Cines de verano

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Los cines de verano son recintos al aire libre situados en el casco histórico de Córdoba, que se utilizan como salas audiovisuales para la proyección de películas.

Córdoba es la ciudad andaluza que cuenta con más cines de verano en funcionamiento[1] existiendo como tal, desde al menos el año 1923.

Actualmente se encuentran en funcionamiento entre otros el Cine Coliseo San Andrés, Cine Delicias, Cine Fuenseca, Cine Olimpia o el Cine Plaza de Toros, siendo gestionados por la empresa Esplendor Cinemas S.L. desde los años 90, dirigida por Martín Cañuelo.

Historia

Cine Olimpia

Los cines de verano fueron un fenómeno que llegó a Córdoba procedente de otras ciudades. Los primeros que están datados documentalmente fueron en el año 1923 cuyos nombres son los siguientes: Cine Ideal Cinema, Cine Parque Recreativo, Cine Victoria y Cine Salón San Lorenzo, siendo el año 1935 cuando abre sus puertas el Cine Coliseo San Andrés,seguido del Cine Fuenseca (1943) y el Cine Delicias en (1945), popularizándose a partir de aquí, y llegando decenas de salas en todo el casco histórico de la ciudad durante las décadas siguientes.

Los cines de verano se convirtieron en uno de las costumbres favoritas de los cordobeses durante la década de los Años 50, Años 60|60 y |70, siendo especialmente recordados por las generaciones nacidas en esas décadas.

Cine en la Plaza de Toros de los Tejares

Sin embargo, el paso del tiempo, la llegada de nuevas costumbres veraniegas entre la población, la llegada de nuevas formas de ocio, la venta de los inmuebles donde se ubicaban, entre otros factores hicieron que estos cines poco a poco fueran desapareciendo.

Desapararecidos


Cines de verano según terceros

Según Ángel Rodríguez Lubián, encargado de cines de verano[2]

La censura de películas era mayormente para el cine Osio y el Séneca que pertenecían a institución de la Sagrada Familia. En los demás sólo nos exigían el cartel de mayores. Si llegaba el inspector y cogían a un niño entonces multaban a la empresa. La censura la hacían el gobierno y la iglesia ...
...una vez en el Séneca poníamos la película "La gata sobre el tejado de cinc". Por poco nos rompen el cine, porque la escena de cama en la que L. Taylor se pone las medias negras estaba censurada y tapamos la ventanilla de proyección con el cartón que teníamos para estos casos. Entonces la gente empezó a gritar... ¡Sinvergüenzas, granujas! ¡Pero si esta la he visto yo en el cine Alcázar! Nos pusieron verdes...
El que pasaba censura y veía todas las películas era un cura vasco que había en Santa Marina. Iba el programista, y el cura iba diciendo esta sí y esta no.
Luego estaban los espectáculos de revista. Cuando venían las compañías de revista los censores entraban en el vestuario y les decían a los artistas qué movimientos eran los que se podían hacer. Pero en la entrada del teatro había un pulsador y cuando llegaban los inspectores se pulsaba y se encendía una luz en el escenario. Yo recuerdo una de las veces que se encendió la luz en el momento en que la artista estaba haciendo los movimientos que más le gustaban al público y... Trudy Bora hacía un número con una serpiente en el que salía casi desnuda. Los censoristas de San Hipólito nos prohibieron toda la propaganda y la cartelería.
Los cines de verano costaban una cincuenta. San Basilio, Avenida, Campo de deportes, La plaza de toros vieja, el Benavente que era de la competencia, el San Cayetano que le llamábamos "el botijo", el Andalucía, el Florida, el Olimpia en la calle Zarco que es precioso, el cine Goya aquí en la Ribera...
Los sábados echábamos un perol después del cine. Yo me acuerdo que en el cine Olimpia teníamos un cuartito detrás de la pantalla con una nevera. Cuando iba a empezar la última función se metía el cocinero e iba haciendo los preparativos. Al terminar se recogían todas las sillas y esperábamos a que vinieran los invitados. Unas veces invitábamos a los de San Cayetano, otras veces a los del Andalucía... ellos luego nos invitaban a nosotros. Había una convivencia y una hermandad que no existen hoy.
En los cines de verano había también concursos de decoración. La empresa misma era la que los proponía para que tuviéramos un estímulo. Nos daban poderes para comprar macetas. Ellos pagaban, pero la decoración la hacíamos nosotros. Yo me he llevado muchos premios con el Olimpia, pero muchos muchos. El Olimpia tiene una entrada muy bonita. Yo conseguí en unas botijas de esas que usaban los pastores meter unas gitanillas que llamaban la atención. Había también allí un melocotón, una palmera en el rincón del ambigú que planté yo, unas damas de noche. A la portera le gustaban mucho las plantas. Pasaba eso, que se juntaban las dos cosas, a mí que me gustaban mucho las flores y a ella que le gustaban también. Así que siempre lo teníamos precioso. Entrabas y el olor a jazmín, a dama de noche... Era un encanto.

