Martín María de Arrizubieta Larrinaga

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Martín María de Arrizubieta
D.Martín 2.jpg

Párroco de Santa Marina (Córdoba)

Nacimiento: 1909
Mundaca (Vizcaya)
Fallecimiento: 1988
Córdoba
Profesion: Sacerdote

Contexto histórico

Décadas: 1940 - 1950 - 1960 - 1970 - 1980


Martín María de Arrizubieta Larrinaga, sacerdote vasco nacido en Mundaca (Vizcaya) el 8 de septiembre de 1909. Fue párroco de la iglesia de Santa Marina en el periodo comprendido entre 1951 y 1982. Falleció en Córdoba el 1 de septiembre 1988, cuyos restos mortales están en el Cementerio de San Rafael de Córdoba.

Biografía

Adscrito al nacionalismo vasco de joven, estudió en Alemania teología y filosofía, y se alistó a un batallón de gudaris al comenzar la Guerra Civil. Cae prisionero por las tropas navarras de Franco conviertiéndo en el capellán de requetés. En agosto de 1938 se exilia a Francia donde se alista en el Partido Comunista y en la Legión Francesa.[1].

Pasó la II Guerra Mundial en campos de concentración alemanes en diferentes sitios hasta que, gracias a una intermediación española, es destinado a ser el director y editorialista de la principal revista de propaganda nazi en español, Enlace, entre los años 1944 y 1945. Desde ella llegó a propugnar la invasión de España por el ejército alemán, el derrocamiento del general Franco y su sustitución por un régimen auténticamente nacionalsocialista español, la liberación de Euskadi y la instauración en ella de otro régimen similar. Al término de la contienda y en un carta que envía al PNV, Martín declara que todo lo hizo como forma de supervivencia además de poder infringir un daño al enemigo. [2].

Tras su liberación regresa a España, donde es juzgado por un consejo de guerra, siendo condenado a muerte y posteriormente indultado y conmutada su pena por un exilio en Córdoba, donde llega el el año 1947 por mediación del Obispo Fray Albino, que lo nombra adjunto a la Parroquia de San Andrés, siendo posteriormente nombrado párroco de Santa Marina.

Iglesia de Santa Marina

Durante los años 50 y 60 del siglo XX, entró en contacto con opositores al régimen franquista de Córdoba, particularmente los agrupados en torno a la revista Praxis que lideraban Carlos Castilla del Pino y José Aumente Baena. El propio Castilla del Pino habla de él en la segunda parte de sus memorias La Casa del Olivo, en la que deja caer sus sospechas de que incluso llegara a ser confidente de la policía.

En la lucha contra el franquismo estuvo en el grupo clandestino "El Felipe" con el sobrenombre del "El ogro". En el año 1966 promueve junto a un grupo numeroso de vecinos del Barrio de Santa Marina la creación de una Asociación de Cabezas de Familia, acogiendose a la nueva Ley de Asociaciones.

En los años 70 estrechó sus lazos con algunos opositores al régimen del país vasco, como el poeta Gabriel Aresti y el matrimonio Sastre-Forest, que le lleva a radicalizar sus posturas nacionalistas.

En 1983 se jubiló, regresó a su Euskadi natal, pero no encontrando su sitio en el panorama intelectual y político regresó a Córdoba, donde moriría en 1988.


Personalidad

En abril de 2007 el escritor vasco Jon Juaristi, que lo conoció en Euskadi en los años 70, publicó una novela, basada en la supuesta o presunta vida de Arrizubieta, La Caza Salvaje, que reconstruye como posible verosimilitud, a la luz de los recientes descubrimientos, sus peripecias vitales y la historia de su impostura, a pesar del enmascaramiento del nombre del personaje.

Persona de carácter fuerte y dominante con un sentido dialéctico de enfrentamiento permante con el oponente, pero a la vez afable con los amigos y con buen sentido del humor. Se sentía ser vasco puro, reconociendo que su tierra de exilio, Andalucía, era agradecida con su persona. Fue un sacerdote muy independiente con respecto al clero cordobés, pero fiel siempre a su Obispo Fray Albino. Entregado a su parroquia, dadivoso en obras benéficas, en la litúrgia muy ortodoxo, en el orden pastoral desarrolló los Circulos de Estudio entre las diferentes ramas de Acción Católica. Eran famosas las charlas cuaresmales para obreros donde hablaba claramente de los problemas sociales y sus derivaciones políticas. Fue pionero en anunciar que hacía falta un Concilio. Gran admirador de Juan XXIII, propagador y predicador de sus Enciclicas "Mater et Magistra" y "Pacem in Terris".


