Un escarpado caminito labrado en la roca permita subir hasta la gruta a los viajeros más jóvenes o audaces. “Viva la Virgen de la Sierra”, reza en su pedestal. Es como la embajadora en tierra de la imagen de vestir que se venera más arriba, a 1.217 metros de altitud, en la blanca ermita que corona el Picacho. En torno a la gruta tapizan la roca las trepadoras yedras, brotan los lirios en las rendijas, crecen a sus pies las higueras silvestres.

Juan Valera, que tantos rasgos de Cabra reflejó en sus obras, habla, cómo no, de la incomparable Fuente del Río en El comendador Mendoza. “En mitad de un bosque de encinas y olivos, que pone término a las huertas, se alza un monte escarpado, formado de riscos y peñascos enormes, que parecen como suspendidos en el aire, amenazando derrumbarse a cada momento”. Ya entonces, como ahora el viajero, se sintió fascinado por el nacimiento del río: “El agua que mana de entre las peñas cae con grato estruendo en un estanque natural, cuyo suelo está sembrado de blanquísimas y redondas piedrezuelas. Por aquel estanque se extiende mansa el agua, creando y desvaneciendo de continuo círculos fugaces; mas, a pesar de los círculos, son las ondas de tal transparencia, que al través de ellas se ve el fondo, aunque está a más de vara y media de profundidad, y en él pueden contarse las guijas todas”. Como si no hubiera pasado el tiempo, tal espectáculo natural pervive hoy, y así parece dispuesto a seguir, por los siglos de los siglos, sin peligro de agotarse.

Mima Cabra su Fuente del Río, no es para menos, embellecida ahora con la restauración reciente de las protectoras barandillas y los puentecillos de fábula, jalonados de pilarillos rematados por blancos pináculos, que sobrevuelan el canal principal.

En convivencia con estos renovados elementos perduran los viejos merenderos de siempre, poyos y mesas de robusta piedra que buscan el discreto amparo de rincones umbrosos, donde las parejas jóvenes trenzan su idilio o las familias desenvuelven los bocadillos. Pero hay también un bar y restaurante que despliega sus mesas bajo tan incomparable toldo vegetal y atiende a los viajeros con agrado.

Las copas de la arboleda tejen un umbroso toldo vegetal que unido al persistente murmullo del agua crean un fresco clima natural, ideal para combatir el calor de la canícula. Esto es vida.

Referencia

  1. MÁRQUEZ, F.S.. Rincones de Córdoba con encanto. 2003. Diario Córdoba

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