Según Lucas León Simón en el Libro 5:
Lucas León

"Cuando ha pasado el tiempo lo vemos con claridad. El cine de verano era el centro y el cenit de aquel tiempo. Todo giraba en torno a aquel espacio de jazmines y albero, a aquellas sillas de enea o aquellos héroes del trapecio, del oeste americano o del campo andaluz.
Había más de cincuenta y ocupaban patios vecinales y solares de toda la ciudad. La dulce letanía de sus nombres me sigue acompañando cada noche de estío: Fuenseca, Coliseo San Andrés, Zarco, Realejo, Rinconcito, Delicias, Florida, Benavente, Goya…
Por las mañanas leíamos con avidez las carteleras y optábamos entre género, actores o precio. Las más económicas eran las entradas de grada de la Plaza de Toros de los Tejares, donde una minoría se apostaba detrás de la pantalla de lona y veían al revés desde los créditos hasta el recorrido de las diligencias. Las más caras las de las terrazas de los cines de invierno: Magdalena, Góngora o Duque de Rivas donde hacía más fresquito y, en algunas, las sillas se convertían en sibaritas mecedoras.
Todo era invitación y sugerencia, desde aquellas carteleras en forma piramidal que transportaban dos operarios, que se situaban en el mercado o en las plazas, y en las que los mitos descendían al mismo nivel que el pescado o las lechugas, hasta el ambigú, el bar rebosante de altramuces en hielo, o los vendedores de refrescos que amenizaban los descansos o los frecuentes cortes de la cinta con su anuncio de cervezas, gaseosas o refrescos. Decían “orange”, con extraña precisión fonética en su idioma de origen.
El NO-DO nos ponía en trance y nos quería convencer de aquel mundo perfecto de pantanos y juventudes sanas. Ya sólo faltaba que un juez de la horca, un caballero andaluz, el Coloso de Rodas o un testigo de cargo nos transportasen a través de un dudoso technicolor a un mundo virtual donde los sueños se podían hacer realidad.
Los cines de verano nos educaron tanto como la escuela. Supimos que existía New York o que alguna vez hubo una guerra en Troya. Nos inculcaron los maniqueos valores del bien y el mal y que nuestra menesterosidad sólo era pasajera, que el mundo podía tener un envoltorio de playas doradas y piscinas azules cuando nuestra realidad era el sudor y los pilones de barrio.
En aquella penumbra de estrellas amarillas, cuando la brisa nocturna se convertía en caricia, un aroma, desprendido de las damas de noche, nos hacía dulcemente terrenales…"

Según José Rafael Solís Tapia [3]