Testimonios

Tenía voz de trueno. Su eco resonaba como un látigo por los muros de Santa Marina aunque su sermón era más sobre lo humano que sobre lo divino.

***

Austero, ceremonioso, ritual, don Martín era un cura algo exaltado. En aquella España de los tristes discursos de Navidad su oratoria quedaba algo anacrónica, como su ocultada ideología de nacionalista vasco.

***

En una filegresía en la que se insertaba el macabro caserón de la Falange, don Martín tenía que predicar el Evangelio y comerse en secreto a Sabino Arana. Era otro exiliado interior.

***

Decían, las malas lenguas, que estaba desterrado en este Sur de los pecados y que, además, era un experto, un especialista en el estudio de los gatos, de los que afirmaba que alcanzaba con facilidad el estado “astral”, máximo grado de la integración con los astros y el espacio que se logra con un largo estudio del mazdeísmo.

Este Zaratrusta con sotana tenía horas serenas y, entonces, su discurso se hacía de fragancias tiernas, olvidaba infiernos y, surtiéndose de si mismo, pasaba de la “Rerum Novarum” a la “Mater et Magistra”.

***

En mi libre adolescencia, don Martín me explicaba su esperanza en Juan XXIII y en su iglesia de los pobres, y, como cometiendo un ominoso pecado, me regaló mi primer libro de Omar Khayam.

Aquel trueno de los púlpitos, encarriló, más de lo que se propuso, todo mi sentido estético posterior.
Mientras, en la Calle Adarve, el fascismo decadente cantaban el Cara al sol…

Libro 5, Lucas León Simón


Comentario escrito por el Luis Jiménez Martos en el Diario Córdoba con fecha 26 de febrero 1989 sobre Martín María Arrizubieta varios meses después de su fallecimiento.

A don Marín María de Arrizubieta, párroco de Santa Marina, me llevó Gabriel Moreno Plaza, aunque ya le conocía de verlo en sus menesteres eclesiásticos. Gabriel buscaba con quien hablar de filosofía y de arte. Don Martín, fuerte vasco, era un filón muy disponible para esos asuntos y el de la política, inclinado a la secreta o casi. Admiraba oírle , en al sacristía o paseando por los alrededores, su historia de exilio y campo de concentración donde, según subrayaba, trato con Jean Paul Sastre. Tuvo su académica tertulia acogedora de inconformes. Estaba al tanto de todo lo que afectaba a los distintos estamentos de la ciudad. Le apetecía dar ánimos a los jóvenes, como un magíster sin petulancia. Su idea de la dirección espiritual no se limitaba a las lindes habituales. Era incompatible con la retórica y ciertas manifestaciones de folclore religioso. Por ejemplo, la saeta. Esto lo intuí una noche en que, durante el trayecto último de la cofradía de la Virgen de la Esperanza, Carapato Fernando el Calé-cantó, entre las palmas y olés. El hombre del Norte miraba al del Sur con gesto de impaciencia. Me confesó esa incompatibilidad.

En una visita de Franco a Córdoba hubo de oficiar la una Misa en el Palacio de Viana y desayunó con él y doña Carmen. Moreno Plaza y yo le asaetamos a preguntas sobre ese encuentro de dos personas en bandas antípodas: el poder y la oposición. Habló sólo para referirse a las romerías gallegas, nos dijo, en respuesta decepcionante, que pusimos en duda. Quien había hablado, y por los codos era la señora. Esto resultaba muy creíble.

Don Martín, que iría encegueciendo hasta morir no hace mucho, está incorporado a una época, y me extraña que su desaparición no haya sido comentada. Aquel sacerdote dialogante aliviaba su destierro de la tierra de origen y servía al lógico desahogo de otra clase de marginalidad. Fue un tipo de aquellos de la Ilustración que iba a contracorriente de las cerrazones del entorno, aunque, como humano no faltaran las suyas.

Don Martín, el bien informado, tuvo pasión por la dialéctica y nostalgia permanente por su tierra de nacimiento, buscaba las relaciones plurales y sobre todo, aquellas que le permitiesen asomar a los entresijos de la cultura y de la política.

La última vez que lo vi, ya en decadencia me confesó:

Los ojos no me responden, pero la otra luz es más fuerte.


Comentario escrito con verso incluido por el peridista Manuel Medina González en su libro Coplas al aire de Córdoba.


