Junta Revolucionaria de Córdoba

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La Junta Revolucionaria de Córdoba fue un comité tripartito que dirigió la Revolución de 1868 en la provincia de Córdoba. Sucesora de una Junta Revolucionaria interina, a la que se había sumado tardíamente la Unión Liberal, fue organizadora del levantamiento revolucionario que tuvo lugar en septiembre de 1868 y supuso el destronamiento de la reina Isabel II y el inicio del período denominado Sexenio Democrático.

La Revolución de Septiembre fue una brusca sacudida en la historia del siglo XIX español, cuyos efectos se dejaron sentir ampliamente en toda la geografía del país ya que a partir de ella tiene lugar en España el primer intento en su historia de establecer un régimen político democrático, primero en forma de monarquía parlamentaria, durante el reinado de Amadeo I (1871-1873), y después en forma de República, la Primera República Española (1873-1874). Sin embargo, ambas fórmulas acabarán fracasando.

Origen

El 18 de septiembre había estallado la Revolución de 1868, conocida como La Gloriosa. El brigadier Topete al mando de la flota fondeada en Cádiz, difunde un manifiesto titulado "España con honra", en el que exponían las razones de su levantamiento, que no eran otras que la demanda de reformas políticas. En el manifiesto se pedía que tras exiliarse la reina se fundara un nuevo gobierno sin exclusión de partidos. De forma simultánea, poblaciones como Béjar organizan levantamientos populares.

El día 19 de septiembre llegó el general Prim a Cádiz y se unió a Topete. Ambos se hicieron con el control de la ciudad y luego buscaron el apoyo en otras ciudades como Sevilla, Córdoba, Barcelona, Huelva, etc. Se formaron Juntas Provinciales que se encargaron de movilizar a la población mediante promesas de sufragio universal, de eliminación de impuestos, del fin del reclutamiento forzoso y de una nueva constitución. En las ciudades, las Juntas revolucionarias, formadas por demócratas y progresistas, asumieron el poder.[1]

En Córdoba el conde de Hornachuelos se pone al habla con la única guarnición militar acuartelada en la ciudad: el regimiento de Villaviciosa, que está al mando de Francisco Álvarez Ferrer e Ignacio Chacón. Una vez oídas las fuerzas armadas, el conde de Hornachuelos da los primeros pasos para liderar el movimiento. Ese mismo día 19 el Gobernador militar y brigadier de Infantería, Juan Nepomuceno Servet, tras recibir un telegrama por la tarde del capitán General de Sevilla en el que se le informaba de que la Marina con sede en Cádiz se había sublevado, declara el estado de guerra por medio de un bando público en el que se reserva las atribuciones del Gobernador Civil, Bernardo Lozano. [2][3] A pesar de eso, Lozano mandó concentrar en Córdoba a toda la Guardia Civil y rural, y mandó reforzar su guardia.

Con todo ese escenario, el exaltado Leiva, con unos cientos de correligionarios, algunos armados, recorren las calles en pequeños grupos y ademán hostil, pero no se atreven a dar un paso más, que sí se dio en Sevilla.

Junta Revolucionaria de Córdoba

Entrada la noche del 19 se tuvo conocimiento de los sucesos en la ciudad de Sevilla. Tras intensas reuniones, al amanecer del día 20 de septiembre los revolucionarios se lanzan contra las autoridades. Solo hubo que lamentar un muerto y dos heridos, y unas horas después se constituyó la Junta Soberana que publicó una proclama en la que se establecía el Trono vacante, la Soberanía nacional y las Cortes Constituyentes por sufragio universa. La Junta Revolucionaria queda conformada con 3 miembros de cada partido:[4]


Su primer bando fue la constitución del nuevo Ayuntamiento en forma de Junta municipal interina, que contó con los siguientes miembros: conde de Robledo, Juan Rodríguez Sánchez, Nicolás Laborde y Antonio Muñoz. Manuel Ruiz Herrero; Vocales, Francisco Rodríguez, Cristóbal Arenas, Manuel Matilla, Juan Velasco, José Barrera, Ángel Osuna, Mariano Montilla, Antonio López Zapata, Andrés de la Oliva, José Herrera. También se llamó Comisión municipal o Junta municipal.