Hace medio siglo,pasada nuestra cordobesa Feria de Mayo, era ya una costumbre inaugurar los llamados Cines de Verano, éstos solía ocurrir en la primera quincena del mes de Junio, cuando las compañías de teatro y Varieté, hacían los equipajes para actuar en otros lugares, y nuestros teatros y cines de invierno cerraban sus puertas, para volverlas abrir en Feria de septiembre que daba comienzo la temporada otoñal.
En el verano del 36, había varios cines, pero el que gozaba de una gran concurrencia era el que se daba en la Plaza de Toros de Los Tejares, que se denominaba Cine Ideal Cinema y que por sus económicos precios, dado su gran aforo, estaban al alcance de cualquier bolsillo; tendidos, palcos. etc. Diez céntimos, y sillas en el redondel cincuenta céntimos, se proyectaban películas mudas, sonoras, con letreros, y hablada en español. Unos dinámicos acomodadores les llevaban al espectador las sillas al lugar deseado a cambio de una propina de cinco o diez céntimos, algunos, eran verdaderos malabaristas en el transporte de sillas, llevando de una sola vez ocho o más, al terminar la jornada, estos hombres tenían los bolsillos llenos de calderilla y los brazos que les llegaban a los tobillos, los sábados no se daba cine por qué había corridas nocturnas, y algún que otro espectáculo de Lucha Americana, Circo o Flamenco. Al atardecer, la gente hacía grandes colas en las taquillas, para sacar las entradas predominando, mujeres y chiquillos.
Las películas que se proyectaban en aquella época, y las más taquilleras, eran, las de Charlot, Carlos Gardel, Imperio Argentina,Miguel Ligero, Antoñita Colomer, “Angelillo”,Maurice Chevalier, etc... y los títulos; “Tiempos modernos”, "Luces de Buenos Aires", “Morena clara”, “El negro que tenía el alma blanca”, "El desfile del amor", etc.., todas protagonizadas por cantantes en aquella época, en moda, se daba el caso curiosísimo de que cuando interpretaban una canción los espectadores al final rompían con una fuerte ovación como si de en directo se tratara, viéndose el operador cinematográfico obligado a dar marchar atrás para volver a repetirla, otro detalle; cuando la escena requería un beso de amor, al público parecía que no le gustaba y pateaban con estentóreos silbidos.
La pantalla estaba instalada en la parte del toril, partiendo desde la barrera, se proyectaba desde la puerta grande, a través de unos ventanillos que se abrieron en los escalones del tendido, el ambiente era agradable, tenía un olor especial, a tierra regada y a jazmines, ramitos que solían llevar las mujeres en el pecho o cabeza, durante la película, se vendían salaillos, avellanas, garbanzos tostaos, pipas y gaseosas de bolilla no faltando el agua fresca en botijos... todos estos productos se podían adquirir por unas cuantas monedas de cobre, se solía vender por perrillas y perrasgordas.
La plaza se llenaba casi a diario y los domingos el lleno era total, incluyendo el ruedo, para las personas mayores de aquellos tiempos, el ir al cine, era el, "Vamos a ver los Cuadros", nombre que el pueblo sencillo de dio a la proyección de las primeras películas mudas cuyo argumento, iba explicando un empleado con una bocina de hoja de lata.
Muy cerca de la Plaza de Toros, en el Paseo del Gran Capitán, estaba el Teatro Duque de Rivas -antes Teatro Circo- que en verano disponía de un bonito patio rectangular ajardinado con pantalla y escenario, donde se daba cine, teatro, zarzuela y arte flamenco, sobre todo, la noche de Santiago, este local, se denominaba Cine Parque Recreativo''' por que era un verdadero jardín. Antonio Cabrera su empresario, tenía un delicado gusto que lo demostraba en 1a cantidad de arriates, maceta y flores que había en sus locales de espectáculos.
Para la noche del día 18 de julio de 1936 -este año se cumplen cincuenta- estaba todo preparado para proyectar en el Parque Recreativo a las nueve la película Española “Los Claveles” basada e la zarzuela del mismo nombre, y en la Plaza de Toros estaba anunciada para las once, una novillada económica para los diestros cordobeses "El negro del Hotel Regina”, “Recarcao” y “Niño del Club”, ambos espectáculos no se pudieron celebrar, por que horas antes y lo mismo que en otras ciudades españolas, comenzaba lo que desgraciadamente después se llamaría, La Guerra Civil Española, y los Artilleros situados delante de la Plaza de Toros, abrieron fuego lanzando dos cañonazos contra el Gobierno Civil que por lindar con el cine, dieron al traste con las sillas, pantalla, ambigú, etc.
En la calle Alhaken II, muy cerca de la Estación Central de Ferrocarriles, había un cine de verano llamado Cine Alcázar, que durante el día servía de pista de tenis, deporte que practicaban distinguidos jóvenes de la sociedad cordobesa, este local, por tener muy bajas sus tapias, se veía casi bien desde la calle, y a la hora de empezar se congregaba allí mucha gente dispuesta a ver la película completamente gratis, algunos se inventaron unos tableros con unos ganchos, que colgaban en las ventanas de enfrente que eran de la fábrica de cervezas La Mezquita, y lo veían hasta sentados.
Luego estaba la Terraza del Cine Góngora, muy fresca y agradable se subía por ascensores, otro, era el Cine Coliseo San Andrés, de la empresa Cabrera, estilo Andaluz, con pantalla y escenario, en el Estadio América -detrás del cuartel de Artillería también se daba cine y teatro, pasada la guerra ya en los años 1940 Córdoba llega a tener más de 30 cines de verano, alternando con compañías de Variedades, Murgas y Flamenco, haciendo furor las películas del mejicano Jorge Negrete-. Estos simpáticos locales fueron poco a poco desapareciendo, los solares... y patios se convirtieron en grandes bloques de pisos, y por otro lado, las salas de fiestas, discotecas, la televisión, y el video, casi acabaron con ellos, muy pocos quedan ya.
¡Qué recuerdos más entrañables nos traen a la memoria aquellas películas!
¡Y con qué regusto rememoramos aquellos cines al aire libre...! pero... los tiempos cambian.

Referencias

  1. Córdoba, única capital andaluza que mantiene sus cines de verano. Artículo de Diario Córdoba. 27 de junio de 2008
  2. Ángel Rodríguez Lubián. Personajes del Barrio. Asociación de Vecinos La Axerquía. Disponible en Internet
  3. Escrito por José Rafael Solís Tapia en Córdoba en Mayo, año 1986

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