Don Martín Arrizubieta Larrinaga, párroco de Santa Marina nacido en tieras vacas; cura de expansivo temple liberal, y de esos que dicen "Al pan, pan, y al vino, vino, vino". Por medio de su amistad llegué a concebir la existencia de un cristianismo social, limpio, que estaba a favor de los expoliados y perseguidos.


Don Martín de Arrizubieta,
un cura muy liberal
con aranques de profeta.


Las verdades como puños
chispeaba en su semones;
pedía un mundo más humano
y de buenas intenciones.


Un vasco que supo ver
lo que Córdoba tenía
en lo hondo de su ser.


Cura de Santa Marina
que bautizó piconeros
con salero y gracia fina.


Comentario escrito en el Diario Córdoba de fecha 2 de septiembre de 1988 con motivo de su muerte.

Murió el Cura Martín Arrizubieta.

A las once de la mañana de ayer, el cuerpo sin vida de Martín Arrizubieta Larrínaga salió por última vez entre el dolor de sus feligreses y amigos de la Igalesia de Santa Marina, de la que fue párroco durante treinta años. Martín Arrizubieta era natural de Mundaca (Vizcaya) doctor de Filosofía y en Teología, colaboró en la revista Praxis. A los 80 años de azarosa vida, había estado preso en un campo de concentración alemán en la II Guerra Mundial; vivió siempre en la más absoluta pobreza, siendo un gran luchador por la Libertad.


Anécdotas y dichos

En la vida deD. Martín hay infinidad de dichos, anécdotas y comentarios, todos recogidos por personas que le conocieron.

Don Martín valoraba la idiosincrasia de las cordobesas populares mediante esta anécdota que le ocurrió. Llegó la mujer de un piconero del barrio al despacho parroquial y le dijo:

Vengo D. Martín en busca suya "pa" arreglar un entuerto de mi hija —el entuerto era que estaba embarazada— pues mira por donde Paquita estando con el novio abrió el libro, él sacó el lápiz y escribió "to" lo que quiso "jasta" que se "jartó" y ahora vengo a rematar la faena con la fiesta del casorio'.

Don Martín se quedó asombrado y maravillado de la sutileza y listeza de aquella mujer. Posteriormente comentado con los amigos el hecho dijo Esto no ocurre nada más que en esta tierra, pues en mi país no hay mujer que se le ocurra exponer dicho problema con tanta sabiduría y gracia.

***

Estaba D. Martín dando unas charlas cuaresmales en Santa Marina para obreros, la iglesia estaba abarrotada de trabajadores de toda Córdoba; dichas conferencias estaban llenas de contenido social, basándose en las encíclicas de Juan XXIII. Por donde, que se percató que estaba la policía social vigilando, sin pensarlo dos veces, con voz de trueno y con el dedo índice indicando hacia determinado lugar dijo lo siguiente mientras se paseaba como capitán de barco por el ábside de la iglesia: Esos "chiquilicuatres" y "mequetrefes" que están en la puerta de atrás, anoten, anoten, que hoy hay materia.

***

A los amigos le decía con frecuencia: Franco me ha exiliado a Córdoba creyendo que era un castigo ejemplar y no sabe que me ha regalado un exilio de oro trayéndome a esta Andalucía llena de luz y alegría. Terminaba con una risa desbordante y con carcajadas llenas de satisfacción.

***

D. Martín con Antonio Cruz Conde alcalde de Córdoba año 1956 en la preparación del monumento a Manolete.

Don Martín tenía obsesión por los posibles policías que lo vigilaban de una forma camuflada , el decía: Me los mandan hasta vestido de Manolete. Con respecto a este nombre hay que indicar el siguiente acontecimiento. Cuando se inaguró el monumento a Manolete en mayo del año 1956 ubicado en la Plaza del Conde de Priego frente a la Iglesia de Santa Marina. Don Marín lo celebró a su manera, dando un repique de campañas que duró durante todos los discursos de las autoridades, pues eran tan fuertes los toque que algunos de los presentes se enteraron del contenido de los discursos al día siguiente por la presa. Alguien de la parroquia que fue uno de los organizadores del acto le dijo: D. Martín, parece que se ha pasado con el toque de campañas, a lo que él respondió socarronamente: Mira, era la forma de participar festivamente en el acto la parroquia. A lo que dicho parroquino no tuvo palabras para contestar.

***

A Don Martín había que dejarlo hablar sin preguntarle sobre el País Vasco, pues cualquier comentario con crítica no lo admitía, por lo tanto, para enterarse de lo que pensaba de su País, sólo era posible en una conversación normal que de pasada él tocara el tema sin polémica por parte de los contertulios. Un día tomado café con unos allegados dijo: Mirad, yo le diría a todos los dirigentes de mi tribu que vinieran Andalucía un tiempo prolongado, y estoy seguro que al volver a Euskadi verían las cosas de diferente forma. En una palabra, con el contacto pluricultural de esta tierra uno se universaliza.