El propio general Serrano dice a los miembros de las Juntas Revolucionarias de Sevilla y Córdoba, tras conocer sus deseos de derrocamiento de la monarquía: “Señores, ustedes van más lejos de lo que yo creía; pero marchemos unidos y después del triunfo que decida la voluntad nacional”.[5]

Proclama

PROCLAMA DE LA JUNTA REVOLUCIONARIA

Cordobeses: Tiempo era de que acabaseis con vuestro sufrimiento. Un Gobierno inmoral, despótico y de condiciones altamente repugnantes, ha cometido con el pueblo todo género de iniquidades, de atropellos y de vilezas a la sombra de un trono caduco, perverso y corrompido.

Vuestra hacienda ha sido soezmente arrebatada; vuestros derechos legítimos se han conculcado a cada paso; el hogar doméstico se ha violado de una manera inicua sin fe y sin sentimiento alguno de nobleza. Todo lo grande, todo lo bueno, todo lo decente ha sido objeto del más punible atropello. Vosotros os habéis poseído de la dignidad de vuestra propia honra y con vuestro potente empuje habéis reconquistado lo que de rigor os pertenece: vuestros derechos, vuestra absoluta libertad.

Ya sois depositarios de tan preciosa garantía. Usad de ella como lo hace todo pueblo culto, honrado y decente. No os asemejéis en nada a esos verdugos que para vosotros han desaparecido ya. Vuestra obra es grande. Es la hora de vuestra regeneración política. Vosotros sois los arquitectos. Edificad un soberbio edificio.

Para ello echad mano de estos poderosos elementos:

  • Libertad absoluta en todas sus emanaciones legítimas.
  • Trono vacante.
  • Soberanía nacional.
  • Cortes constituyentes elegidas por sufragio universal.

En vuestras manos radica en este momento toda la plenitud de vuestra soberanía. Ejecutadla en toda la nobleza de un pueblo grande y presentaros a la faz del mundo como una raza digna de ser libre. Vosotros seréis los responsables de vuestros actos. Vosotros responderéis del ejercicio que hagáis de vuestros inapreciables derechos. Obrad con energía y para todo sentimiento de honradez y libertad, contad con el apoyo franco, desinteresado y leal de vuestros cariñosos amigos. La Junta.

Primeras actuaciones

El día 20 de septiembre se hace pública la destitución del mando del gobierno militar de la provincia, que estaba al mando del brigadier Servet, reemplazándolo por el coronel del Regimiento de Lanceros de Villaviciosa, Chacón. Se destituye también al Gobernador Civil, la Diputación provincial y al Ayuntamiento, pasando a gobernar la ciudad una Junta municipal interina con plenitud de poderes. Se produce, igualmente, la destitución de los jefes de la Guardia Civil y de la guardia rural, que queda en manos del capitán Juan Bellido; además se acuerda la organización de un batallón movilizado a las órdenes de Abelardo Abdé. Una de las medidas más polémicas fue la del reparto de armas entre la población, decisión arriesgada que tuvo algunos detractores pero que finalmente fue aprobada.[6]

Una vez consensuado que el Gobierno Civil queda en manos del conde de Hornachuelos y la Junta municipal será presidida por el conde de Robledo, se acuerda participar a Madrid, Sevilla y Málaga del pronunciamiento de la capital cordobesa y acudir a Sevilla para informar de lo ocurrido e invitar al duque de la Torre para que trasladase el cuartel general a Córdoba.

El día 22, una expedición compuesta por Ángel de Torres y el duque de Hornachuelos partió en tren hacia Sevilla para informar al duque de la Torre de la victoria. A su vez, desde Sevilla salen un general y un batallón de cazadores para reforzar a los revolucionarios cordobes. Mientras, llegan noticias de la llegada a Montoro de un batallon de las fuerzas realistas a cargo del Marqués de Novaliches. Juan Bellido e Ignacio Chacón huyen y se llevan consigo los fondos de sus compañías. De nuevo la Guardia Civil y la guardia rural se vuelven a encerrar a la espera del regimiento realista. Sin noticias de Sevilla ni del general Caballero de Rodas, algunos miembros de la Junta revolucionaria y municipal huyen también hacia Sevilla; se produjeron situaciones de tensión y finalmente se resolvió telegrafiar a los pueblos de la línea hasta Madrid anunciándoles la llegada a Córdoba de las tropas sublevadas en Cádiz y Sevilla y pedir refuerzos.

Ante el vacío de poder, se convocó una reunión compuesta por moderados, progresistas, unionistas, demócratas y carlistas para constituir una Junta de Paz y velar por la seguridad de las personas y las propiedades, sin carácter político. Fueron nombradas tres comisiones, la primera para apaciguar el ánimo de los revolucionarios; la segunda para que estuviera dispuesta a recibir las fuerzas sublevadas de Sevilla, y la tercera para recibir a las tropas del marqués de Novaliches.

El Teniente de la remonta Gutiérrez Cámara se presentó en las Casas Capitulares con el brigadier Servet, a los que se sumó después el exgobernador civil Bernardo Lozano, que empezaron a tomar medidas extraordinarias. Un mensajero conectó con el cuartel general realista y el resultado fue que al día siguiente se leía en las capitales españolas este Boletín extraordinario:
"Córdoba pronunciada y despronunciada. Las autoridades revolucionarias se han fugado a Sevilla con todos los comprometidos. Han vuelto al ejercicio de sus funciones las autoridades legítimamente constituidas. Las tropas leales entre Montoro y Córdoba. El orden será muy en breve restablecido y la criminal insurrección aniquilada".
Memorias, de Leiva



Batalla de Alcolea (28 de septiembre de 1868)

Los generales Prim y Topete encabezaron la insurrección contra Isabel II y comenzaron una marcha hacia Madrid. A su encuentro se dirigieron las tropas realistas de Manuel Pavía y Lacy, marqués de Novaliches, que avanzaron hasta Andalucía. El ejército realista estaba compuesto por dos divisiones de Infantería, una división de caballería, una brigada de artillería con 32 cañones de campaña, una brigada de vanguardia y algunas unidades auxiliares menores, con un total aproximado de diez mil hombres. Los rebeldes, bajo el mando del general Serrano, formaban un ejército de tamaño similar, aunque con menos artillería. Unos días antes llegó a Córdoba proveniente de Sevilla el Batallón de los Cazadores de Simancas con el general Antonio Caballero de Rodas al frente.

Entre unos y otros se estima que en total participaron en la batalla unos 18.000 hombres, dos mil caballos y sesenta piezas de artillería. Fue la conocida como batalla del puente de Alcolea donde las tropas sublevadas derrotaron a las fuerzas realistas, significando el fin del reinado de Isabel II. Las bajas en el lado revolucionario fueron 89 muertos, 408 heridos, 82 contusos y 11 extraviados, que forman un total de 590 bajas; las del bando realista hubieron de ser grandes, pues pasaban de 200 los heridos recogidos por el ejército liberal. Por la mañana del 29, el general Izquierdo con una compañía de Caballería recorrió el camino seguido por las fuerzas del general Novaliches y no encontró nada. En efecto, más tarde se supo que las fuerzas realistas habían enviado una súplica para que no se les hostigase en su retirada. Sobre las 5 de la tarde, seguido de su estado mayor y de los generales a la cabeza de sus divisiones, regresó a Córdoba el general Serrano, para desde allí continuar la marcha hasta Madrid. Los prisioneros hechos en la batalla de Alcolea fueron: un jefe, 18 oficiales, una bandera y 367 soldados.[7]

Tras la batalla, la Junta Revolucionaria publicó la siguiente proclama en agradecimiento al pueblo de Córdoba por cómo reaccionó tras la batalla.


Córdoba, 1.° de Octubre, La Junta Revolucionaria de esta capital ha publicado la siguiente proclama :

« Cordobeses: Vuestros gloriosos y renombrados timbres jamás se han elevado á tan extraordinaria altura como en los dias de rigurosa prueba por que habéis atravesado. Con el heroísmo de los pueblos libres os habéis conquístalo un lugar predilecto en los anales de la historia contemporánea, y hoy como ayer, podéis presentaros con orgullo frente á la faz de la nación entera. Un puñado de vuestros hijos, con el indomable arrojo de la altivez española, se alzó de una manera denodada contra la funesta dominación de una dinastía y de un gobierno que le arrebataba sus más preciosos derechos, á la sombra de la corrupción más refinada e inicua de que puede darse ejemplo, ni aun en los países de condiciones más repugnantes.