Pero, si alguien osaba rectificarle exponiendo criterios de su gentes y costumbres vascas que pudieran ser interpretados por él como una crítica, se exaltaba hasta extremos de locura dando voces; en algún caso dijo cosas como estas que son de las más suaves: Esto politiquillos de pacotilla de Madrid no tienen ni zorra idea de que es mi pueblo, sus gentes y costumbres, y digo como vuestro paisano el Guerra, "apañaos van".

***

En cierta ocasión en los años ochenta cuando aún se oían comentarios de cuartelazos, Don Martín se le veía con su boina vasca. Alguna amiga de confianza le dijo: Don Martín por prudencia no debería dar señas de identidad vasca. A lo que contestó de una forma desaforada: ¡Oye!, ¡oye!, un soldado vasco tiene que decirles a esos energúmenos, ¡aquí estoy frente al toro!. Ese encuentro dio pie a que llamara a un amigo pidiéndole lo paseara en coche por Córdoba, para llevarlo a las puertas de los cuarteles y observar si había movimientos de tropas. Todo quedó en una de sus fantasías propias de una demencia que le iba dañando el celebro por edad.

***

En los años sesenta mandó D. Martín hacer un habitáculo en la sacristía de la parroquia, concretamente detrás del archivo parroquial, pues ocultaba de la policía a huidos políticos. Una parroquiana de confianza le dijo: —Don Martín en la sacristía se oyen ruidos extraños—. Él riendo le contestó —Eso es la sierra de Pastor—. Pues había al lado una carpintería, dicha parroquiana no conforme con la contestación le dijo —Pues a mí no me lo parece—. A lo que repondió Don Martín —Hija, hija ve al otorrino que tienes tapones en los oídos'—.

***

Don Martín era muy amigo del obispo Fray Albino, pues fue éste el que lo trajo a la diócesis de Córdoba como exiliado. Un día Fray Albino lo invitó al Seminario Menor de Hornachuelos y estado paseando y conversando por aquello agrestes caminos serrano le dijo el obispo: —Don Martín, viene a Córdoba el nuncio Antoniotti, quiero que visite su parroquia, y sería conveniente que hubiera una representación de hombres populares en la misa de encuentro—, a lo que respondió Don Martín —Puede estar seguro de ello, pues irán los piconeros, toreos y taberneros tan numerosos del barrio Santa Marina—. Y así fue.

***

En el libro "Los Irreductibles" se le dedica varias páginas a un tal alférez Arrizubieta y sus peripecias vitales:

Un feligrés de la parroquia, Rafael San Martín Ramón, vecino del barrio de Santa Marina, escribe también sobre la semblanza de Martín María.


En primer lugar, hay que decir que no era un hombre que hablara el lenguaje que ahora se llama políticamente correcto, era impulsivo.

Me comentó que en una ocasión un conocido suyo le había dicho que era marxista, y por lo tanto ateo. A lo que le contestó que era tonto, porque un marxista no puede ser ateo. El presumía de ser marxista. Alguno de los que hablan mal ahora de Don Martín, puede ser ese conocido suyo.

En las misas que por los caídos se decían, el presumía de que desde el altar decía: “Esta misa es por todos los caídos”. Le pregunté, que le parece eso a Don Francisco Cabrera Perales, Subjefe Provincial del Movimiento. A lo que me contestó: Nunca me ha dicho nada al respecto.

En otra ocasión le comenté que había leído La Feria de los Discretos, y que me parecía bien que se hubiera calificado a los cordobeses como discretos, y me dijo que era tonto, porque no había advertido que Baroja quería decir hipócritas.

Recuerdo a Don Martín sentado en el confesionario, situado a la izquierda de la Sacristía, leyendo un libro, y con sus gafas con cristales gordos. También las primeras misas en castellano, que el procuraba que fuesen breves, veinte minutos empleaba, y la asistencia a las charlas cuaresmales, y a las primeras misas de los sábados por la tarde que servían para el precepto. Eran otros tiempos.

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Referencias

  1. NÚÑEZ SEIXAS, XOSÉ M. ¿Un nazismo colaboracionista en España?. Página 11 y ss. Disponible en Internet
  2. NÚÑEZ SEIXAS, XOSÉ M. ¿Un nazismo colaboracionista en España?. Página 11 y ss. Disponible en Internet

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