Y á ese grito de guerra, y á esa actitud noble y digna, y á ese eco de dolor lanzado al puro viento de la libertad por la heroica armada y por las ciudades de Cádiz, Sevilla y Córdoba, han respondido el pueblo, la nación entera con el denuedo que habéis presenciado, viniendo á concluir jornada tan brillantísima en los campos cordobeses, donde, desde ahora debe fructificar, con una lozanía inimitable, el árbol santo de las libertades públicas, por haber sido regado su suelo con la preciosísima sangre de nuestros más predilectos hijos; de nuestros más esforzados hermanos.

¡Alcolea! ¡Alcolea! Ahí teneis un nombre inapreciable que la historia recogerá en su mas refulgente página, porque en él va simbolizada una terrible epopeya, un hecho glorioso, una acción de imperecedero recuerdo. En ella las armas de la pátria liberal hicieron humillar la cerviz á los últimos atrincheramientos del más descreído de los gobiernos, de la dinastía más vergonzosa, en el mismo sitio precisamente en que las bravas huestes cordobesas opusieron sus indomables pechos á la usurpadora metralla del coloso Capitán del siglo.

La jornada del dia 28 es una jornada de gloria, en que Generales y soldados han rivalizado en heroísmo y en valor. Y esas condiciones han sido más relevantes porque en vosotros, en vuestras virtuosas mujeres, en vuestras solícitas hermanas, en vuestras inocentes hijas, en la población entera encontraban un asilo inexpugnable de virtudes y de acendrado cariño. Y era de ver, en lo más recio del combate, cuando á nuestras murallas llegaban con sus lastimeros ayes las inocentes víctimas que ocasionaba la metralla enemiga, cómo todos os esforzabais por endulzar la desgracia, por mitigar los dolores. ¡Pueblo grande, agradecido y generoso, te has presentado á la respetable altura de tu nombre!

Todos habéis rivalizado en entusiasmo, en virtudes, en cariño. Los sacerdotes, con la sagrada investidura de su carácter, prodigaban a los moribundos los últimos auxilios de la Santa Religión de Cristo. Los hombres llevaban sobre sus brazos a los incapacitados heridos. El potentado y caudaloso ofrecía para el trasporte de aquellos desgraciados sus más ricas carreteras, sus trenes más ataviados. La respetable clase médica, con su reconocida ciencia, se esforzaba, con solícito esmero, por arrebatar una víctima siquiera a las muchas que la muerte abocaba á sí con su fatídica llamada. Las mujeres de todas las posiciones, desde aquellas de la más privilegiada fortuna hasta las de situación miserable y abatida, se apresuraban á confeccionar hilas, a hacer apósitos y vendajes, á ofrecer sus reducidas camas, sus alimentos y sus ropas, y hasta se dieron multitud de ejemplos de algunas que se despojaron de las propias camisas con que cubrían sus cuerpos para restañar con ellas la preciosa sangre que vertieran las heridas causadas por la perfidia. Y el vecindario todo abrió sus puertas, iluminó sus casas, ofreció sus intereses, reiteró sus consideraciones, sus medicamentos y hasta disputaba con el mayor cariño la posesión de un herido con el mismo afán que denotar pudiera aquel que aspirase á la adquisición de una prenda de inestimable valía.

En vuestra conducta noble y digna habéis demostrado, cordobeses, que premiabais con gratitud cumplida los sacrificios que por la libertad y por la patria hacia el ejército hábilmente mandado por los invictos Generales Duque de la Torre, Caballero de Rodas, Izquierdo, Rey y demás jefes, y que en vuestros pechos se anidaban los más puros sentimientos de hidalguía y de nobleza.

Todos habéis merecido bien de la patria. La Junta, llena de contento, os rinde un justísimo tributo de gratitud por vuestro noble y desinteresado comportamiento, por la decidida ayuda que le habéis prestado en estos últimos días de prueba, y por la notable emulación de que habéis dado tan raro ejemplo, comparable solo con el ardor, con el arrojo y con la bravura del ejército y de las huestes populares, que al mando de sus más simpáticos caudillos, han llenado su puesto como buenos.

Cordobeses: Habéis presentado un solemne mentís a vuestros detractores, que son los enemigos constantes de la libertad. La honra, la vida y la propiedad ajena se han visto garantidas por vuestra indisputable hidalguía. Conducíos siempre así, que esa es la versión civilizadora de todo país culto y sensato, y procurad que vuestra conducta presente se refleje en la reconstitución futura de este gran pueblo, digno de ocupar un lugar distinguido entre las naciones mas caracterizadas del mundo.

La Junta cumple con el más sagrado de sus deberes haciendo público el testimonio de su gratitud, y os ruega y suplica encarecidamente que le sigáis prestando vuestro importante apoyo para obtener los resultados lisonjeros que la revolución se propone, sin que queden estériles los sacrificios hechos, la preciosa sangre vertida.

Córdoba, 30 de Setiembre de 1868.

  • El Conde de Hornachuelos, Presidente
  • Ángel de Torres, Vicepresidente.
  • Francisco Sales Morillo
  • Francisco de Leiva.
  • Francisco Portocarrero.
  • Rafael Barroso
  • Santiago Barba.
  • Manuel de Luna
  • El Vocal-secretario, Rafael María Gorrindo.

Desaparición

Entrado el mes de octubre, se suceden los comunicados y disposiciones de la Junta municipal, destacando las relativas a las obras públicas y privadas, que llevan por finalidad la de resolver viejos pleitos y dinamizar la economía. Entre otras, se expiden permisos para el derrumbe de murallas, abrir comunicaciones, edificar fachadas, y, sobre todo, se acuerda demoler la iglesia de San Nicolás de la Villa, excepto la torre, trasladando la parroquia a San Hipólito, así como destruir también la iglesia parroquial de San Nicolás de la Ajerquía o derribar las torres de la Malmuerta y de los Donceles.[8]

El 19 de octubre se disuelve la Junta Revolucionaria de Madrid y el 20 de octubre de 1868 el Gobierno de la Nación disolvió el resto de las Juntas Revolucionarias que habían trabajado por el advenimiento de un nuevo régimen político.

Referencias

  1. LEIVA MUÑOZ, F.- La Batalla de Alcolea. Tomo I, Impr. del Diario de Córdoba, 1.879, p. 321.
  2. GACETA DE MADRID, nº 262, 18/IX/1.868.
  3. DIARIO DE CÓRDOBA, 20/IX/1.868. B.O.P.CO, 19/IX/1.868. El Boletín Oficial de la Provincia extraordinario del 19 por la tarde ordenaba "resignar en el Excmo. Sr. Gobernador militar de esta provincia mis atribuciones, en cuanto se refieren al orden público".
  4. LÓPEZ SERRANO, Miguel Jesús : La provincia de Córdoba de la Gloriosa al reinado de Alfonso XII (Sept. 1868-1875), tesis doctoral. Universidad de Córdoba, 2011. 451 págs.
  5. LEIVA MUÑOZ, F.- Op. cit.. Tomo I, p. 13.
  6. “Esta Junta revolucionaria, celosa de proveer por todos los medios que están á su alcance al sostén del órden público y á la defensa de los principios de libertad proclamados; y con el fin también de organizar el mejor servicio de la fuerza ciudadana de la capital, ha acordado y manda que toda persona que tenga en su poder armas de fuego de cualquiera clase se presente con ellas, entre cinco y seis de la larde del dia de hoy, en el patio del Galápago, del edificio del Gobierno, y que los que tengan mus de una se presenten con todas ellas sin escasa de ningún género; en el supuesto de que el que no cumpla esta disposición, será considerado y tratado como traidor á la Patria”. Diario de Córdoba, 23 de septiembre de 1868. Véase también el BOPCO, 20 de septiembre de 1868.
  7. Proclama revolucionaria, en la web del BOE, miércoles 7 de octubre de 1868.
  8. DIARIO DE CORDOBA, 08/10/1868.

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